miércoles, 19 de junio de 2013

El abuelo


         El chiquillo se emociona sólo de ver al anciano junto a la ventana. El abuelo pasa las horas muertas allí, mirando de reojo la calle, como resabiado. Al niño le ha dicho su madre que el abuelo está enfadado con el mundo. Pero a él no le importa.
         -Abuelito, ¿tienes un minuto?
         -Tengo muchos minutos -dice el viejo-. ¿Cuántos quieres?
         -Uno sólo.
         -Dime.
         -¿Te puedo hacer una pregunta?
         -Por poder, puedes.
         El niño se muerde los labios con intriga. Los ojitos le brillan.
         -¿Es verdad que tuviste muchas novias?
         El anciano se revuelve en el sillón. Mira al niño con sorpresa, luego con asombro y después con enfado. Entonces suelta la mano y le da un cachete.
         -Ay -se queja el chiquillo.
         -Mira el mañaco este qué cosas pregunta... ¿No tienes deberes?
         -No.
         -Pues te los pongo yo: la tabla de multiplicar.
         El chiquillo se entusiasma:
         -¿Cuál?
         -Todas -dice el viejo.
         -¿Y por cuál empiezo?
         -Por la del cuatro.
         El niño toma aire y agita los brazos como un director de orquesta:
         -"Cuatro por una, cuatro; cuatro por dos, ocho...".
         Plas. Otro cachete.
         -Así no. Por escrito, que aprendes más.
         -¿Ahora? -dice el chiquillo perdiendo el entusiasmo.
         -Hombre, tú dirás... Venga, aplícate.
         Su nieto resopla y observa al anciano detenidamente. Sonríe. La carita se le ilumina con una travesura. Sabe que se juega un bofetón, pero lo mismo le da.
         -Yo también voy a tener muchas novias, abuelo. Como tú. Y las voy a querer a todas. ¿Tú las querías a todas, abuelo?
         El anciano levanta una mano larga, enorme, y amenaza al niño con atizarle. Pero enseguida la baja y revuelve el cabello de la criatura. Ese renacuajo siempre acaba desarmándolo.


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