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jueves, 31 de mayo de 2018

En un pozo


Soy el minero más pobre, el que excava
sin tino en tu corazón de diamante.
Bajo cada día al pozo más turbio
que existe, al infierno negro que acaba,
que marchita la llama de una vida,
la mía.


Soy el minero más triste, el que vaga
por el túnel frío de tu desprecio.
Sueño cada noche con enfrentarme al
destino, al azar, la suerte que apaga,
que debilita el brillo de unos ojos,
los míos.


Soy el minero más loco, el que amaga
sonrisas mientras golpea la piedra
de tu alma, el que te disculpa en secreto.
Vuelvo cada día al pozo, mañana, al
pozo enlutado que alienta una vida,
la mía.


miércoles, 25 de enero de 2017

El pirata y su palo por pata


         Siguió las huellas del corazón, que eran como nubecillas rojas en la arena. Tropezó, tosió y se sentó a comer un coco y un melón. Después, desempolvando su pena, con la panza hinchada y las mejillas coloradas, el pirata y su palo por pata prosiguieron buscando el corazón, que era, para él, como un enorme tesoro, como un cofre repleto de oro, como su vida entera.
       La princesa, que antes fuera duquesa y alegre vendedora de fresas, en aquel mercado olvidado de aquel pueblecillo precioso y aislado, había negado el amor al pirata, y también a su palo por pata. Él la quiso con locura, con amarga entrega y dulzura, y, aunque prometió en rica seda envolverle la luna, la princesa, ensimismada, por un rico marqués embelesada, negó su amor al pirata. A él y a su palo por pata.


                  "Sueño con tu mirada, princesa mía,
                  con tus ojos grandes y tristones,
                  y me embarco en ellos, cada noche,
                  atravieso mares oscuros de aguas heladas,
                  defiendo tu honor ante bandidos y bribones,
                  y exhausto al final del viaje y la dura jornada,
                  me adormezco en los brazos de tu recuerdo,
                  mi princesa amada".


         En aquella isla desierta y desterrada, entre rocas, traviesos cangrejos y ensenadas, el pirata y su palo por pata seguían las huellas y buscaban, con cada nuevo amanecer, el corazón de su princesa deseada. A él, que nunca le importó que antes fuera duquesa y alegre vendedora de fresas, que jamás había enarbolado un reproche a su desordenada procedencia y cuna, le bastaba una mínima pista en la arena para desvanecer su tristeza y su pena y reanudar con ahínco su amorosa pesquisa. Y cuando florecía la noche, y sus cabellos canos alborotaba la brisa, tres flacos gusanos tomaba por cena, tres gusanos y el recuerdo de su cristalina risa.


                  "Sueño contigo, princesa mía,
                  a la tenue luz de esta luna,
                  sueño con tener la fortuna, un día,
                  de que tu vida y la mía sean sólo una."


miércoles, 23 de enero de 2013

Paisajes de memoria


Hay un bosque de árboles altos junto al río,
que corre despacio.

Hay un río de aguas altas junto al camino,
que viaja con pies ajenos.

Hay un camino de hierbas altas junto a la casa,
que alberga vidas.

Hay una casa de muros altos junto al jardín,
que esconde secretos.

Hay un jardín de flores altas junto al columpio,
que regala vértigos.

Hay un columpio de vuelos altos junto a mi infancia,
que me resulta intrusa.

Hay una infancia de nostalgias altas junto a ese libro,
que encadena recuerdos.

Hay un libro de letras altas junto a la chimenea,
que susurra a la mecedora.

Hay una chimenea de fuegos altos junto al retrato,
que no reconozco.

Hay un retrato de colores altos junto a la ventana,
que me arroja fuera.

Hay una ventana de brisas altas junto al cielo,
que vigila los pasos.

Hay un cielo de nubes altas junto a la montaña,
que se cubre de senderos.

Hay una montaña de laderas altas junto al mar,
que es espuma y reloj.

Hay un mar de olas altas junto a la orilla,
que le roba al sol.

Hay una orilla de arenas altas junto a las rocas,
que son testigos.

Hay unas rocas de curvas altas junto a los balcones,
que me asoman.

Hay unos balcones de barandas altas junto a esas manos,
que son desconocidas.

Hay unas manos de caricias altas junto a esos ojos,
que están enamorados.

