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martes, 27 de diciembre de 2016

Muñeco de nieve enamorado


         Cuando nadie miraba, escapó del jardín. Recorrió la calle dando apresurados saltitos. Un perro le ladró y lo persiguió sin demasiada insistencia durante unos metros. El muñeco de nieve se ocultó tras un contenedor de basura; unas personas muy abrigadas cruzaron cargadas de regalos. Cuando la calle quedó de nuevo en silencio, el muñeco de nieve reanudó su marcha. Caminó hasta el final de la avenida y después subió la cuesta, dejando a un lado la iglesia. Llegó hasta el callejón donde ella vivía y anduvo, de puntillas, hasta el árbol que se erguía en mitad de la placita, frente a su portal. Y allí, inmóvil, con el corazón latiéndole deprisa y los ojitos fijos en el cristal de su ventana, aguardó durante horas.
         El sol de mediodía, con maliciosa travesura, le derritió un poco los hombros. Un pajarillo se posó en su nariz de zanahoria y le picoteó las mejillas. El muñeco estornudó y el pajarillo huyó espantado. Luego, el horizonte se tiñó de terciopelo púrpura y una brisa helada lo hizo temblar de frío. Pero ella no aparecía en la ventana. Ella, que con el mínimo esbozo de una sonrisa agitaba su respiración y estremecía de anhelo sus bracitos blancos. Ella, que era su vida entera, que con el recuerdo de sus miradas distraídas se acunaba cada noche y tejía los sueños más dulces.
         Como un poeta enamorado de su luna, el muñeco rondaba a la muchacha cada día. Y como aquél, que nada espera a cambio, el muñeco nada esperaba, sino verla aparecer un instante fugaz.
         Se agitaron las cortinas y vibró el cristal de la ventana. La muchacha se asomó, protegiéndose del frío bajo una mantita de nubecillas bordadas. Se fijó en el muñequito de nieve que había junto al árbol de la plaza. Lo contempló con ternura y sonrió. Después, tiritando, regresó al interior de la casa.
        Y el muñeco, enamorado, con tibias lágrimas de alegría que dibujaban leves surcos en la nieve de sus mejillas, volvió a su jardín.


martes, 15 de diciembre de 2015

Navidad a solas


         De niño, Emilio había disfrutado de la Navidad hogareña y clásica que se pinta en las postales. En las Navidades de su infancia siempre hubo una mesa larga, inacabable, sembrada de platos y de risas, y un árbol adornado junto al televisor, preñado de regalos. Hubo una abuela risueña y sin reproches, unos padres amables y unos hermanos cariñosos que hacían bromas. Hubo sidra, dulces y promesas. Hubo un gato, el de la familia, al que colocaron un gorrito rojo el día de Nochebuena. Hubo abrazos y buenos deseos. Hubo paz. Hubo alegría, de ésa que se refleja y se pinta en las postales. Hubo de todo.
         Luego, Emilio había crecido hasta convertirse en un muchacho grande y listo. Se interesó por las matemáticas, se enamoró de los números y acabó contrayendo matrimonio con una empresa de finanzas. Le fue muy bien. Ganó mucho dinero, más del que nunca habría creído posible. Compró un coche lujoso y una mansión en el barrio más caro. Dejó de ver a su familia; se limitó a llamar por teléfono. Tenía tanto trabajo en la oficina, tantos números que ordenar, tanto dinero que invertir y desinvertir… Y cambió la cena de Nochebuena en casa por un bocadillo en su despacho. Necesitaba hacerlo; su tiempo era valioso, su tiempo era dinero. Mientras el resto del mundo se limitaba neciamente a brindar y a comer turrón, él podría multiplicar su riqueza. Y así fue.
         Pero ocurrió, unas Navidades, que Emilio recibió una visita inesperada en su despacho. Era un hombre bajito de gabardina azul y bigotes blancos que le propuso el mayor y más próspero negocio de su vida: le ofreció, a cambio de un céntimo, todas las cosas materiales del mundo. Emilio pensó que era una broma, aunque aceptó de buena gana. Estrechó la mano del hombre y brindaron por el trato. Al día siguiente, cuando despertó en su mansión del barrio más caro, comprobó que el hombre no había bromeado. En el salón, junto a la chimenea, había un saco enorme repleto de llaves: eran las llaves de todas las casas de la ciudad, y no sólo de aquélla, sino de todas las demás ciudades del mundo. Salió a la calle y vio que estaba desierta, pero no importaba, no importaba porque todo era suyo, cualquier cosa que hubiera en la calle llevaba su nombre escrito, y los restaurantes estaban abiertos para él, aunque vacíos, y había cientos de platos humeantes en las mesas vacías, para él, y miles de flores en las floristerías vacías, todas suyas, y millones de pasteles en las pastelerías vacías. ¿Dónde se había metido la gente? ¿Y qué importaba? Todo era suyo. Los edificios más altos, los aviones, los barcos, los países… Vacíos de gente, pero suyos. Había logrado el éxito, el auténtico éxito. Era el rey del mundo. Había reunido la mayor de las fortunas. ¿Quién le prepararía ahora el bocadillo de Nochebuena?, se preguntó. ¿Y qué importaba, demonios? ¿Acaso la Navidad no era maravillosa? ¿No lo era?
          Después se echó a llorar. Y deseó morir con todas sus fuerzas.


