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martes, 8 de enero de 2019

El piloto


       Vuela de noche, cada noche, aferrado a los mandos de su avión plateado. Y con él, también cada noche, unos muchachos pintores que se regocijan con el murmullo del motor y echan cabezadas durante el trayecto.
       La rutina del oficio no ha logrado nunca cerrar los párpados al piloto. Conoce bien las curvas de su sendero invisible; podría recorrerlo a ciegas, si quisiera, pero ni un instante descuida el rumbo. Colgado en un rincón de la cabina, como un amuleto, está el dibujo que sus críos le regalaron el día de Reyes: es un avión con ojos verdes y sombrero que sonríe, y papá lo conduce desde lo alto sujetando unas riendas.
       -Hemos llegado –dice el piloto en la soledad de su cabina, y aparca su avión entre unas nubes. Los muchachos pintores se desperezan y se preparan para el trabajo.
       La cabina del avión plateado ha escuchado muchas historias. A veces, se ha estremecido. El piloto le habla en voz alta: le cuenta cosas de su infancia, de cómo creció sin conocer a su madre, de cómo descubrió la risa, de cómo era aquello de jugar al balón con sus amigos, de cómo se hizo un hombre ayudando a su padre a vender fruta, de cómo, en las guardias de su servicio militar, se le dormía el tiempo en las manos, de cómo aprendió a volar en la academia, de cómo voló luego en los brazos de Rosa, de cómo fue eso de ver nacer a sus hijos y de cómo y cuánto echaba de menos a esa madre que no había conocido. Le cuenta las cosas que diría a ella si la viera.
       Los muchachos casi han acabado la tarea. Han comenzado a recoger las pinturas. El cielo luce azul, y a las nubes sólo restan unos retoques. Hoy, como hace frío, han dado más color a la niebla.
       -Demasiado gris –comenta uno de ellos-. Se nos fue la mano. Parece una niebla de invierno.
       Después, regresan al avión.
       -¿Dónde está el piloto?
       Allí, sentado en el borde de una nubecilla, ensimismado, buscando con la mirada. El amanecer es misterioso, bien lo aprendió de niño. Tal vez esta mañana, tal vez la próxima. Tal vez algún día.
       El piloto no aceptó este trabajo por el sueldo, que es poco. Lo hizo por estar más cerca de ella.


sábado, 30 de junio de 2018

La forma de un beso


        Circular, remolino en espiral de brisa fresca y ardiente que tamborilea en los labios, trazo torpe y certero que abrasa la piel, que navega en precaria y deliciosa zozobra, con aristas de fuego y candente hielo, torrente de amarga miel, lujuriosa bondad que atrapa en su vientre el deseo.
        Beso fugaz, beso eterno, beso permanente y efímero de alas plomizas que vuela ligero como sedosa, cristalina y blanca pluma, y que envuelve una vida, cadenas de primavera, grilletes de azul adormecido.


jueves, 31 de mayo de 2018

En un pozo


Soy el minero más pobre, el que excava
sin tino en tu corazón de diamante.
Bajo cada día al pozo más turbio
que existe, al infierno negro que acaba,
que marchita la llama de una vida,
la mía.


Soy el minero más triste, el que vaga
por el túnel frío de tu desprecio.
Sueño cada noche con enfrentarme al
destino, al azar, la suerte que apaga,
que debilita el brillo de unos ojos,
los míos.


Soy el minero más loco, el que amaga
sonrisas mientras golpea la piedra
de tu alma, el que te disculpa en secreto.
Vuelvo cada día al pozo, mañana, al
pozo enlutado que alienta una vida,
la mía.


domingo, 31 de diciembre de 2017

El año que muere


          En cada verso que la media voz pronuncia; en cada abrazo, que me hace desfallecer; en cada recuerdo velado, empañado de bruma y melodías azules; en cada embestida de espuma y reproches de este mar agonizante, en esta playa amortajada y doliente; en cada una de tus miradas de hielo, desgarrado terciopelo y menta; en cada sueño, que desbarata y quiebra el alba; en cada destello moribundo y huérfano que araña el cristal con obstinada ternura; en cada una de las huellas donde pisó un alma errante, hoy ya desvanecida; en cada brisa, en cada risa, en cada herida.
          El año muere. Y, cosa extraña, mi esperanza cobra vida.