Hay unos ojos de azules altos junto a mi añoranza,
y una añoranza de melancolías altas junto al puerto,
y un puerto de grúas altas junto a un niño que mira,
embelesado, el ir y venir de los barcos,
embelesado, el ir y venir del tiempo.


domingo, 16 de septiembre de 2012

Su estrella


           Se ha quedado solo. Cuando más la necesitaba, la ha perdido. Es un niño grande y vacío. Tenía una estrella y la ha perdido. El cielo se le ha quedado oscuro. Apenas hay nubes, apenas hay brisa en la frente de las casas, apenas hay vida ahora en sus manos vacías. Apenas quiere latir su corazón. Apenas quiere. Es un niño grande deambulante. Va caminando del dolor al llanto, del llanto al dolor, apenas descansa, apenas hace un alto, va caminando del dolor al cielo oscuro. La noche se le ha quedado grande. Apenas ve nubes, apenas oye risas en las barrigas de las casas, apenas hay vida ahora en sus ojos vacíos. Apenas quiere latir su corazón. Apenas quiere. Es un dolor grande deambulante. Va caminando de la herida a su fotografía, de su fotografía a la herida, apenas descansa, apenas hace un alto, va caminando de la herida al cielo oscuro. ¿Dónde está su estrella? Hace un momento la tenía, hace un momento lo guiaba. Pero se ha perdido, pero se ha perdido. ¿Dónde está su estrella? El cielo se ha quedado solo, como él. Apenas hay luna, apenas hay prisas en las calles, apenas hay vida ahora en sus gestos vacíos. Apenas quiere latir su corazón. Apenas quiere. No, apenas puede. Es un lamento grande deambulante. Va caminando del alba al ocaso, del ocaso al alba, apenas descansa, apenas hace un alto, va caminando del alba al cielo oscuro.
         En la mesita de noche, el niño grande ha encontrado una caricia abandonada. Es todo cuanto le queda. Es todo cuanto queda de su estrella. Se ha quedado solo. Cuando más la necesitaba, la ha perdido. Es un niño grande y vacío. Tenía una estrella y la ha perdido. Y ahora su propia vida le es ajena. Su noche se ha hecho eterna y oscura. Se ha quedado solo. El cielo se ha quedado solo. El invierno se ha quedado solo. Apenas hay nieve, apenas hay frío. Apenas hay vida en su vida vacía. Está solo. Ha perdido su estrella, ha perdido su alegría. Apenas hay alma en su abrazo vacío. Apenas hay nada.
           Cuánto la quería... Ahora, apenas le queda nada.


domingo, 2 de septiembre de 2012

Piezas tuyas


         Hay un revuelo de ti en cada lugar, en cada sendero que piso, en cada viento que respiro, en cada viaje, en cada mejilla y en cada beso nuevo. Hay perfumes tuyos en cada habitación del hotel. La sonrisa del camarero es tuya, las manos amables del botones también. Me han enviado una chica al acabar la cena, y su ternura es tuya. Su amor prestado me resulta muy familiar, el negocio de sus caricias me recuerda demasiado a ti.
         Se ha marchado sin mediar más mentiras, y su brusquedad es tuya.

         "Estimado pasado:

        Apenas ha transcurrido un mes, y ya se ha espesado la niebla. Sólo un mes, y ya se ha hecho grande la añoranza. Llevo un desgarro en el tejido que cubre mis sueños. Es una estupidez intentar obrar un remiendo. La cicatriz lucirá mañana como el trazo de una mano joven y temblona. ¿Qué hay de ti? Me gustaría conocer tu rutina, ahora que no me pertenece. Sería maravilloso encontrarme unas líneas en el buzón. ¿Me escribirás? Si lo hicieras, sé piadoso. Omite los colores y el alba, no me hables de la música y tampoco de la miel que ayer recogí de sus labios. Si me escribieras, sé generoso. Necesito bálsamo para la herida y consuelo para las noches. Cuéntame que la viste un día asomada a su ventana, sé generoso, cuéntame que una lágrima moribunda se deslizaba por el dorso de su mano, y que era por mí, sé generoso, cuéntame que me evocaba.
        Apenas ha transcurrido un mes, y ya se ha empañado el cristal."

        
         Hay un revuelo de ti entre la gente. Piezas tuyas derramadas en cualquier lugar. Tu risa en cualquier conversación. Hay un revuelo de ti flanqueando mis pasos, una espiral de dolor y locura adornando las calles que camino.
          Me marcho sin mediar más mentiras. Y mi brusquedad es tuya.


lunes, 20 de agosto de 2012

Fragilidad


         Su corazón es débil. Su alma es un juguete, una figura de cristal tallado. Su vida es un regalo sin abrir. ¿Qué se esconde al final del camino? ¿Quién la espera? ¿Es hoy el día? Su sueño es esquivo, tentador como el chocolate, y descansa bajo llave, celoso, en un cajón oscuro.


         Su felicidad es frágil. Su ilusión es quebradiza como el hielo. Su vida es un secreto susurrado al oído. ¿Qué se oculta al final del camino? ¿Quién la espera? ¿Es hoy el día? ¿Es esta primavera? ¿Quién es? Dime, ¿quién eres? Su sueño es escurridizo, hiriente como el filo de una noche cerrada, y descansa bajo llave, ajeno, en un cajón oscuro.


