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martes, 8 de enero de 2019

El piloto


       Vuela de noche, cada noche, aferrado a los mandos de su avión plateado. Y con él, también cada noche, unos muchachos pintores que se regocijan con el murmullo del motor y echan cabezadas durante el trayecto.
       La rutina del oficio no ha logrado nunca cerrar los párpados al piloto. Conoce bien las curvas de su sendero invisible; podría recorrerlo a ciegas, si quisiera, pero ni un instante descuida el rumbo. Colgado en un rincón de la cabina, como un amuleto, está el dibujo que sus críos le regalaron el día de Reyes: es un avión con ojos verdes y sombrero que sonríe, y papá lo conduce desde lo alto sujetando unas riendas.
       -Hemos llegado –dice el piloto en la soledad de su cabina, y aparca su avión entre unas nubes. Los muchachos pintores se desperezan y se preparan para el trabajo.
       La cabina del avión plateado ha escuchado muchas historias. A veces, se ha estremecido. El piloto le habla en voz alta: le cuenta cosas de su infancia, de cómo creció sin conocer a su madre, de cómo descubrió la risa, de cómo era aquello de jugar al balón con sus amigos, de cómo se hizo un hombre ayudando a su padre a vender fruta, de cómo, en las guardias de su servicio militar, se le dormía el tiempo en las manos, de cómo aprendió a volar en la academia, de cómo voló luego en los brazos de Rosa, de cómo fue eso de ver nacer a sus hijos y de cómo y cuánto echaba de menos a esa madre que no había conocido. Le cuenta las cosas que diría a ella si la viera.
       Los muchachos casi han acabado la tarea. Han comenzado a recoger las pinturas. El cielo luce azul, y a las nubes sólo restan unos retoques. Hoy, como hace frío, han dado más color a la niebla.
       -Demasiado gris –comenta uno de ellos-. Se nos fue la mano. Parece una niebla de invierno.
       Después, regresan al avión.
       -¿Dónde está el piloto?
       Allí, sentado en el borde de una nubecilla, ensimismado, buscando con la mirada. El amanecer es misterioso, bien lo aprendió de niño. Tal vez esta mañana, tal vez la próxima. Tal vez algún día.
       El piloto no aceptó este trabajo por el sueldo, que es poco. Lo hizo por estar más cerca de ella.


jueves, 31 de mayo de 2018

En un pozo


Soy el minero más pobre, el que excava
sin tino en tu corazón de diamante.
Bajo cada día al pozo más turbio
que existe, al infierno negro que acaba,
que marchita la llama de una vida,
la mía.


Soy el minero más triste, el que vaga
por el túnel frío de tu desprecio.
Sueño cada noche con enfrentarme al
destino, al azar, la suerte que apaga,
que debilita el brillo de unos ojos,
los míos.


Soy el minero más loco, el que amaga
sonrisas mientras golpea la piedra
de tu alma, el que te disculpa en secreto.
Vuelvo cada día al pozo, mañana, al
pozo enlutado que alienta una vida,
la mía.


miércoles, 28 de febrero de 2018

Lluvia que me aflige hoy


       Gota a gota, como besos traidores, orlados de infamia; barco a la deriva soy, incapaz de caminar la superficie; lluvia que tiñe de llanto mis manos, lluvia que dibuja gruesas lágrimas en las faldas de la colina, de tierra podrida y moviente; barco a la deriva soy, brújula de arena, cartas empapadas en sangre; caprichosa lluvia, implacable tormento; barco encallado soy, anhelo amargo de dulces amarras, que la luz turbia de la mañana troca en brazos quebrados.
         Como besos traidores, orlados de duelo, las gotas de lluvia hoy.