jueves, 30 de noviembre de 2017

Risueña tú


           Las notas agridulces de pianos marchitos que componen su melodía, los aromas desgarrados de que están hechos sus recuerdos; el sol, que apenas deslumbra hoy; el terciopelo áspero y deslucido de sus manos. La vida, ráfaga de melancólico y desdeñoso viento, que se filtra entre los dedos.
          Si cada brizna de esa luz que respiro, si cada uno de esos sueños de algodón que me arropan en mitad de la noche, si cada uno de los besos que guardo en ese delicioso cofre de párpados e incienso, si se extinguieran, si disiparan su figura y su aroma... Si la vida no viviera, si la sombra engendrara más sombra, si me extinguiera, si disipara mi aliento y mi figura... Un día más, una aurora más, un rumor nuevo. Eso pido.
          Me asomo a la ventana, abismo del pensamiento, y los fragmentos de cristal me hieren las manos, encuentro horizontes hoy de seda deshilada, crepúsculos quebrados de un sol moribundo y desconcertado. Y me apiado de esta estrella fatigada, y me enternece su dolor y su soledad, y me duelen sus lágrimas de oro fundido.
          Te prefiero risueña a ti, pues, porque así son más risueñas las olas del mar, porque así sonríen también la arena y la brisa en mis paseos contigo, porque así sonríe la noche y ya no es fría, porque así late alegre mi corazón, porque muere, entre latidos, por vivir contigo.
           Tu sonrisa envuelta en papel, regalo tardío que encuentra prematuro unos brazos, el blanco destello que el velo de unos párpados apenas contiene.


miércoles, 30 de agosto de 2017

La ciudad sin ti


         Las hojas abiertas de una puerta desmesurada, antigua madera herida, antiguas noches secretas en amarga vela; el sol tardío de un verano moribundo que deslumbra la calle; las huellas invisibles, borradas por la gruesa lluvia, de un mundo vacilante y taciturno que cruza incansable de un lado a otro, asfalto hoy, adoquín ayer, barro y polvo anteayer; la brisa con su remendado disfraz de vendaval; escaparates luminosos, muñecos sin rostro, sin alma; el estruendo gris en cada esquina; las ventanas de oscuros cristales que vomitan drama y miseria; individuos con premura y sin rostro, sin alma; el niño que desgarra su llanto, que castiga su juguete; el carmín desencajado de una prostituta; el pan despedazado en las manos de un hombre; un perro sin dueño, sin collar, sin ladrido; escaleras de piedra, latidos agudos de afilados zapatos que arañan la esfera de un reloj; la cúpula vertiginosa que desdibuja el vientre de una nube huérfana; los destellos rojos, los reflejos verdes; el estúpido estruendo en cada esquina.
         He salido a buscarte. Pero la esquiva ciudad, con astucia y crueldad exquisitas, oculta hoy el debilitado rastro de tu áspero y fugaz pasado.
          Y así ayer, y así mañana.


jueves, 29 de junio de 2017

Cambio de aires


         Amalia se despidió de la familia, de los amigos, de sus vecinos, de los tenderos del barrio y del cartero que jamás le trajo la carta que esperaba. Se despidió de todo el mundo, y después se metió en la cama y se marchó.
         Cada uno tenía su hora, bien lo había sabido ella hasta hoy. A cada uno le tocaba cuando le tenía que tocar, y no había verdad más grande. Su padre decía que a unos les tocaba antes de que lo esperasen y que, a otros, les tocaba antes de que lo merecieran, pero que la vieja de la guadaña siempre estaba ahí, que siempre aparecía sin avisar y sin pedir permiso. Cuando a uno le llegaba el premio, no había puertas cerradas. Decía que la vida podía o no parecer injusta, que los había con suerte y evitaban a la vieja hasta muy tarde, y que los había desgraciados a los que atrapaba en la primera curva, pero que la vida era lo que era, y que no había más leña que la que ardía.
         Aunque otra verdad muy distinta, y bien lo había sabido Amalia, era que la vieja la esquivara a una sin motivo.
         Aguardó la carta de Ignacio después de que él se marchara al extranjero. Despertó cada una de las mañanas que formaron su ausencia con una sonrisa en el alma y un suspiro en la garganta, y bajó al buzón de puntillas cada una de las tardes que poco a poco formarían su infierno.
         Al cabo de tres años, la carta que llegó no era de Ignacio, sino de un desconocido que la informaba de su muerte. Pero ella se negó a creerlo y, testaruda y obcecada como una niña, se convenció de que sólo era una coincidencia desagradable.
         Y aguardó todavía la carta de Ignacio, y despertó cada mañana con la sonrisa en el alma, y bajó cada tarde al buzón tan esperanzada como siempre. Y la pretendieron hombres, y se enamoró de ella el atardecer, y la luna le recitó versos las noches de verano, pero nada logró apartarla del recuerdo. Amalia miraba las cosas por encima de su significado y, aunque fingía ser coherente en su diálogo con los demás, hasta el último de los gorriones que la visitaron en su ventana supo de su pena y de su vacío interno, y de la locura en forma de serpiente que la rondaba en sus sueños.
         Por eso, cuando se despidió de todo el mundo y uno de sus sobrinos le preguntó si había pensado en hacer un viaje a alguna parte, ella sonrió con la sonrisa que guardaba en el pecho y dijo que no, que sólo era un cambio de aires.