         Su amor es delicado y tenue. En sus manos, enredada entre los dedos, tiene una caricia. Y un beso pequeño en los bolsillos. Su inocencia es verdadera. Su vida es el agua de un río. ¿Qué le reserva el final del camino? ¿Quién la espera? ¿Es hoy el día? Su sueño es huidizo, amargo como el veneno de una sospecha, y descansa bajo llave, impaciente, en un cajón oscuro.


         Su locura es frágil. Su vida es la niñez de una promesa.


martes, 24 de julio de 2012

Sin nombre


Calle abajo, calle va,
este hombre sin nombre, sin señas,
sin más abrigo que una mueca,
sin otro equipaje que su alma hueca.

Noche abajo, noche va,
este hombre sin nombre, sin huella,
sin más alivio que un retal de brisa en la nuca,
sin otra luna a cuestas que su luna vieja y gastada,
sobre él inclinada,
vértigo entre azoteas,
chiquilla antigua, coqueta,
sabia locura de plata, locura inquieta,
abrazo de pólvora y hojalata,
amor noctámbulo, imposible,
lágrima lenta, lágrima quieta, lágrima presa,
su luna usada y arrugada,
poesía de lluvia, hambre y madrugada,
niña anciana de baile primitivo,
señora de antojos, capricho de sangre.

Vida abajo, vida va,
este hombre sin nombre, sin identidad,
sin más consuelo que su muerte prometida,
bálsamo cercano, ansiado,
sin otro pecado que soñar,
sin otra culpa que enamorar,
vagabundo entre fervores,
inocente de aceros, insensato corazón,
estudiante de ardor ligero,
puñal de barro entre las manos,
pañuelos de seda oscura, de dolor,
alba perezosa, somnolienta,
que enreda su deseo con arte buena,
sin maldad, a tientas,
que anuda en su cuello un lazo de pobre aliento,
de escaso aliento.

Arroja un beso al viento,
hombre sin nombre,
arroja un beso al viento,
y muere,
hombre sin nombre,
que ya nadie te quiere.


domingo, 8 de julio de 2012

Epistolares (IV) - Abismo


           Estimada mía:


Apenas alcanzo a respirar. Me aprietan las cadenas, me ciñen con desmedida fuerza a la cama. He intentado pedir auxilio, y el sólo esbozo del gemido me provocó un leve desmayo. Apenas alcanzo a respirar. El rumor lejano de mis propios latidos me atormenta y asfixia, como una letanía envenenada que suspende la coherencia del pensamiento y lo enturbia, y que acaba tensando aún más las cadenas. Me ahogo, estimada mía. Me ahogo, y es por mi bien.
A ambos lados de la cama se extiende un abismo. He mirado en su interior y no he encontrado nada. No hay rastro de sufrimiento, ni de consuelo. No hay dolor ni arrumacos. No he divisado locura, tampoco sensatez. Sólo abismo. Ni luz cegadora ni oscuridad tenebrosa; sólo abismo. Insalvable y profundo, mudo, cercano y tentador, a un lado y a otro de la cama.
Me ahogo, y sé que es por mi bien.
Te escribiré.


lunes, 25 de junio de 2012

Lo que hice ayer


         La misión que he tenido, la que con más afán he llevado a cabo, ha sido perderte. Fue una misión secreta, incluso para mí. Ha sido el trabajo más minucioso que jamás he realizado, mi mayor hazaña. Y, como siempre ocurre cuando se pone empeño en cumplir bien un propósito, el resultado fue satisfactorio. La misión fue un éxito. Te perdí, te aparté de mi vida. Una maniobra impecable.
          Lo que sucede es que ahora no encuentro el regocijo, no sé dónde he puesto la euforia. Por más que lo busco, no encuentro el entusiasmo que dejan las buenas obras. En los cajones del armario no hay ropa, sólo trampas. He resuelto organizarme, pero sucede que ahora no encuentro el humor de ayer, no sé dónde he guardado el sarcasmo. Por más que las busco, no encuentro las bromas con que burlé entonces la madrugada. En las hojas del calendario no hay fechas, sólo trampas. He resuelto organizarme, pero sucede que ahora no me encuentro, sucede que ahora todo está cambiado. En los reflejos del cristal no hay miradas fugaces, sólo trampas.
         Debiste gritar que te dolía, o que la noche te hacía temblar, o que te daba miedo cruzar la calle sola. Debiste hablarme al oído. Debiste enseñarme a escuchar, a entender lo que decías. Debiste hacerlo.
         A lo que he brindado mi tiempo, a lo que más tesón he puesto en mi vida, ha sido a perderte. Fue una labor misteriosa, incluso para mí. Ha sido el trabajo más escrupuloso que jamás he realizado, mi mayor proeza. Y, como siempre ocurre cuando uno se entrega por acabar bien su tarea, el resultado fue satisfactorio. Lo que hice ayer es francamente insuperable.
          Ya ves, me dediqué a perderte.