miércoles, 31 de enero de 2018

El pulpo


       José Luis Pérez de la Mota se ha quedado solo en su estudio gracias a los méritos que ha cosechado a lo largo del tiempo. José Luis es un hombre malvado y egoísta que solapa su despreciable actitud tras una máscara de bondad infinita. Pero el resto del equipo ha logrado desnudar el verdadero rostro de este hombre endemoniado. Lo han dejado solo, y ahora nadie se apiada de él. Ni siquiera sus oyentes, que, a sabiendas del abandono al que lo han sometido sus compañeros, insisten pertinazmente en escuchar sus programas.
       "...en esta tarde otoñal –dice José Luis a sus oidores anónimos e incondicionales mientras prepara a toda prisa un disco-, qué menos que endulzar tu vida con una canción tan desgarrada y hermosa como ésta que ahora mismo vamos a escuchar y..."
       José Luis Pérez de la Mota no tenía mote. Sus amigos, que nunca los tuvo, podrían haberlo llamado el corderillo, por aquello de disfrazar sus intenciones; su mujer, de la que siempre careció, podría haberlo llamado el osito, por lo peludo que es y por su aspecto engañosamente tierno; sus padres, a los que nunca conoció, lo habrían apodado chiquitín, o quizá nenín, o riquichiquirritín tal vez, o algo parecido. Quién sabe. Pero el destino, ahora, le ha deparado una soledad bien merecida, más que justa, y también un mote: el pulpo.
       José Luis Pérez de la Mota introduce el disco en el reproductor con una mano, y con otra se acaricia las canas del bigote, y con una tercera mano sube el volumen del reproductor, y con una cuarta baja el volumen del micrófono, y con otra más descuelga el teléfono y atiende la llamada de un oyente, y con otra enciende un cigarrillo, y todo a un tiempo, todo a un tiempo en ese estudio vacío, donde la música repetida de esos discos tan manidos reverbera metálicamente una y otra vez, una y otra vez, como en los sueños malos, como en las noches malas, y los programas se suceden sin descanso, todos iguales, La hora del recuerdo, La hora del café musical, La hora de la nostalgia, y en todos cabe la misma música reiterada, los discos viejos y trillados, y José Luis se empecina en saludar a sus oyentes anónimos, en dedicarles canciones gastadas; José Luis se empeña con obsesión en acariciar el micrófono, él solito, como siempre había soñado, solo en su estudio, en su mundo, feliz en su abandono, él y sus múltiples manos, como siempre había soñado.


domingo, 31 de diciembre de 2017

El año que muere


          En cada verso que la media voz pronuncia; en cada abrazo, que me hace desfallecer; en cada recuerdo velado, empañado de bruma y melodías azules; en cada embestida de espuma y reproches de este mar agonizante, en esta playa amortajada y doliente; en cada una de tus miradas de hielo, desgarrado terciopelo y menta; en cada sueño, que desbarata y quiebra el alba; en cada destello moribundo y huérfano que araña el cristal con obstinada ternura; en cada una de las huellas donde pisó un alma errante, hoy ya desvanecida; en cada brisa, en cada risa, en cada herida.
          El año muere. Y, cosa extraña, mi esperanza cobra vida.


jueves, 30 de noviembre de 2017

Risueña tú


           Las notas agridulces de pianos marchitos que componen su melodía, los aromas desgarrados de que están hechos sus recuerdos; el sol, que apenas deslumbra hoy; el terciopelo áspero y deslucido de sus manos. La vida, ráfaga de melancólico y desdeñoso viento, que se filtra entre los dedos.
          Si cada brizna de esa luz que respiro, si cada uno de esos sueños de algodón que me arropan en mitad de la noche, si cada uno de los besos que guardo en ese delicioso cofre de párpados e incienso, si se extinguieran, si disiparan su figura y su aroma... Si la vida no viviera, si la sombra engendrara más sombra, si me extinguiera, si disipara mi aliento y mi figura... Un día más, una aurora más, un rumor nuevo. Eso pido.
          Me asomo a la ventana, abismo del pensamiento, y los fragmentos de cristal me hieren las manos, encuentro horizontes hoy de seda deshilada, crepúsculos quebrados de un sol moribundo y desconcertado. Y me apiado de esta estrella fatigada, y me enternece su dolor y su soledad, y me duelen sus lágrimas de oro fundido.
          Te prefiero risueña a ti, pues, porque así son más risueñas las olas del mar, porque así sonríen también la arena y la brisa en mis paseos contigo, porque así sonríe la noche y ya no es fría, porque así late alegre mi corazón, porque muere, entre latidos, por vivir contigo.
           Tu sonrisa envuelta en papel, regalo tardío que encuentra prematuro unos brazos, el blanco destello que el velo de unos párpados apenas contiene.