martes, 30 de diciembre de 2014

La muela navideña


         Anduvo partiendo nueces, cras catacrás, esta muela vieja, esta mula vieja, anduvo partiendo nueces, y no pocas veces, y ahora, al primer turrón, se ha partido en dos. Esta muela vieja se ha perdido en Navidad, cras catacrás, se ha quedado sin turrón, se ha quedado sin nieve, sin belén y sin los bueyes, se ha quedado sin comer un polvorón, sin hojaldres, sin vino y sin roscón. Anduvo partiendo nueces, cras catacrás, esta muela vieja, esta mula vieja, anduvo partiendo nueces, y no muy pocas veces, esta muela navideña, antes tan risueña, tan guasona, tan pendona, y ahora tan triste y melancolona. Esta muela vieja se ha partido en dos, cras catacrás.
      La muela navideña tiene dueña. Es una señora alta y muy lista, melenuda, con tacón y sonrisera, y ahora la cabeza se le ha hinchado como un globo por culpa de la muela puñetera, que se ha partido en dos, cras catacrás, con un trozo de turrón, del turrón de Navidad, del primero que a la boca se llevó, cras catacrás, qué tragedia, qué traición. Al armario se han marchado, de sus manos escaparon, todos, ni uno sólo se ha quedado. Al armario se han marchado y bajo llave están, de su alcance escaparon y a buen recaudo están, polvorones, hojaldres, mazapanes y champán. Esta muela vieja, esta mula vieja, cras catacrás, le ha partido en dos la Navidad.
          La señora alta y muy lista tiene un amigo dentista. Lo ha llamado y le ha contado que tiene un problema grande, ande o no ande, y le ha pedido que venga a su casa, que el dolor no se le pasa. “Hola, mi amor, yo soy tu lobo”, le ha dicho el dentista al llegar. “Déjate de guasas, bobo, que tengo la cabeza como un globo.” Cras catacrás, esta muela vieja se ha partido, cras catacrás, esta mula vieja se ha morido. Con un trozo de turrón, del turrón de Navidad, del primero que ha encontrado en un cajón, cras catacrás, qué tragedia, qué follón. Y el dentista, encima, se quedó sin cotillón. Por culpa de esta muela vieja que anduvo partiendo nueces Navidad tras Navidad, nueces y más nueces, almendras otras veces, que anduvo partiendo nueces, cras catacrás, y no muy pocas veces, cras catacrás, esta muela navideña, antes tan risueña, tan burlona y socarrona, y ahora tan triste y depresona, que anduvo cascando nueces, cras catacrás, hasta cascarse ella y cascar la Navidad.