miércoles, 13 de junio de 2012

El suelo es el cielo de los viejos


         Porque buscan recorrer una senda que todavía no han caminado, y tienen miedo de no poder hacerlo. Porque los apremia el tiempo, la asfixia del tiempo, el tictac de la sangre en el cuello, el tictac de las puestas de sol, tan turbias, tan premonitorias. Porque creen encontrar algún tipo de alivio, porque con ello aplacan las dudas, se desvanecen los vacíos, porque el cielo es firme y admite pisadas blandas, porque el cielo es firme y soporta el titubeo de la vejez, porque el cielo de los viejos no reprocha los espantos, sino que a ciegas los abraza, sin sermones, sin regaños de pobre. Porque van en busca de un sendero sin más revueltas, porque ahora los consuela el llanto de madera del bosque, porque necesitan advertir las espinas antes de que lo hagan sus pies, porque el corazón se les hiere sólo con rozarlas, porque ya no hay otra cosa que astillas. Detrás de ellos va quedando un reguero de vida y recuerdos. Hay memorias nítidas de una alegría distante, de una noche y de un mar, de unos ojos y de un mar, y hay memorias confusas de amaneceres repetidos, de atardeceres multiplicados sin color. Hay memorias que aún lastiman, que fortalecen, y otras que apenas inquietan el alma, que la estrangulan. El dolor duele, ríe y hace grande la vida, y la inercia de una armonía insustancial exaspera los deseos. Porque no les queda otro sueño que seguir caminando, porque no les queda otra prudencia que caminar. Porque compadecen su propia debilidad, porque lloran llantos secos de madera, como el bosque, porque ensombran con sus figuras corvas el atajo de tierra, porque entierran sus quimeras nuevas en esta vereda estéril de espinas, de sólo astillas, y las abonan con plegarias gastadas. Porque mudan los ojos en locura cuando los besa el viento, cuando los golpea el viento, cuando zozobran por el viento. Porque su locura muda en calma cuando el tormento de los huesos remite un poco, cuando el tormento del tictac amaina un poco. El suelo es el cielo de los viejos y consiente, una a una, sus pisadas blandas, y no reprende quejidos ni temores, y no castiga incertidumbres. Porque buscan alcanzar un mañana de seda y terciopelos blancos, porque aún no quieren rendir la vida, porque no regalan culpas al futuro, porque no arrepienten faltas del pasado, ya qué importa, porque rabian deslices de fe, ahora que por fin asoma, porque el tiempo ahoga con sus dedos de alambre, porque no queda aire en el camino. El cielo es firme y aguanta la embestida humilde de los viejos.


domingo, 3 de junio de 2012

Es ella


         Tiene brillo, tiene algo en los ojos, algo en los ojos, hay color rojo en el rojo de su mirada, tiene textura de vida, tiene aliento, tiene la fuerza del tiempo, la fuerza del tiempo, en los ojos, en su vida, tiene color azul en el azul de su sonrisa, es el acorde mudo de una canción marchita, es la imagen confusa de un reflejo, la imagen del miedo, es algo que hay allí, en el lugar que ocupa, dentro y fuera del lugar que ocupa, y tiene algo de un color impreciso que imprecisa su figura, tiene color, y eso es algo que nada tiene, color y fuerza, y presencia, y aroma a chocolate, y es suave como una promesa, y brilla, y quema, y consuela, y tiene recuerdos de color verde en el verde de su risa, y camina por encima del tiempo, y le roba su fuerza, y nos llora, y tiene un llanto que quema, que no consuela, que acobarda, que duele, que se pierde en un laberinto de bobos.
         -¿Es ilusión?
         -No.
         Y vuelve, y trepa, y se burla del tiempo, siempre se burla del tiempo, y le roba su fuerza, es el ladrón de su fuerza, y vuela por encima del pasado, y huele a caramelo, a caramelo caliente, y tiene algo en los ojos, algo blanco, algo gris, algo de un color vago, sin color, y es el acorde silencioso de una caricia, el instrumento burdo de una orquesta sin músicos, de una orquesta sin músicos, los músicos se han ido, y queda ella, con color, con fuerza, la que le robó al tiempo, y nos mira, y se burla, y nos pierde en el laberinto de bobos, y se ríe, y su risa es verde, el color verde del cielo, de la noche, y es un reflejo irreal, no existe, pero atormenta la vida, la disuelve.
         -¿Es música?
         -No.
         -¿Y adónde han ido los músicos?
         -Están muertos.
         -¿Y adónde han ido?
         -No lo sé.
        Ella tiene brillo, eso sí lo sé, tiene algo en los ojos, y su estructura de vida nos confunde, y me regala el chocolate de sus labios, y ocupa un lugar allí, en el lugar que tanto ocupa, dentro y fuera, y tiene color, es azul, es roja, es verde, es blanca, y negra, y gris, y está en el laberinto de los bobos, y nos acerca de la mano, y nos escucha, cuánto alienta que nos escuche, y tiene algo en la mirada que congela el pensamiento, y es suave como la memoria, la de las cosas que añoramos, y tiene la fuerza del tiempo.
         -¿Es dolor?
         -No.
         -¿Qué es?
         -Es ella. Nos está esperando. A todos.


