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viernes, 29 de septiembre de 2017

El palabrero


          Afanado sobre el papel, inclinado en actitud religiosa, el hombre se acalora a medida que la búsqueda se vuelve más y más insoportable. Los minutos se extienden con la terca paciencia infatigable de un pescador avezado. La aguja más larga se precipita al vacío y se recrea remolona en lo más bajo de la barriga del reloj. Es atravesar la arena infinita de una playa desierta bajo un sol de justicia, es cruzar a nado un mar en calma, inacabable, con el espejismo de la costa preñada de rocas en el horizonte.
          Cuando surge la palabra, y qué tormento rescatarla de entre tanta materia gris, los minutos ya no son densos, sino fluidos y transparentes como el hálito de un cangrejo colorado y moribundo. Las agujas del reloj se sacuden la pereza y chocan entre ellas con la torpeza de las prisas.
          Vamos, que ya llega, que ya la tenemos.
          El obrero de la palabra moja la pluma en el tintero y traza curvas caligráficas sobre el áspero y amarillento papel. Luego, alza con orgullo su tesoro y lo prende con pinzas de madera en una cuerda tensada. Ahí queda la cosa, ahí queda, bien parida. El tendedero ya luce ufano más de catorce palabras distintas. Ahora es tiempo de reposo, aunque breve, de reposo y de un sorbo de vino tinto, bien tinto, y de eructar satisfecho los vapores del trago. Después, el regreso al oficio.
          El palabrero vuelve a postrarse sobre la mesa y el papel, estrujando de nuevo la materia color ceniza del seso. Y vuelta a la playa extensa, vuelta al océano dormilón. Un cangrejo bermellón y malcarado, pariente del recién finado y enlutado rigurosamente hasta las pinzas, pellizca con descaro las nalgas del maestro y le sonsaca un chillido bostezón. La aguja minutera del reloj se afila con paciencia otra vez en lo más bajo de la barriga y aguarda somnolienta un nuevo y laborioso hallazgo del hombre.
          Maldita mi estampa y los huesos que me sostienen, se dice éste, que acaba de perder una palabra después de acariciarla con la punta de la lengua. Y más vale dejarla escapar que arrojarle el sedal de nuevo, bien lo sabe. Más vale empeñarse en descubrir otra que seguirle el rastro a la que resbala de los labios. Torpe maniobra que bien merece un pescozón.
         El cangrejo le muerde la nalga y el maestro se da por reprendido. Tampoco vayamos a excedernos con la amonestación, narices, que palabras hay miles, y paciencia, suficiente. Echemos un sorbo de vino y reposemos un instante, que el alcohol es consejero antiguo de la escritura. Y buen amigo. Y confidente. Echemos un trago, demonios.
          La pluma, aunque no pesa más que una pluma, se torna pesada como el plomo en momentos de escasez palabrera.


lunes, 11 de noviembre de 2013

Libros


         Los tubos fluorescentes se apagan, uno a uno, como las fingidas fichas de un dominó luminoso y decadente, y el manojo de llaves, que rebota y cuelga de la cintura del librero, indica, con su cascabeleo, el camino hacia la puerta y la cercana ausencia del hombre huraño.
        Con el último chasquido de la llave en la cerradura, los libros se distienden y unos personajillos diminutos asoman las cabecitas con prudencia por entre las tapas de cartón.
           -¿Ya se fue? –pregunta una niña rubia, la del país maravilloso.
        -Sí, ya se fue –le responde un muchacho inquieto y travieso, un pícaro al que llaman Lazarillo-. ¿Vienes, rubita?
         -No, que he de escribir unas cartas.
         -¿A quién, a un novio tuyo?
         -A un coronel.
         El Lazarillo resopla y se aleja de la muchacha.
         -Tú te lo pierdes, boba. –Al chiquillo le prometieron unos hombres llevarlo con ellos hoy a un viaje fascinante, a un viaje al centro de la Tierra, y él había pensado que tal vez Alicia querría acompañarlo.
          Sobre uno de los mostradores de cristal, los personajes de una emblemática colmena se han reunido a escuchar los versos de un poeta que, según dice, acaba de regresar emocionado de Nueva York. Más allá, sentados en el borde de un estante, junto a un busto en madera de Jonathan Swift, un Drácula alicaído confiesa a Romeo su amor por Julieta, y el joven de Verona le sonríe y lo consuela rodeándole los hombros con un brazo.
         -¡Arre! –grita el revoltoso Tom Sawyer a lomos de Moby Dick, una ballena blanca convertida en el más extraño de los corceles-. ¡Arre, arre!
         En lo alto de la caja registradora, Robinson Crusoe comparte un té con un curioso invitado, el investigador Hércules Poirot.
         -Y éste es Viernes, mi criado.
         -Mucho gusto –dice el detective, y estrecha la mano del sirviente.
         Y más abajo, por entre el polvo y la ceniza acumulados al pie de la mesa, seis personajes van en busca de autor, y una niña perversa, Lolita, saca burla a un caballero maduro y arrebatado, y un ingenioso hidalgo hace frente con su lanza a la ballena blanca de Melville, y, manteniéndose en peligroso equilibrio sobre una esfera terrestre de cartón, un muchachito rubio de sempiterna bufanda al cuello riega la única planta de su mundo.
       Pero amanece enseguida, amanece con injusta premura, y los personajes de los libros regresan con dolor a su lugar antes de que el librero huraño los sorprenda, y ellos fingen entonces la más terrible de las farsas: no ser más que la invención de un puñado de locos.