jueves, 11 de diciembre de 2014

Historia de un eco


       Invisible como el aliento de un copo de nieve, triste como un maltrecho desenamorado, diminuto como el pestañeo de una hormiga, perdido entre las copas de cristal de una mesa vacía, entre envoltorios de caramelos, entre migas de pan, desunido de la gente, de sus voces, de sus manos, de sus sonrisas, de sus promesas vacías, escurridizo como el aroma de una margarita en primavera, repentino, flotando en el aire a un centímetro de esta Navidad, tan diferente, tan ajena a esa otra Navidad de infancia, murmurando un villancico roto, una canción desnuda de melodía, tropezando con las huellas de amor viciado que quedaron sobre la mesa, y acunado en su propio llanto, que de tan débil apenas le humedece las mejillas, así es este eco pequeño, así deambula este eco pequeño, que de tan frágil apenas se sostiene erguido.
         Ayer, se encaramó de pronto al árbol del vestíbulo y comenzó a columpiarse, lánguidamente, en uno de los regalos postizos. Y sin pedírselo, y sin preverlo, sin desear que lo hiciera, me recordó que esta misma Navidad, una vez, había sido distinta. Imitando las voces desteñidas del pasado, imitando la tuya, me recordó que esta misma Navidad, una vez, había sido distinta.
      Es un eco pequeño que ronda mi ventana, invisible como el suspiro desmayado de un acordeón, triste como el dueño de un corazón arruinado. Es un eco pequeño que, abrazado a los rayos tibios de sol, se desliza en mi casa con el mediodía, diminuto como el lunar de una mariquita, y se pierde entre los cubiertos y el mantel de la mesa vacía, entre las páginas de un periódico vacío, entre migas de pan. Es un eco pequeño que tropieza sin querer con las huellas de amor malogrado, un eco pequeño que se acuna y adormece en su propio llanto.
        Ayer, se encaramó de pronto al árbol del vestíbulo y comenzó a columpiarse, despacio, en la estrella que adorna su copa. Y sin pedírselo, y sin preverlo, sin desear que lo hiciera, me recordó que esta misma Navidad, una vez, había sido hermosa. Y pintando con un carboncillo gastado las voces fingidas de otra vida, dibujándome la tuya, me recordó que esta misma Navidad, una vez, había sido hermosa.


martes, 31 de diciembre de 2013

Muñeco abandonado


         Dos ojos saltones, redondos como lunas llenas, y una nariz roja en el centro de su cara, o de su cuerpo, pues no es más que una bola azul de pelo suave del tamaño de una nuez. Está solo, está abandonado en la calle. Se ha visto reflejado en un fragmento de cristal, y su propia imagen borrosa lo ha hecho sentir aún más abandonado y solo.
        Qué cosas: siempre había deseado volar, había anhelado ser pájaro por un día, o mariposa, o simplemente un mosquito, porque fue incapaz entonces de imaginar qué sensación extraña y maravillosa podría experimentarse al surcar los aires, y hoy, sin esperarlo, ha volado como una gaviota desde la ventanilla de un coche hasta la acera. Del coche de su dueña protectora a la acera sucia de un mundo grande y desconocido. Desechado como un pañuelo de papel. Confinado al olvido, menospreciado.
         Tal vez haya hecho algo mal, tal vez haya estropeado uno de esos momentos de paz que su dueña disfrutaba con tanto celo. Tal vez, con su presencia, haya quebrado el clima frágil del dormitorio. No lo sabe. Se encuentra angustiado y muy confundido. Si supiera, lloraría.
         Es un muñeco abandonado en la calle, sólo eso. De ojitos saltones y redondos, azul, de nariz roja y chata. Sólo es un muñeco asustado sin dueño. Está él, están los coches mudos, están los gorriones en la baranda del parque, están los charcos de la lluvia reciente, están los envoltorios de golosinas, que son juguetes del viento, están los semáforos parpadeantes, está el ruido de la Navidad en las casas, y están las casas, están los edificios altos, que suben al cielo, y están las nubes, que también son juguetes del viento, y está la nieve esperando, y está el frío, y la Luna, que saldrá luego, y mil estrellas, que son luciérnagas de vida eterna, y mil estrellas más, y mil más.
         El muñeco es sólo un punto azul en este paisaje urbano de diciembre, un punto azul que tiembla. Lo he visto, por casualidad, al agacharme a recoger una moneda, escondido detrás de un cartón. Tiene miedo en los ojos. Si pudiera, correría.
        Me he ofrecido a él como dueño. No sé si le gusta la idea, o si tenía otros planes, o si prefiere a otro. El caso es que no se ha quejado cuando lo he cogido. No ha dicho nada. Quizá porque sólo es un muñeco.