lunes, 14 de mayo de 2012

Gotas de agua


         Nacieron, primero, en tus ojos, pequeñas y temerosas, diminutas como brotes de un poema, y luego se escurrieron por tus mejillas calientes, por tu rostro caliente. Nacieron, primero, en la caricia que son tus ojos, y luego las robé de tus labios y las conduje en brazos hasta los míos, y las besé, gotas de agua diminutas como brotes de una melodía, gotas diminutas de tinta en mi pecho, que, por ti, es hoy un pentagrama.
        Durante días, he guardado esas lágrimas tuyas bajo la almohada, he jugado con ellas cada noche, les he confesado mis temores, mis sueños, mis secretos, y esta mañana, con la primera luz, las arrojé al viento, las arrojé desde mi ventana al viento, como un regalo, como una promesa. Las vi resbalar, pequeñas y temerosas, por las mejillas del amanecer; las vi sembrarse en el suelo, diminutas como brotes de una tormenta, gotas de agua limpia y triste, semillas de agua enamorada. Durante días, las guardé bajo mi almohada, esas lágrimas tuyas, diminutas como brotes de melancolía, esas lágrimas tuyas, y las besé, gotas de agua enamorada, y con ellas humedecí los labios y el alma. Las arrojé esta mañana al viento, las arrojé desde mi ventana al viento, gotas de agua enamorada, simiente de amor que duele, y las vi resbalar, pequeñas y temerosas, por las mejillas del tiempo, por las mejillas del alba. Las vi resbalar, más allá de mis fuerzas.
       Nacieron, primero, en tus ojos, y luego las robé de tus labios. Surgieron, después, de las entrañas de una nube blanca, y las robé del cristal de mi ventana, creyéndolas tuyas. Amargo y estrecho es el día sin tu dibujo, amarga y estrecha es también la espera. He mendigado un consuelo en la calle, he buscado tus lágrimas por todas partes, he llegado a confundir el espanto con deseo. La lluvia sólo es un remedo, la lluvia sólo es burla. La gota de agua de un grifo mal cerrado me recuerda a ti, y su tintineo me estrangula. Gotas de agua enamorada, esas lágrimas tuyas, que guardé bajo mi almohada durante días, durante horas huérfanas de ocaso, gotas de agua enamorada, esas lágrimas tuyas, pequeñas y temerosas, gotas de agua diminutas como brotes de primavera, gotas diminutas de aliento en mi pecho, que, por ti, es hoy un manantial de vida.


domingo, 29 de abril de 2012

Inventarme la vida


         No es fácil, pero me empeño. He aprendido a comprar el pan y a no comerlo. He aprendido a mirar el espejo y a no juzgarlo. Me duelen los senderos del jardín, me aprietan los pies. Por las tardes, el sol se me destiñe. Pobre sol, que antes fue tuyo y ahora no tiene a nadie que lo saque a pasear, a nadie que le preste un mimo. No es fácil, pero me empeño. Me empeño en inventarme una vida que hoy parece prestada. Me empeño, me insisto, pero no es fácil. Me duelen los colores, me aprietan el aire. Por las noches, la brisa se desnuda en mi ventana y borra tus huellas. He aprendido a no mirar tus pisadas, a sortearlas de puntillas. He aprendido a olvidarme contigo. Ya no quiero que nadie me desordene el gesto. Que nadie venga, que nadie quiera. He aprendido a no juzgarme, a no mirarme. Estoy inventándome una vida repleta de medias noches, escasa de luces. Me empeño, ya sabes cómo me empeño frunciendo caprichos. Aunque no sea fácil. He aprendido a correr el agua en las manos y a no beberla. He aprendido a soñar las madrugadas, a pintarlas de fresa, de la fresa que fue tu boca en aquel teatro. Que nadie venga, que nadie añore, que he comenzado a inventarme una vida sin ti. Que nadie moleste ahora.
         Ahí va la niña de azul, calle abajo, con lazo y caramelo. Ahí van sus ojos de muñeca, con pestaña y caramelo, mirando el mundo dos veces. Me sonríe, no sabe quién soy pero sonríe. Le sonrío. Alguien le ha traído un beso esta tarde; lo lleva sujeto con un cordel, apretando fuerte los dedos para que no se le vuele. Ahí va, calle abajo, niña hermosa de azul, niña de lazo, pestaña y caramelo, ojos grandes, de abismo inmenso, labios de vértigo suave y seda roja, mejillas de rubor nocturno. Ahí va, niña azul, caminando para mí, caminando conmigo, y yo, enredado en los destellos de su pelo, caminando con ella, acunado en su inocencia. Niña azul de versos rizados, niña de cristal y primavera temprana. Yo contigo, si tú quieres.
         Que nadie moleste ahora, que nadie venga. Que me dejen en paz la pena y el invierno, que se vayan, que no me añoren. Que estoy inventándome la vida.