miércoles, 30 de agosto de 2017

La ciudad sin ti


         Las hojas abiertas de una puerta desmesurada, antigua madera herida, antiguas noches secretas en amarga vela; el sol tardío de un verano moribundo que deslumbra la calle; las huellas invisibles, borradas por la gruesa lluvia, de un mundo vacilante y taciturno que cruza incansable de un lado a otro, asfalto hoy, adoquín ayer, barro y polvo anteayer; la brisa con su remendado disfraz de vendaval; escaparates luminosos, muñecos sin rostro, sin alma; el estruendo gris en cada esquina; las ventanas de oscuros cristales que vomitan drama y miseria; individuos con premura y sin rostro, sin alma; el niño que desgarra su llanto, que castiga su juguete; el carmín desencajado de una prostituta; el pan despedazado en las manos de un hombre; un perro sin dueño, sin collar, sin ladrido; escaleras de piedra, latidos agudos de afilados zapatos que arañan la esfera de un reloj; la cúpula vertiginosa que desdibuja el vientre de una nube huérfana; los destellos rojos, los reflejos verdes; el estúpido estruendo en cada esquina.
         He salido a buscarte. Pero la esquiva ciudad, con astucia y crueldad exquisitas, oculta hoy el debilitado rastro de tu áspero y fugaz pasado.
          Y así ayer, y así mañana.


lunes, 31 de julio de 2017

Despecho


         No siento dolor. Sólo siento desprecio. Pero es extraño el balanceo vertiginoso de mi náusea, que ayer me hizo sentir este desprecio por él y hoy provoca que sea yo mismo quien lo inspire. El odio y la soberbia me impidieron escuchar sus disculpas, sus argumentos huecos e inútiles, y ahora no tengo el valor de enfrentarme a mi propio reflejo en el cristal. ¿Es posible limpiar una culpa con otra culpa? ¿Se puede curar una herida infligiendo otra herida?
         Si no siento dolor, si sólo es desprecio, ¿por qué no soy capaz de respirar? ¿Por qué me abrasa el aliento la garganta? ¿Por qué no me alivia el aire frío de la mañana? ¿En qué me he convertido? ¿En qué me ha transformado el rencor? ¿Por qué, cuando duermo, no duerme conmigo esta ansiedad malsana? ¿Por qué no se diluye el veneno? Necesito descansar.
         No encuentro la luz, la he perdido. Hay una sombra en los pliegues de mis manos, una penumbra de carcajadas muertas que me atormenta los oídos. No sé dónde puse los latidos del corazón. ¿Por qué ha salido el sol y sigue habiendo noche en mis ojos? No encuentro la luz. Estoy caminando a ciegas por un sendero plagado de gritos y escombros.
          Si no siento dolor, si sólo es desprecio, ¿por qué no soy capaz de aquietar la mente y su tortura? Si únicamente es desprecio y no dolor, ¿por qué no puedo acallar el temblor de mis labios? ¿Por qué duele si no es dolor?


jueves, 29 de junio de 2017

Cambio de aires


         Amalia se despidió de la familia, de los amigos, de sus vecinos, de los tenderos del barrio y del cartero que jamás le trajo la carta que esperaba. Se despidió de todo el mundo, y después se metió en la cama y se marchó.
         Cada uno tenía su hora, bien lo había sabido ella hasta hoy. A cada uno le tocaba cuando le tenía que tocar, y no había verdad más grande. Su padre decía que a unos les tocaba antes de que lo esperasen y que, a otros, les tocaba antes de que lo merecieran, pero que la vieja de la guadaña siempre estaba ahí, que siempre aparecía sin avisar y sin pedir permiso. Cuando a uno le llegaba el premio, no había puertas cerradas. Decía que la vida podía o no parecer injusta, que los había con suerte y evitaban a la vieja hasta muy tarde, y que los había desgraciados a los que atrapaba en la primera curva, pero que la vida era lo que era, y que no había más leña que la que ardía.
         Aunque otra verdad muy distinta, y bien lo había sabido Amalia, era que la vieja la esquivara a una sin motivo.
         Aguardó la carta de Ignacio después de que él se marchara al extranjero. Despertó cada una de las mañanas que formaron su ausencia con una sonrisa en el alma y un suspiro en la garganta, y bajó al buzón de puntillas cada una de las tardes que poco a poco formarían su infierno.
         Al cabo de tres años, la carta que llegó no era de Ignacio, sino de un desconocido que la informaba de su muerte. Pero ella se negó a creerlo y, testaruda y obcecada como una niña, se convenció de que sólo era una coincidencia desagradable.
         Y aguardó todavía la carta de Ignacio, y despertó cada mañana con la sonrisa en el alma, y bajó cada tarde al buzón tan esperanzada como siempre. Y la pretendieron hombres, y se enamoró de ella el atardecer, y la luna le recitó versos las noches de verano, pero nada logró apartarla del recuerdo. Amalia miraba las cosas por encima de su significado y, aunque fingía ser coherente en su diálogo con los demás, hasta el último de los gorriones que la visitaron en su ventana supo de su pena y de su vacío interno, y de la locura en forma de serpiente que la rondaba en sus sueños.
         Por eso, cuando se despidió de todo el mundo y uno de sus sobrinos le preguntó si había pensado en hacer un viaje a alguna parte, ella sonrió con la sonrisa que guardaba en el pecho y dijo que no, que sólo era un cambio de aires.