martes, 30 de mayo de 2017

La princesa desmayada


         Vi pasar un carruaje a altas horas de la noche, tan altas como enormes cipreses, tan noche oscura como la oscura envidia que su balanceo opulento en los hombres provocaba. Vi una princesa desmayada en su interior, vi sus pálidas mejillas, tan pálidas como la demacrada nieve de mis amargos inviernos. Vi su rostro desvanecido, y así como súbitamente desfallece el ánimo al borde de un abismo, así como huyen las fuerzas ante un inmenso peligro, cual ejército desmembrado, así desfallecí yo en mitad de aquella noche de altas horas.
         De puntillas, asomado tímidamente al horizonte, cuando el día languidece, mi ojos cansados y huérfanos de consuelo examinan minuciosamente el paisaje, y buscan sin descanso, cada ocaso, entre campiñas y caminos, entre gentes y riachuelos, entre bosques de terciopelo y montañas de piedra fría.
         Ay, princesa desmayada de mis sueños desmayados. Si pudiera yo, con un beso de cristal templado, acariciar tus suaves mejillas y reanimar tu aliento sonrosado. Si pudiera yo, con osadía, abrazarme a tus secretos deseos.
         Vi pasar una calesa a altas horas de la noche, tan altas como enormes muros de dignidad y granito, tan noche oscura como la oscura pesadumbre que en mi corazón su balanceo delicado ocasionaba. Vi una princesa desmayada en su interior, vi sus pálidas mejillas, tan pálidas como las marchitas promesas de mi atormentada infancia. Vi su rostro desvanecido y abrumadoramente hermoso, y así como repentinamente desfallece el pudor en el umbral de un pecado, así como huyen el vigor y la vehemencia ante el rumor de una condena, cual ejército desmembrado, así desfallecí yo en mitad de aquella noche de altas horas.
         Si pudiera yo, con osadía, ay, princesa desmayada, anudar mis anhelos a tus secretos deseos.


miércoles, 26 de abril de 2017

Mago envanecido


          Soy un rey sin corona, el lado opuesto, la mitad de un secreto, el rumor a medias del viento en la ventana, el fragmento menor de una verdad, las notas mudas de un piano, la luna asfixiada en baños de sol, el grotesco bufón con quien ya nadie ríe, la carretera cortada, el sendero que muere en el río, la mañana sin café, la fugaz tormenta de verano en un mes de abril, el dolor que no remite, el ave que no aprendió a volar, el muñeco al que ningún niño abraza, el invierno sin nieve y sin hogar, el marinero desembarcado y el velero sin mar, el horizonte sin fuego ni ocaso, la esfera del reloj sin agujas, el poeta de versos vacíos, el libro huérfano de prosa y el pintor al que enviudó su musa.

          Sin ti, soy todo eso.

         Y contigo, con el sólo esbozo de una tímida sonrisa, con el descuido de tus manos en las mías, soy un hombre, soy todos los hombres, soy el mago envanecido que hace girar el mundo a su capricho.