sábado, 14 de abril de 2012

Epistolares (II) - Bruma


           Estimada mía:


A mi llegada, no encontré otra cosa que gente extraña y bruma. Había anochecido profundamente, perpetuo e incómodo viaje, y en las calles desconfiadas de esta nueva ciudad no hallé un sólo gesto amable; no hallé un sólo gesto, en realidad. Noche, recelo ajeno y más noche. El recepcionista del hotel apenas levantó la mirada un instante de su libro enorme y deslavazado. Apenas lo alteró mi presencia; apenas me conmovió su displicencia, en realidad.
Amanece ahora, más allá de las cortinas, más allá del horizonte desgarrado. Un sol enfermo se pone en pie con dificultad, desafiante, con la calma tediosa de un anciano moribundo. Empapa los tejados con su luz primeriza, irrumpe en este dormitorio roñoso y desnudo, en este ajeno y desangelado rincón, aún más horrible sin su disfraz de penumbra. Desordena y destempla mi ánimo también, luz hiriente, antipática, suspicaz. Se interpone entre mi nostalgia y mi rencor, entre la duda y el temor, entre la ansiedad y el hastío.
Dormiré todo el día. Soñaré sin soñar sueño alguno. Anhelo el regreso de las sombras, de la noche dulce y fría, de su bruma.
Te escribiré.



domingo, 1 de abril de 2012

Un burro que vuela


        Me ha despertado con sus coces. Me ha roto el cristal de la ventana. Porque burro va, porque burro viene, porque un burro volando conmigo se entretiene. Me ha roto el cristal de la mañana. Me ha despertado con sus voces. Yo que dormía, yo que soñaba, yo que viajaba entre nubes de lana, yo que pensaba que no había en la iglesia campanas, que no había más ruido en la calle que el que imaginaba, y, mira por donde, me equivocaba. Porque burro va, porque burro viene, porque un burro volando conmigo se entretiene. Me ha roto el cristal, qué estrépito, de la ventana, con sus coces, con sus voces, con lo que le dio la gana. Me ha roto el sueño y el cristal de la mañana. Desayuno con desgana, los demás no creen lo que les cuento. Me miran extrañados, pensando que lo invento, pensando que de locura reviento, cuando les digo, cuando les juro que es cierto, que no miento, que burro va, que burro viene, que un burro volando conmigo se entretiene, que un burro que volaba el cristal de la ventana me rompió. El cristal de la ventana, insisto yo, un burro que volaba lo rompió. Yo que dormía, yo que soñaba, yo que viajaba entre manzanos y manzanas, yo que pensaba que no estaba mi cabeza enajenada, que no había más ruido en el mundo que el subir y bajar de tu persiana, y, mira por donde, me equivocaba. ¿Será por eso? ¿Será por ti? ¿Será que un burro vuela porque me encontró pensando en ti? ¿Será que no? ¿Será que sí?
         Ahora me despierta cada noche. Ahora me rompe el cristal cada mañana. Porque burro va, porque burro viene, porque un burro volando conmigo se entretiene. Ahora, qué pesado, no me deja en pie las madrugadas. Dando coces, dando voces, me persigue hasta la cama, su acoso no acaba. No me deja en paz ni a buenas ni a malas. Yo que deseaba dormir, yo que deseaba soñar, yo que deseaba viajar a lomos de una rana, yo que pensaba que no había secretos en la almohada, que no había más ruido entre nosotros que el de una sencilla mirada, y, mira por donde, me equivocaba. ¿Será por eso? ¿Será por ti? ¿Será que un burro vuela porque robaste mis ganas de dormir? ¿Será que no? ¿Será que sí?
         Porque burro va, porque burro viene, porque un burro volando conmigo se entretiene. ¿Será por eso? ¿Será por ti? ¿Será que no? ¿Será que sí? Si lo sabes, dímelo. Si es por eso, di que sí.


lunes, 26 de marzo de 2012

Epistolares (I) - Viaje


           Estimada mía:


Hoy, por fin, abandoné la ciudad. Reuní los fragmentos de valor que nunca tuve y los guardé con recelo en un bolsillo del abrigo. Y es una de mis manos, constante y desconfiada, quien vigila su confinamiento. Locura y ansia, como sabes. No hay magia alguna en el vientre de esta serpiente rígida, ni en el vaivén, que no hay, de su torsión estremecida. No hay magia ninguna en el ocaso del día, que diviso ahora, sin lágrimas de añoranza, no a través del cristal sucio y vulgar de este vagón. Un niño, detrás, junto a las maletas, está jugando con su muñeco. Y no hay magia en sus ojos, que ahora contemplo, sin emoción siquiera; no más de la que confiere la inocencia y el ánimo de indagarlo todo. Su madre, pues debe de serlo, a su lado, junto a las maletas, parece ahogarse en un mar encrespado de apatía. No hay magia en su dolor, que no atisbo tal, sino derrota, ni nostalgia en su vacío. Ni compasión en el reparo que de ella hago. Hoy no. Esta tarde no. No en este tren. No a costa de mi tormento y mi propia desidia.
Mi mano palpa el bolsillo. Siguen ahí los añicos del valor. No registra movimiento. No hay atisbo de fuga.
El niño se ha dormido. Te escribiré.