martes, 30 de mayo de 2017

La princesa desmayada


         Vi pasar un carruaje a altas horas de la noche, tan altas como enormes cipreses, tan noche oscura como la oscura envidia que su balanceo opulento en los hombres provocaba. Vi una princesa desmayada en su interior, vi sus pálidas mejillas, tan pálidas como la demacrada nieve de mis amargos inviernos. Vi su rostro desvanecido, y así como súbitamente desfallece el ánimo al borde de un abismo, así como huyen las fuerzas ante un inmenso peligro, cual ejército desmembrado, así desfallecí yo en mitad de aquella noche de altas horas.
         De puntillas, asomado tímidamente al horizonte, cuando el día languidece, mi ojos cansados y huérfanos de consuelo examinan minuciosamente el paisaje, y buscan sin descanso, cada ocaso, entre campiñas y caminos, entre gentes y riachuelos, entre bosques de terciopelo y montañas de piedra fría.
         Ay, princesa desmayada de mis sueños desmayados. Si pudiera yo, con un beso de cristal templado, acariciar tus suaves mejillas y reanimar tu aliento sonrosado. Si pudiera yo, con osadía, abrazarme a tus secretos deseos.
         Vi pasar una calesa a altas horas de la noche, tan altas como enormes muros de dignidad y granito, tan noche oscura como la oscura pesadumbre que en mi corazón su balanceo delicado ocasionaba. Vi una princesa desmayada en su interior, vi sus pálidas mejillas, tan pálidas como las marchitas promesas de mi atormentada infancia. Vi su rostro desvanecido y abrumadoramente hermoso, y así como repentinamente desfallece el pudor en el umbral de un pecado, así como huyen el vigor y la vehemencia ante el rumor de una condena, cual ejército desmembrado, así desfallecí yo en mitad de aquella noche de altas horas.
         Si pudiera yo, con osadía, ay, princesa desmayada, anudar mis anhelos a tus secretos deseos.


miércoles, 26 de abril de 2017

Mago envanecido


          Soy un rey sin corona, el lado opuesto, la mitad de un secreto, el rumor a medias del viento en la ventana, el fragmento menor de una verdad, las notas mudas de un piano, la luna asfixiada en baños de sol, el grotesco bufón con quien ya nadie ríe, la carretera cortada, el sendero que muere en el río, la mañana sin café, la fugaz tormenta de verano en un mes de abril, el dolor que no remite, el ave que no aprendió a volar, el muñeco al que ningún niño abraza, el invierno sin nieve y sin hogar, el marinero desembarcado y el velero sin mar, el horizonte sin fuego ni ocaso, la esfera del reloj sin agujas, el poeta de versos vacíos, el libro huérfano de prosa y el pintor al que enviudó su musa.

          Sin ti, soy todo eso.

         Y contigo, con el sólo esbozo de una tímida sonrisa, con el descuido de tus manos en las mías, soy un hombre, soy todos los hombres, soy el mago envanecido que hace girar el mundo a su capricho.