martes, 28 de marzo de 2017

Duendecillo del alba


         No hay madrugada, no hay lienzo de estrellas dormidas, no hay sol de ojos entornados que bostece entre nubes cobrizas, ni nubes cobrizas, no hay amanecer, ni aromas de café primerizos, no hay leves reproches de niños perezosos, ni conductor de autobús, ni caprichos densos de chocolate. No hay luz, ni esperanza, ni deseo.
         Sin ti, duendecillo del alba, no hay nuevo día.
         El muchacho enamorado camina sin rumbo, atrapado en la noche, en la noche larga y oscura que apenas consuela y alienta el latido vacilante de su corazón, camina sin brújula en la mirada, enfermos los vaivenes de su cordura, apoyado débilmente en la baranda de bruma y espuma que le tienden sus recuerdos. El muchacho enamorado guarda con celo sus lágrimas, las protege con tenaz coraje, las custodia ante el miedo y la duda, las aparta, desazonado, de las afiladas garras de la sospecha.
        Ay, duendecillo del alba, ven, acércate, pues sin ti no hay nuevo día.
      El muchacho enamorado deambula sin paso entre callejones solitarios y estrechos, encaramado a su burbuja de aflicción, flotando en la noche larga y oscura, su ánimo menoscabado, febriles los vaivenes de su anhelo, aferrado a la estela desvanecida de su memoria. Empuña, desafiante, imaginarias espadas en alto con las que reta al tiempo, a esa noche, larga y oscura, que, terca, porfiada, se resiste a marchar.
         Porque sin ti, duendecillo del alba, no hay madrugada, no hay lienzo de azules terciopelos, ni estrellas dormidas, no hay sol de ojos entornados que bostece entre nubes púrpuras, ni nubes púrpuras, no hay amanecer, ni aromas tempranos de café. Sin ti, duendecillo del alba, no hay nuevo día, y, sin nuevo día, no hay nada.
         Ven entonces, duendecillo, y disipa la noche, y permite al muchacho enamorado extinguir el temor y la angustia, al fin, entre sus brazos.


miércoles, 25 de enero de 2017

El pirata y su palo por pata


         Siguió las huellas del corazón, que eran como nubecillas rojas en la arena. Tropezó, tosió y se sentó a comer un coco y un melón. Después, desempolvando su pena, con la panza hinchada y las mejillas coloradas, el pirata y su palo por pata prosiguieron buscando el corazón, que era, para él, como un enorme tesoro, como un cofre repleto de oro, como su vida entera.
       La princesa, que antes fuera duquesa y alegre vendedora de fresas, en aquel mercado olvidado de aquel pueblecillo precioso y aislado, había negado el amor al pirata, y también a su palo por pata. Él la quiso con locura, con amarga entrega y dulzura, y, aunque prometió en rica seda envolverle la luna, la princesa, ensimismada, por un rico marqués embelesada, negó su amor al pirata. A él y a su palo por pata.


                  "Sueño con tu mirada, princesa mía,
                  con tus ojos grandes y tristones,
                  y me embarco en ellos, cada noche,
                  atravieso mares oscuros de aguas heladas,
                  defiendo tu honor ante bandidos y bribones,
                  y exhausto al final del viaje y la dura jornada,
                  me adormezco en los brazos de tu recuerdo,
                  mi princesa amada".


         En aquella isla desierta y desterrada, entre rocas, traviesos cangrejos y ensenadas, el pirata y su palo por pata seguían las huellas y buscaban, con cada nuevo amanecer, el corazón de su princesa deseada. A él, que nunca le importó que antes fuera duquesa y alegre vendedora de fresas, que jamás había enarbolado un reproche a su desordenada procedencia y cuna, le bastaba una mínima pista en la arena para desvanecer su tristeza y su pena y reanudar con ahínco su amorosa pesquisa. Y cuando florecía la noche, y sus cabellos canos alborotaba la brisa, tres flacos gusanos tomaba por cena, tres gusanos y el recuerdo de su cristalina risa.


                  "Sueño contigo, princesa mía,
                  a la tenue luz de esta luna,
                  sueño con tener la fortuna, un día,
                  de que tu vida y la mía sean sólo una."