jueves, 22 de marzo de 2012

Viejos amigos


         Llegó de madrugada. Entró en la casa sin avisar, sin llamar antes por teléfono para decir que venía. Apareció por las buenas, apareció vestida de alba, perfumada de rosas y pan temprano. Se coló en el dormitorio de Carlos y lo encontró dormido.
         La última vez que se vieron, Carlos era algunos años más joven. Había sido más joven y más fuerte, y su sentido del humor y de la vida, entonces, había sido firme e invulnerable. Pero, hoy, su vieja amiga lo halló tristemente envejecido y deshecho.
         Asómate a la ventana, Carlos –murmuraba el viento en sus oídos, mientras él dormía y se abrazaba a su almohada descosida-. Asómate a la ventana y saluda a los pájaros, Carlos, y diles cuánto te gusta despertar cada mañana con su música. Asómate y saluda al gato de Cristina, y prométele una caricia, y dirige ese tráfico intenso de nubes con tus ademanes de cómico antiguo, y ordena los bostezos de la gente, y sonríenos al mundo, como otras veces, como otras mañanas. Asómate, Carlos, que ya aprieta el sol. Asómate y derríteme con tus ojos de pícaro.
         Carlos se agitó un poco en la cama. Su vieja amiga no quería despertarlo. Le palpó la frente y comprobó que tenía algo de fiebre.
         ¿Quién es, Carlos? –le preguntó el viento-. ¿Quién es ella? ¿A qué ha venido? ¿Por qué te toca? ¿Por qué se interpone? ¿Qué quiere? Dime, Carlos, ¿quién es y por qué ha venido? Asómate y cuéntame por qué ha venido. Asómate a la ventana y regálame un gesto, regálame una risa, y cuéntame quién es y por qué se entremete. Asómate y háblame, que el sol ya aprieta. Ven y dime por qué tienes fiebre y por qué ella te toca. Ven, Carlos, que las nubes se amontonan, que se mezclan y embrollan, que son torpes, que no tienen quien las dirija. Ven y cuéntamelo.
         Carlos abrió los ojos, aún dormido; contempló un instante la ventana entornada y volvió a cerrarlos.
         Su vieja amiga se mordió los labios.
         -Carlos –lo llamó.
         ¿Quién es? ¿Por qué te llama?, le preguntó el viento.
         -Carlos, despierta.
         ¿Qué quiere? ¿Por qué te llama?
         -Soy yo, despierta.
         El hombre reconoció la voz y se giró hacia ella, y le dio la sonrisa que el viento aguardaba, y le dio el abrazo que el viento aguardaba, y le dijo que la había esperado, que sabía que tarde o temprano regresaría, y que era verdad, que se sentía envejecido y deshecho, y que estaba preparado.
           Y su vieja amiga, su vieja enfermedad, se lo llevó esa mañana.


martes, 20 de marzo de 2012

Acerca de una cita


ÉL:       Señorita, por favor, ¿tiene usted hora?
ELLA:   Sí. ¿Por qué lo pregunta?
ÉL:       ¿Le importaría decírmela? Creo que llego tarde a una reunión...
ELLA:   ¿Es importante?
ÉL:       Mucho. Nos jugamos todo, nos jugamos el ser o no ser en la empresa...
ELLA:   Le pregunto si es importante saber que llega tarde.
ÉL:       Por supuesto. Imagínese, a lo mejor ya pasa media hora...
ELLA:   No, no puedo imaginarlo, lo siento. Jamás me fijo en los horarios.

(Pausa)

