miércoles, 26 de abril de 2017

Mago envanecido


          Soy un rey sin corona, el lado opuesto, la mitad de un secreto, el rumor a medias del viento en la ventana, el fragmento menor de una verdad, las notas mudas de un piano, la luna asfixiada en baños de sol, el grotesco bufón con quien ya nadie ríe, la carretera cortada, el sendero que muere en el río, la mañana sin café, la fugaz tormenta de verano en un mes de abril, el dolor que no remite, el ave que no aprendió a volar, el muñeco al que ningún niño abraza, el invierno sin nieve y sin hogar, el marinero desembarcado y el velero sin mar, el horizonte sin fuego ni ocaso, la esfera del reloj sin agujas, el poeta de versos vacíos, el libro huérfano de prosa y el pintor al que enviudó su musa.

          Sin ti, soy todo eso.

         Y contigo, con el sólo esbozo de una tímida sonrisa, con el descuido de tus manos en las mías, soy un hombre, soy todos los hombres, soy el mago envanecido que hace girar el mundo a su capricho.


martes, 28 de marzo de 2017

Duendecillo del alba


         No hay madrugada, no hay lienzo de estrellas dormidas, no hay sol de ojos entornados que bostece entre nubes cobrizas, ni nubes cobrizas, no hay amanecer, ni aromas de café primerizos, no hay leves reproches de niños perezosos, ni conductor de autobús, ni caprichos densos de chocolate. No hay luz, ni esperanza, ni deseo.
         Sin ti, duendecillo del alba, no hay nuevo día.
         El muchacho enamorado camina sin rumbo, atrapado en la noche, en la noche larga y oscura que apenas consuela y alienta el latido vacilante de su corazón, camina sin brújula en la mirada, enfermos los vaivenes de su cordura, apoyado débilmente en la baranda de bruma y espuma que le tienden sus recuerdos. El muchacho enamorado guarda con celo sus lágrimas, las protege con tenaz coraje, las custodia ante el miedo y la duda, las aparta, desazonado, de las afiladas garras de la sospecha.
        Ay, duendecillo del alba, ven, acércate, pues sin ti no hay nuevo día.
      El muchacho enamorado deambula sin paso entre callejones solitarios y estrechos, encaramado a su burbuja de aflicción, flotando en la noche larga y oscura, su ánimo menoscabado, febriles los vaivenes de su anhelo, aferrado a la estela desvanecida de su memoria. Empuña, desafiante, imaginarias espadas en alto con las que reta al tiempo, a esa noche, larga y oscura, que, terca, porfiada, se resiste a marchar.
         Porque sin ti, duendecillo del alba, no hay madrugada, no hay lienzo de azules terciopelos, ni estrellas dormidas, no hay sol de ojos entornados que bostece entre nubes púrpuras, ni nubes púrpuras, no hay amanecer, ni aromas tempranos de café. Sin ti, duendecillo del alba, no hay nuevo día, y, sin nuevo día, no hay nada.
         Ven entonces, duendecillo, y disipa la noche, y permite al muchacho enamorado extinguir el temor y la angustia, al fin, entre sus brazos.


domingo, 26 de febrero de 2017

El gusano burlador


         Va el gusano de cadáver en cadáver, mordiendo un hueso aquí, mordiendo un hueso allá. Va el gusano burlador, despacio, tomando su jarabe. Un muerto tieso aquí, un muerto tieso allá. El gusano burlador, que burla al tiempo, a los hombres y, de la morgue, a su celador calvo con llave, no supo hallar la forma de burlar el catarro. Y ahora toma, despacio, su reconfortante jarabe, que guarda con celo en su bolsillo, en un minúsculo tarro amarillo. Va, de cadáver en cadáver, el gusano burlador, mordiendo un hueso aquí, mordiendo un hueso allá, tosiendo con vehemencia en la cara de un finado, alborotando las greñas de un tipejo postrado. Un muerto tieso aquí, un muerto tieso allá. El gusano burlador, que burla al viento, a los pobres y, del infierno, a su diablo más enfurruñado, no supo hallar la forma, ay, tormento, de burlar el enfriamiento.
         Entra el celador calvo en la morgue. Espanto hay dibujado en su rostro, manchas de tomate se ven en su uniforme. Con los brazos en jarra, con descontento muy severo, el celador calvo se detiene, arruga el entrecejo y da un puntapié al perchero.
       -¿Quién agujerea a mis muertos? -exclama con airada pesadumbre-. ¿Quién muerde los huesos, uno aquí, otro allá, de mis difuntos tiesos? ¿Quién, acaso estamos locos, dejó en las mejillas de mis fiambres este rastro de diminutos mocos?
          Va el gusano de cadáver en cadáver, mordiendo un hueso aquí, mordiendo un hueso allá. Va el gusano burlador, despacio, tomando su jarabe. Un muerto tieso aquí, un muerto tieso allá. Ay, tormento, qué enojoso enfriamiento, qué inoportuno catarro. El gusano, sigiloso, se oculta con hábil destreza entre las botas, cubiertas de barro, del celador calvo. El gusano burlador, que burla al sol, al invierno y, del amor, al poeta más sesudo, no supo hallar la forma, ay, dolor, de burlar el estornudo.


miércoles, 25 de enero de 2017

El pirata y su palo por pata


         Siguió las huellas del corazón, que eran como nubecillas rojas en la arena. Tropezó, tosió y se sentó a comer un coco y un melón. Después, desempolvando su pena, con la panza hinchada y las mejillas coloradas, el pirata y su palo por pata prosiguieron buscando el corazón, que era, para él, como un enorme tesoro, como un cofre repleto de oro, como su vida entera.
       La princesa, que antes fuera duquesa y alegre vendedora de fresas, en aquel mercado olvidado de aquel pueblecillo precioso y aislado, había negado el amor al pirata, y también a su palo por pata. Él la quiso con locura, con amarga entrega y dulzura, y, aunque prometió en rica seda envolverle la luna, la princesa, ensimismada, por un rico marqués embelesada, negó su amor al pirata. A él y a su palo por pata.


                  "Sueño con tu mirada, princesa mía,
                  con tus ojos grandes y tristones,
                  y me embarco en ellos, cada noche,
                  atravieso mares oscuros de aguas heladas,
                  defiendo tu honor ante bandidos y bribones,
                  y exhausto al final del viaje y la dura jornada,
                  me adormezco en los brazos de tu recuerdo,
                  mi princesa amada".


         En aquella isla desierta y desterrada, entre rocas, traviesos cangrejos y ensenadas, el pirata y su palo por pata seguían las huellas y buscaban, con cada nuevo amanecer, el corazón de su princesa deseada. A él, que nunca le importó que antes fuera duquesa y alegre vendedora de fresas, que jamás había enarbolado un reproche a su desordenada procedencia y cuna, le bastaba una mínima pista en la arena para desvanecer su tristeza y su pena y reanudar con ahínco su amorosa pesquisa. Y cuando florecía la noche, y sus cabellos canos alborotaba la brisa, tres flacos gusanos tomaba por cena, tres gusanos y el recuerdo de su cristalina risa.


                  "Sueño contigo, princesa mía,
                  a la tenue luz de esta luna,
                  sueño con tener la fortuna, un día,
                  de que tu vida y la mía sean sólo una."