martes, 27 de diciembre de 2016

Muñeco de nieve enamorado


         Cuando nadie miraba, escapó del jardín. Recorrió la calle dando apresurados saltitos. Un perro le ladró y lo persiguió sin demasiada insistencia durante unos metros. El muñeco de nieve se ocultó tras un contenedor de basura; unas personas muy abrigadas cruzaron cargadas de regalos. Cuando la calle quedó de nuevo en silencio, el muñeco de nieve reanudó su marcha. Caminó hasta el final de la avenida y después subió la cuesta, dejando a un lado la iglesia. Llegó hasta el callejón donde ella vivía y anduvo, de puntillas, hasta el árbol que se erguía en mitad de la placita, frente a su portal. Y allí, inmóvil, con el corazón latiéndole deprisa y los ojitos fijos en el cristal de su ventana, aguardó durante horas.
         El sol de mediodía, con maliciosa travesura, le derritió un poco los hombros. Un pajarillo se posó en su nariz de zanahoria y le picoteó las mejillas. El muñeco estornudó y el pajarillo huyó espantado. Luego, el horizonte se tiñó de terciopelo púrpura y una brisa helada lo hizo temblar de frío. Pero ella no aparecía en la ventana. Ella, que con el mínimo esbozo de una sonrisa agitaba su respiración y estremecía de anhelo sus bracitos blancos. Ella, que era su vida entera, que con el recuerdo de sus miradas distraídas se acunaba cada noche y tejía los sueños más dulces.
         Como un poeta enamorado de su luna, el muñeco rondaba a la muchacha cada día. Y como aquél, que nada espera a cambio, el muñeco nada esperaba, sino verla aparecer un instante fugaz.
         Se agitaron las cortinas y vibró el cristal de la ventana. La muchacha se asomó, protegiéndose del frío bajo una mantita de nubecillas bordadas. Se fijó en el muñequito de nieve que había junto al árbol de la plaza. Lo contempló con ternura y sonrió. Después, tiritando, regresó al interior de la casa.
        Y el muñeco, enamorado, con tibias lágrimas de alegría que dibujaban leves surcos en la nieve de sus mejillas, volvió a su jardín.


lunes, 28 de noviembre de 2016

La brujita sin escoba


         Con el primer destello del alba, y el sol adormecido, surge la linda brujita de una casa, de un corral, de un nido. La brujita sin escoba corretea de puntillas, sin volar, muy risueña, con travesura muestra su lengua y sobresalta a un perro y a su dueña, con capricho se encarama a un campanario, y desde allí, como el audaz vigía de un navío legendario, hace de marino aspavientos y regala su risa nerviosa al horizonte, al horizonte y al viento, y se desliza luego revoltosa entre buhardillas y faroles, entre nieve, charcos de perfume y zapatos de mil charoles.
         Ay, brujita sin escoba, mi corazón se arroba.
         La brujita sin escoba brinca de alcoba en alcoba, robando a manos llenas secretos y blusones, pecados de niño, caramelos de menta y mil turrones. La brujita corretea de puntillas, sin volar, sin su mágica escoba, al niño arrulla en su cuna, al anciano hurta cuanto resta de cordura y al enamorado despoja de su diamante. ¡Vuelve aquí, brujita sin escoba, repón ese diamante, que he de ofrecerlo cuanto antes a mi amada embelesada, de enorme hermosura y porte elegante! ¡Vuelve, diantre! Salta, sube y se escurre la brujita sin escoba, del pomo de una puerta al camello de escayola sin jorobas, de la gorra de un soldado a la sopa de cebolla de un gordo prelado, del beso dulce de una madre al mostacho de un hombre que arroja sin entusiasmo, de su futuro, los dados. Entre nubes de algodón y mechones de pelo enfurruñados, la brujita sin escoba se columpia dichosa e inquieta, atarantado su genio, su deseo juguetón y enmarañado.
         Ay, brujita sin escoba, mi corazón se arroba.
        Con el primer destello del alma, y el mundo adormecido, surge la linda brujita de una caricia, de un murmullo, de un latido.


lunes, 25 de enero de 2016

La niña triste y el niño tonto


         Ella estaba triste, y él enamorado. A ella, la luz que con el alba acariciaba los tejados le trenzaba lágrimas en las mejillas; a él le inspiraba un poema. A ella, las notas quebradas de un piano le debilitaban el paso; a él le arrancaban un suspiro. La niña estaba triste, y él enamorado.
         La noche, que sabía de su tristeza, se posaba con sigilo después del atardecer. Cuando dormía, la niña olvidaba que no era feliz. Y la noche la acunaba con mimo para no desvelar su sueño.
            Ay, niño enamorado, niño tonto. Si ella supiera, si tú le contaras.