lunes, 16 de diciembre de 2013

La Navidad que ve un copo de nieve


             Empujado por un viento que corta en filetes la noche, el copo desciende lentamente hacia la ciudad. Por el camino, el copo se estremece y estornuda; además de vértigo, tiene frío.
         Una lengua invisible de aire lo atrapa, lo revuelve en una espiral y lo impulsa contra la ventana de un edificio muy alto. El copo se posa un instante en el alféizar y observa, al otro lado del cristal, a un niño pelirrojo que llora desconsolado porque no encuentra, entre un montón de paquetes, el regalo que tanto ansiaba, el juguete que había esperado con euforia. Los demás regalos no le importan, los rechaza, se ensaña a patadas con ellos.
         El copo tirita de frío y se desliza desde el alféizar, y desciende un poco más. El viento travieso juega con él; le tira del cabello y le araña las mejillas blancas, lo sacude a un lado y a otro, no lo deja en paz un momento. Ha vuelto a arrojarlo contra una ventana.
         Una niña rubia, sentada a la mesa de un saloncito estrecho y abrazada a su muñeca, se atraganta obstinada con el turrón y los dulces. Sus padres, al fondo, se gritan furiosos y hacen aspavientos, y se lanzan las botellas de sidra, y se golpean en la cabeza con las bolas del árbol de Navidad, y sólo cuando la niña se vuelve morada y tose, advierten su presencia y la auxilian.
         El copo tirita, tirita con violencia. Qué noche tan fría, diantres. Menudo temporal. Quién tuviera una bufanda.
         Da un saltito y desciende de nuevo. Casi ha alcanzado la calle. El viento ha perdido su fuerza; ya sopla con desgana. El copo gira sobre sí mismo y aterriza despacio sobre unas cajas de cartón. Es injusto, ¿no? La gente se ha quedado en sus casas, abriendo paquetes, comiendo dulces, y él estornuda en la calle, y mañana se habrá deshecho, cuando salga el sol.
         De pronto, oye un ruido, unas voces. Anda, qué sorpresa, si hay alguien dentro de esas cajas de cartón.
         El copo, que es muy curioso, se asoma por un hueco y descubre a un niño y a su madre abrazados bajo una manta roja. Y, como es Navidad, ese niño también recibe unos regalos: un gorro de lana y un beso.


martes, 18 de diciembre de 2012

La auténtica Navidad


         La mujer no descansará hasta que vea el reflejo de las luces allá a lo lejos, en la revuelta del camino. Son las nueve de la noche. En el campo siempre hace más frío que en la ciudad. Fuera, en el jardín, un vientecillo traidor está agitando los árboles y estremeciendo al pobre perro guardián, que no encuentra refugio ni consuelo en la caseta.
        El salón más grande de la casa está atestado de gente que parlotea sin cesar. Los niños más traviesos están deshojando el arbolito; casi lo han dejado desnudo de adornos. Ahora, las bolas rojas corretean por el pasillo igual que un torpe ejército de ratones, rebotando contra el zócalo con esos sonidos huecos e inquietantes que tan nerviosa están poniendo a la mujer.
         -Estaos quietos, por favor -dice ella, pero los niños se empeñan en jugar.
         Los padres de los pequeños charlan animadamente sin prestar atención al alboroto.
         Las nueve, piensa la mujer con un suspiro, y aún no llega. El cristal de la ventana se empaña con su aliento.
         Qué sufrimiento, qué agonía silenciosa. Ser madre significa no disponer de un momento de calma verdadera. Ser madre supone imaginar a cada instante que la garra monstruosa de la fatalidad acaricia a sus hijos en cada una de las curvas del trayecto. Una vez, no hace mucho, despertó de madrugada envuelta en sudor, fugitiva de un sueño tenebroso en el que su hijo perdía la vida al volante de su automóvil. Cuando recobró el aliento y se cobijó en la dulzura cálida de una manzanilla, trató de imaginar cómo sería el después, el día a día de una existencia sin él, la jornada siguiente a su pérdida... y casi enloqueció.
         Las nueve y media, noche cerrada. La mesa está repleta de embutido y botellas de buen vino. Hay queso, unos mejillones en escabeche muy barrigones, almejas, espárragos de aspecto suculento, un cuenco rebosante de aceitunas, pescaditos rebozados... En la cocina hay varios platos de turrón y mazapanes, más botellas de vino y otras tantas de cava, un pastel jugoso de fresa y yema tostada en el frigorífico, una botella de licor de avellana bien fría...
         La mujer no tiene apetito. Uno de los niños se ha acercado hasta ella y le ha deseado feliz Navidad entre titubeos y una graciosa media lengua. Ella le sonríe y le revuelve el cabello.
         -Hala, ve a jugar, cariño...
         Una luz destella a lo lejos, en la curva. Es un coche azul. Es... ¿es él? Sí, gracias a dios. Ha llegado, es su hijo. La mujer respira satisfecha.
         Ya es Navidad.