martes, 28 de marzo de 2017

Duendecillo del alba


         No hay madrugada, no hay lienzo de estrellas dormidas, no hay sol de ojos entornados que bostece entre nubes cobrizas, ni nubes cobrizas, no hay amanecer, ni aromas de café primerizos, no hay leves reproches de niños perezosos, ni conductor de autobús, ni caprichos densos de chocolate. No hay luz, ni esperanza, ni deseo.
         Sin ti, duendecillo del alba, no hay nuevo día.
         El muchacho enamorado camina sin rumbo, atrapado en la noche, en la noche larga y oscura que apenas consuela y alienta el latido vacilante de su corazón, camina sin brújula en la mirada, enfermos los vaivenes de su cordura, apoyado débilmente en la baranda de bruma y espuma que le tienden sus recuerdos. El muchacho enamorado guarda con celo sus lágrimas, las protege con tenaz coraje, las custodia ante el miedo y la duda, las aparta, desazonado, de las afiladas garras de la sospecha.
        Ay, duendecillo del alba, ven, acércate, pues sin ti no hay nuevo día.
      El muchacho enamorado deambula sin paso entre callejones solitarios y estrechos, encaramado a su burbuja de aflicción, flotando en la noche larga y oscura, su ánimo menoscabado, febriles los vaivenes de su anhelo, aferrado a la estela desvanecida de su memoria. Empuña, desafiante, imaginarias espadas en alto con las que reta al tiempo, a esa noche, larga y oscura, que, terca, porfiada, se resiste a marchar.
         Porque sin ti, duendecillo del alba, no hay madrugada, no hay lienzo de azules terciopelos, ni estrellas dormidas, no hay sol de ojos entornados que bostece entre nubes púrpuras, ni nubes púrpuras, no hay amanecer, ni aromas tempranos de café. Sin ti, duendecillo del alba, no hay nuevo día, y, sin nuevo día, no hay nada.
         Ven entonces, duendecillo, y disipa la noche, y permite al muchacho enamorado extinguir el temor y la angustia, al fin, entre sus brazos.


miércoles, 25 de enero de 2017

El pirata y su palo por pata


         Siguió las huellas del corazón, que eran como nubecillas rojas en la arena. Tropezó, tosió y se sentó a comer un coco y un melón. Después, desempolvando su pena, con la panza hinchada y las mejillas coloradas, el pirata y su palo por pata prosiguieron buscando el corazón, que era, para él, como un enorme tesoro, como un cofre repleto de oro, como su vida entera.
       La princesa, que antes fuera duquesa y alegre vendedora de fresas, en aquel mercado olvidado de aquel pueblecillo precioso y aislado, había negado el amor al pirata, y también a su palo por pata. Él la quiso con locura, con amarga entrega y dulzura, y, aunque prometió en rica seda envolverle la luna, la princesa, ensimismada, por un rico marqués embelesada, negó su amor al pirata. A él y a su palo por pata.


                  "Sueño con tu mirada, princesa mía,
                  con tus ojos grandes y tristones,
                  y me embarco en ellos, cada noche,
                  atravieso mares oscuros de aguas heladas,
                  defiendo tu honor ante bandidos y bribones,
                  y exhausto al final del viaje y la dura jornada,
                  me adormezco en los brazos de tu recuerdo,
                  mi princesa amada".


         En aquella isla desierta y desterrada, entre rocas, traviesos cangrejos y ensenadas, el pirata y su palo por pata seguían las huellas y buscaban, con cada nuevo amanecer, el corazón de su princesa deseada. A él, que nunca le importó que antes fuera duquesa y alegre vendedora de fresas, que jamás había enarbolado un reproche a su desordenada procedencia y cuna, le bastaba una mínima pista en la arena para desvanecer su tristeza y su pena y reanudar con ahínco su amorosa pesquisa. Y cuando florecía la noche, y sus cabellos canos alborotaba la brisa, tres flacos gusanos tomaba por cena, tres gusanos y el recuerdo de su cristalina risa.


                  "Sueño contigo, princesa mía,
                  a la tenue luz de esta luna,
                  sueño con tener la fortuna, un día,
                  de que tu vida y la mía sean sólo una."


jueves, 27 de octubre de 2016

De locura y naufragio


         La arena descorazonada y frágil de una playa. El agua tibia, decepcionada. Vadear el inmenso océano, a tientas. Navegar de puntillas. Naufragar bajo lunas llenas. La memoria varada en una isla cubierta de espinas. El dolor, deshabitado.
         A un lado y a otro, las huellas del tiempo. Lágrimas rotas en las ramas podridas de un árbol, como anillos sin oro en los dedos delgados de un hombre pobre. Un fuego enfermo y solitario combatiendo el frío, templando la brisa ciega del invierno, que se acurruca trémula en el vientre de la colina. Los ojos fugaces del remordimiento, riendo entre los arbustos marchitos.
          -Ven, y viaja conmigo.
          -Hoy no.
          -¿Tienes miedo?
          -Son tus manos heladas en mi cuello.
         A un lado y a otro, las orillas del tiempo, los márgenes despeñados del camino. Cicatrices nuevas en la corteza del recuerdo, como trazos sin tinta en las páginas de un cuaderno desmayado. Nubes de consumida guerra combatiendo sin cordura, arrojando diluvios desvaídos. El reloj se acurruca, adormecido, en el regazo de una roca.
          -Ven, y muere conmigo.
          -Hoy no.
          -¿Tienes miedo?
          -Es tu compasión y sus caricias descarnadas.
        A un lado y a otro, la sangre derramada, la arena frágil, el agua tibia, el océano a tientas. Navegar de puntillas y naufragar bajo lunas llenas. Mi corazón varado en una isla cubierta de espinas.