           Ella estaba triste, y él enamorado. A ella, la luz que con el alba teñía de caramelo los jardines le trenzaba lágrimas en las mejillas; a él le inspiraba un verso. A ella, las notas quebradas de un ruiseñor le ahogaban el alma; a él le arrancaban una sonrisa. La niña estaba triste, y él enamorado.
         La noche, que conocía su tristeza, se posaba con dulzura después del atardecer. Cuando dormía, la niña olvidaba que no era feliz. Y la noche la besaba en la frente, despacio, para no desvelar su sueño.
            Ay, niño enamorado, niño tonto. Si ella supiera, si tú le contaras.


miércoles, 18 de noviembre de 2015

Su tristeza


          Estuvo llorando toda la noche. Cuando amaneció, las lágrimas cubrían la alfombra. Huyó de la almohada. Caminó a tientas, palpando las paredes, cegada por los recuerdos. Tropezó con los fragmentos usados de su dignidad y a punto estuvo de caer. Abrió el grifo, a tientas. Más lágrimas. Y con ellas se lavó la cara.
         Desde lo alto de la torre, el hombre le hacía gestos para que lo mirase, para que le prestara atención. Estoy aquí, le decía. Estoy aquí, princesa. Desde lo alto de la torre, lejano, diminuto, apenas un punto en el horizonte, apenas un borrón de tinta en una hoja enorme, vacía y blanca.
         Desayunó, a tientas. Dejó un rastro de mermelada por el pasillo de la casa, por el pasillo que forman las casas bajas, por el pasillo que forman los puestos del mercado. Vio a un niño sentado en el suelo, con las manos cubiertas de barro, con el rostro cubierto de inocencia. Le ofreció una sonrisa, pero el niño no pudo aceptarla. Lo siento, le dijo, no puedo aceptarla. Se alejó, a tientas.
         Desde lo alto de la torre, el hombre le hizo gestos para que lo mirase, para que le prestara atención. Me dejaré caer, le dijo. Estoy aquí, princesa. Desde lo alto de la torre, ajeno, minúsculo, apenas una brizna de hierba helada en un paisaje de invierno, apenas un borrón de tinta en su memoria, vacía y blanca.
          Quiso llorar, de nuevo. Su corazón, a tientas, se agitó con tristeza en el pecho. El sol de la tarde, indiferente, brincó entre los tejados sucios con descuido. La mujer huyó. Dejó un rastro afrutado de melancolía, de caramelos amargos. Esquivó a las personas sin rostro que aparecían en el camino, trató de sortear sus manos agarrotadas. La noche se reflejó en las ventanas y le desgarró el vestido. Huyó, se alejó de la torre, y se ocultó, a tientas, entre las sombras mudas de su tristeza.


lunes, 20 de julio de 2015

Viajar en una manzana


         Se oculta tras un pecado. Es muy pequeño. Se encaramó a una manzana y ahora contempla desde su cima el paisaje. La Luna se pone, y él tiembla de frío. Las notas torpes de un piano lo hacen temblar de frío. Te quiere, no te quiere, te quiere. Acaricia con timidez el contorno de sus recuerdos, que lo persiguen siempre en las medias noches y acaban alcanzándolo cada madrugada. Suspira, se estremece.
         Su manzana se eleva y recorre en ella el mundo. La brisa le revuelve el cabello y le enreda los deseos. No hay algodón en las nubes, es miga de pan y mantequilla. Te quiere, está seguro. En su bolsa de viaje hay un rayo tibio de sol; lo compró para ti. La marea sube, las olas del mar caminan de puntillas, temerosas de quebrar el chocolate. Un tendedero en el patio, lágrimas desteñidas prendidas con pinzas de madera. La Luna se pone, y él tiembla de miedo. Los colores torpes de su fantasía lo hacen temblar de miedo. Guarda las manos en los bolsillos del pantalón; quizá las necesite más tarde.
         Su manzana surca la nieve de las montañas. El vértigo le revuelve el cabello y le enreda la cordura. Te quiere, hoy te quiere. El resplandor intenso de la noche lo ciega. Hay un surco de caramelo en su conciencia. Hay un vestido rasgado junto a la cama, y alguien tocando al cristal de su ventana. Acude a abrir, y las olas del mar irrumpen en la habitación, quebrando el chocolate. La Luna se pone, y él tiembla, y las horas torpes del día se elevan en el horizonte, arrebatándole la juventud.
         Te quiere, está seguro, pero hoy se oculta tras un pecado.