ÉL:       ¿Usted nunca ha tenido una cita?
ELLA:   No. ¿Usted sí?
ÉL:       ¿Yo, dice? Buf, cada día. Todos los días tengo citas pendientes a las que acudir.
ELLA:   Qué espanto. ¿Y acude a todas?
ÉL:       ¿Que si acudo? Usted dirá... La mayoría de ellas son con mi jefe.
ELLA:   Eso no es una cita. Eso es una reunión laboral.
ÉL:       Llámelo como quiera.
ELLA:   No, como quiero no; lo llamo por su nombre.
ÉL:       Oiga, ¿me va usted a decir la hora o no?
ELLA:   ¿Cuándo es la reunión?
ÉL:       ¿Y eso qué importa?
ELLA:   A usted sí parece importarle, desde luego.
ÉL:       A las cinco.
ELLA:   ¿Muy lejos de aquí?
ÉL:       A diez minutos.
ELLA:   ¿Va a coger un taxi o acudirá andando?
ÉL:       En realidad, no creo que eso tenga mucho que ver.
ELLA:   ¿Quiere usted que le diga la hora o no?
ÉL:       Sí, sí quiero.
ELLA:   ¿En taxi o caminando?
ÉL:       Caminando, supongo.
ELLA:   ¿A qué ritmo camina usted?
ÉL:       Oiga, señorita... Agradezco su interés pero...
ELLA:   Si me responde, acabaremos antes.
ÉL:       Camino bastante ligero, ésa es la verdad.
ELLA:   ¿Se detiene a ver los escaparates?
ÉL:       Cuando llevo prisa no.
ELLA:   ¿Tiene costumbre de comprar tabaco antes de acudir a una reunión?
ÉL:       No fumo.
ELLA:   ¿Caramelos?
ÉL:       No me gustan.
ELLA:   ¿Dulces, chucherías?...
ÉL:       No, señorita. Ni dulces, ni chucherías, ni tabaco... Nada.
ELLA:   De acuerdo.

(Pausa)

ÉL:       Bien, ¿va a decirme entonces qué hora es?
ELLA:   ¿Para qué quiere saberlo? De todos modos, llega tarde.


jueves, 15 de marzo de 2012

Del diario de una farola


         Esta mañana he vuelto a ver a la anciana loca que barre la calle. Se ha escapado otra vez, en un descuido de su hija. Estuvo un buen rato quitando el polvo a los coches aparcados y recogiendo colillas. Hasta que su hija la echó en falta y bajó a buscarla. La anciana se resistió, como siempre. Le dijo que la calle estaba hecha un asco, que la niña de Eduardo no hacía nada, que dejaba todo por en medio. Su hija llora cuando sale de casa temprano, cuando entra en el coche y cree que nadie la mira.

         Jesús sigue acudiendo al bar de Santiago. Ya no viene acompañado como antes. Solían ser siete u ocho amigos, y hablaban de fútbol, de las cosas malas del gobierno, del frío que pasaron en las viñas, siendo chavales… Hace sólo algunos meses, bebía un par de vinos con los demás. Ahora viene cuando no hay nadie, para que no le hagan preguntas. Desde que falta María, bebe más vino. Y la persigue después calle arriba, medio borracho, hasta que descubre que no es ella, sino una desconocida.

         Hoy he visto al crío de las orejas grandes. Pobrecito, vaya cruz que soporta. Sus compañeros de clase lo llaman el paraguas, porque dicen que uno puede refugiarse bajo sus orejas en plena tormenta y no mojarse. Pero hoy estaba contento porque su madre le ha comprado unas zapatillas nuevas. Lo he visto sentado en la acera, frotando las zapatillas con la mano; lucían impecables, como su sonrisa.

         La hija del mecánico se ha echado un novio. Es un chico guapetón de greñas rubias que camina a medio paso y que estrenó puesto de empleo el mes pasado. Al mecánico se lo ve dichoso; ha contado ya a todo el mundo que tiene un yerno trabajando en Correos. A quien no ha gustado la noticia es a Mario, el panadero, que siempre lleva el coche al taller antes de tiempo por ver a la hija. Ahora maldice su suerte y se da golpes contra la bandeja de los bollos. Y, cuando cree que nadie lo mira, llora detrás de un pañuelo.

         Esta noche, la luna me mira distinta. Como si no me conociera. Yo creo que está mayor, igual que la anciana loca que barre la calle. Son demasiados años. Girando y girando, sin descansar un minuto. Yo creo que se nos muere cualquier día, que se nos apaga una mañana sin avisar, igual que María. Porque son ya muchos años persiguiendo al sol calle arriba, sin alcanzarlo nunca. Porque tiene el corazón roto, igual que Mario. Porque extravió su ilusión de luna joven hace tiempo, y ya no le quedan sonrisas.


miércoles, 14 de marzo de 2012

La nube


Con la primera luz que el día me regala,
con ilusión temerosa y quebradiza siempre,
camino de puntillas sobre el aliento de la mañana,
sobre el aroma a fresa de los besos de anoche,
sobre los bostezos del panadero,
y me encaramo a la nube,
a mi nube,
a la nube que aguarda cada día en mi ventana,
y paseo en ella despreocupado,
desenfadado,
desmalhumorado,
y saludo al sol, que aún tirita,
y sonrío a la envidia del pájaro;
y me adormilo en la nube,
en mi nube,
en la nube que envuelve mis sueños cada día,
la que me hace sentir arropado,
desenojado,
desdisgustado,
la que espera cada día a que la noche se deshaga,
la que aguarda sumisa mi amanecer,
la que me lleva,
la que me susurra un cuento,
la que acaricia mi recuerdo y refresca tu momento,
la que regresa el caramelo de tus besos,
y viajo en ella contigo,
cada mañana gris,
cada mañana hermosa,
desdesalentado,
desextraviado,
aun con ilusión quebradiza y temerosa.