miércoles, 24 de junio de 2015

Josefa pasa hambre


          Josefa, la vieja y famélica pianista, había tenido un canario. El animalillo le había hecho compañía durante varios meses. El animalillo, que respondía con orgullo al nombre de Mozart, había rellenado con sus dulces cánticos las tardes solitarias y amargas de Josefa. Pero el hambre lo puede todo, bien lo sabe ella. La semana pasada se merendó al músico después de debatirse en una tormentosa lucha consigo misma en la que acabó venciendo el instinto de supervivencia. Se zampó al canario sin reparos.
         Ahora lo lamenta. Lo lamenta porque los días siguen siendo tristes y no tiene quien le haga compañía. Lo lamenta porque el hambre sigue estando presente en su vida, retorciéndole las entrañas. De qué le sirvió comerse al pajarillo, se pregunta.
         Son las once de la mañana y no tiene nada que llevarse a la boca. Por el suelo, junto al zócalo, corretea una cucaracha muy flaca. Josefa la observa un instante y después mira para otro lado; no quiere ni pensarlo.
         Su marido, Basilio, está tumbado en el suelo de lo que antes fuera la cocina, con un ojo cerrado y el otro medio abierto, vigilando de soslayo el frigorífico. Le ha dicho a su mujer que el frigorífico tiene el pensamiento de huir de la casa. Él le ha garantizado que lo impedirá a toda costa, palabra de honor. Josefa, cuando lo oye delirar de este modo, ahoga un lamento en lo más profundo de su vientre.
         -Cariño -lo llama ahora.
         -Qué -responde Basilio.
         -No puedo más.
         -No puedes más de qué.
         -Me muero, Basilio. Me muero, te lo juro -dice ella, rota de desconsuelo.
         -Aguanta, mujer.
         -No puedo.
         -Sí puedes. Aguanta.
         Josefa llora tímidamente. Se cubre los ojos con una mano y baja el rostro.
         -No puedo, ya no... -murmura.
         -¿Por qué lloras, tonta? -El tono áspero de Basilio le pone los pelos de punta. Ella lo quiere, lo ama realmente, pero el pobre se ha vuelto tarambana. Su marido, por más que le duela admitirlo, está más chiflado que un becerro tuerto.
         -No lloro -dice, entre suspiros-. Es la emoción, cariño.
         -¿Qué emoción, mujer?
         -Hoy es nuestro aniversario. ¿Ya no te acuerdas?
         Basilio, que se pone muy violento con estas cosas, sale de la cocina y se dirige con paso firme y medido hacia el vestíbulo. Josefa lo contempla con desmayo.
         -¿Adónde vas? -le dice ella.
         Y él le miente:
         -A comprarte un regalo.


martes, 21 de abril de 2015

Anhelo


Estimada nostalgia:

         Te escribo estas líneas porque albergo la esperanza de que, al hacerlo, lograré desprenderme de esta abrumadora melancolía. En cada rincón de la casa, hay una fracción de su presencia. En cada estancia, hay una nueva esencia que reconozco como suya. He sido muy feliz. Mi querida nostalgia, debo confesarte que he sido muy feliz. Pero, ahora, el amargo tormento que provoca la distancia insalvable me debilita el ánimo. Mis pasos perdieron la firmeza de ayer, mis pensamientos extraviaron su aplomo. Si pudieras ayudarme a vencer esta niebla espesa e impenetrable, si pudieras tenderme una mano y librarme de mi tortura... El tiempo se aferra a las paredes, hendiendo en ellas sus garras. Las horas del reloj han quebrantado la esfera y, después, han huido. Lejos, a algún lugar desconocido.
        Te escribo estas líneas, mi estimada nostalgia, porque aliento la certeza de que, al hacerlo, conseguiré despojarme de esta opresora tristeza. En cada rincón de mi cordura, hay una fracción de su presencia. En cada uno de mis gestos, hay una nueva añoranza. He disfrutado de una dicha que no merecía. Mi caprichosa nostalgia, debo confesarte que he sentido una dicha que, de tan ingente, llegué a considerar injusta. Pero hoy se ha desvanecido. Mi traviesa nostalgia, debo confesarte que he experimentado una felicidad que, de tan inmensa, llegué a creer obscena. Pero hoy se ha disipado. Si pudieras ayudarme a doblegar esta calma frenética que ahoga mi juicio... Si pudieras tenderme una mano y librarme del remordimiento…
         Es tanto el anhelo, es tanto, es todo, es sólo eso, es anhelo, es cuanto tengo, es sólo cuanto tengo, anhelo, cuanto tengo, y el tiempo se aferra a las paredes, hiriéndolas con sus garras.


jueves, 11 de diciembre de 2014

Historia de un eco


       Invisible como el aliento de un copo de nieve, triste como un maltrecho desenamorado, diminuto como el pestañeo de una hormiga, perdido entre las copas de cristal de una mesa vacía, entre envoltorios de caramelos, entre migas de pan, desunido de la gente, de sus voces, de sus manos, de sus sonrisas, de sus promesas vacías, escurridizo como el aroma de una margarita en primavera, repentino, flotando en el aire a un centímetro de esta Navidad, tan diferente, tan ajena a esa otra Navidad de infancia, murmurando un villancico roto, una canción desnuda de melodía, tropezando con las huellas de amor viciado que quedaron sobre la mesa, y acunado en su propio llanto, que de tan débil apenas le humedece las mejillas, así es este eco pequeño, así deambula este eco pequeño, que de tan frágil apenas se sostiene erguido.
         Ayer, se encaramó de pronto al árbol del vestíbulo y comenzó a columpiarse, lánguidamente, en uno de los regalos postizos. Y sin pedírselo, y sin preverlo, sin desear que lo hiciera, me recordó que esta misma Navidad, una vez, había sido distinta. Imitando las voces desteñidas del pasado, imitando la tuya, me recordó que esta misma Navidad, una vez, había sido distinta.
      Es un eco pequeño que ronda mi ventana, invisible como el suspiro desmayado de un acordeón, triste como el dueño de un corazón arruinado. Es un eco pequeño que, abrazado a los rayos tibios de sol, se desliza en mi casa con el mediodía, diminuto como el lunar de una mariquita, y se pierde entre los cubiertos y el mantel de la mesa vacía, entre las páginas de un periódico vacío, entre migas de pan. Es un eco pequeño que tropieza sin querer con las huellas de amor malogrado, un eco pequeño que se acuna y adormece en su propio llanto.
        Ayer, se encaramó de pronto al árbol del vestíbulo y comenzó a columpiarse, despacio, en la estrella que adorna su copa. Y sin pedírselo, y sin preverlo, sin desear que lo hiciera, me recordó que esta misma Navidad, una vez, había sido hermosa. Y pintando con un carboncillo gastado las voces fingidas de otra vida, dibujándome la tuya, me recordó que esta misma Navidad, una vez, había sido hermosa.


martes, 18 de noviembre de 2014

La noche y mi mentira


         Si estuvieras cerca, te regalaría un cuento. Ya sé que es poco, pero es cuanto tengo. Si estuvieras cerca, te haría dueña de mi historia. Ya sé que es poca, pero es cuanto tengo. Te descolgaría una nube pequeña para que la usaras como almohadón, si estuvieras cerca, para que pudieras escucharme sin que se agotaran los músculos de tu sonrisa. Robaría tres hojas al olmo para acariciarte las mejillas, si estuvieras cerca, para que pudieras escucharme sin que se desvanecieran tus pupilas. Ya sé que es poco, pero es cuanto tengo. Si estuvieras cerca, fingiría estar perdido para poder hallar refugio en tu regazo. Fingiría haber llorado, si estuvieras cerca, para poder hallar consuelo en tu murmullo de seda.
         Pero la noche, que es de piedra y penumbra, me desbarata el ánimo y me recuerda que tu cercanía no es más que una mentira del corazón. Una mentira más. Pero la noche, que tiene ojos de hielo y sombra, me desfigura el ánimo y me recuerda que tu visita no es más que una mentira del corazón. Una mentira más. Y ya son muchas.
         Si estuvieras cerca, te regalaría los pétalos de un tulipán. Ya sé que es poco, pero es cuanto tengo. Si estuvieras cerca, te haría dueña de mi aventura. Ya sé que es poca, pero es cuanto tengo. Arrastraría hasta ti la ola que rompe en la playa, si estuvieras cerca, para que tus pies se desnudaran con la espuma. Robaría tres notas al piano y te arroparía con ellas, si estuvieras cerca, para que el terciopelo de una melodía te adornara el cabello. Ya sé que es poco, pero es cuanto tengo. Si estuvieras cerca, fingiría estar enfermo para poder hurtar un mimo a tus manos. Fingiría haber enloquecido, si estuvieras cerca, para poder hurtar un beso a tu cordura.
         Pero la noche, que es de hiel y acero afilado, me descompone el ánimo y me recuerda que tu presencia no es más que una mentira del corazón. Una mentira más. Y ya son muchas. Y es cuanto tengo.