jueves, 1 de septiembre de 2016

El hombre perseguido por su sordera


         Tocaba a su puerta, implacablemente puntual. La sombra de sus zapatos se colaba por la rendija y se arrastraba por el suelo mugriento hasta su mesa, como una serpiente testaruda. Tocaba su sordera a su puerta, empedernidamente puntual.
         -¿Quién es? -preguntaba retóricamente el hombre, temblando de miedo.
         -Tu sordera.
         -¿Quién? -preguntaba más retóricamente aún.
         -Tu puñetera sordera.
         Al hombre lo fascinaban los fuegos artificiales. Odiaba las fiestas, pero en las fiestas había fuegos, y así acababa odiándolas menos. Lo fascinaban las mujeres desnudas. Odiaba los burdeles, pero en los burdeles había senos desnudos, y así acababa odiándolos menos.
         -Abre la puerta.
         -No. Tengo miedo -decía, retóricamente, y temblaba.
         Al hombre lo fascinaban las pinturas, los paisajes de caza con perros y caballos, los cestos preñados de manzanas rojas. Odiaba los museos, pero en los museos había centenares de óleos y acuarelas, y así acababa odiándolos menos. Lo fascinaban los buques mercantes. Odiaba los puertos, infectados de borrachos y gaviotas burlonas, pero en los puertos había mercantes, y así acababa odiándolos menos.
         Tocaba su sordera a su puerta, inhumanamente puntual. La sombra espesa de sus garras se colaba por la rendija y se arrastraba por las paredes desempapeladas hasta su cama, como una terca serpiente. Tocaba su sordera a su puerta, y el estruendo intermitente le encogía el alma.
         -¿Quién es? - preguntaba retóricamente el hombre, estremecido.
         -Tu sordera.
         -¿Quién? -preguntaba más estremecido aún.
         -Tu maldita sordera.
         Al hombre lo fascinaba la música que brotaba del clarinete, las notas amargas y desnudas que arrojaba con exquisita dulzura el piano. Odiaba el mundo que lo rodeaba, pero en el mundo había hermosas melodías, y así acababa odiándolo menos.
         -Abre la puerta.
         -No, que me arrebatas la vida, y sin la vida ya no podría quedarme nada.
         Tocaba a su puerta, sañudamente puntual.


viernes, 29 de julio de 2016

El carrito de los muertos


         Al carrito se lo escucha llegar cada mañana con los primeros rayos de sol. O con el primer café, si amanece gris o lluvioso. Se escucha el crujir y el chirriar de las ruedas, que es como el lamento de un pobre en mitad de una noche fría. De un pobre animal desangrándose en una trampa.
         Del carro tira un anciano. De cada una de sus mejillas pende una vida rota, un haber querido amar y haber perdido en cada apuesta. De sus ojos, un futuro breve y vacío. Es el macabro contenido del carrito lo que impulsa al anciano a seguir tirando de él cada mañana. De no tener carga, el anciano habría pasado los días en la cama, acariciando con desidia los flecos podridos de su maldición, la de haber vivido.
         Cuando se detiene a beber agua, su madre le habla.
         -Maldigo el día en que naciste.
         -Madre…
         -Maldigo la sangre que te recorre las venas.
         Luego, el anciano reanuda la marcha y su madre regresa bajo tierra.
         Hoy, el sol castiga con dureza. Pero hay niños en la aldea, y el anciano debe apretar el paso. Porque los niños son curiosos y siempre rodean el carro, y hacen preguntas, y al anciano no le quedan ya respuestas, sólo medias mentiras. Aprieta el paso, y los años le aprietan la garganta. De no tener carga, el anciano habría muerto muchos senderos atrás.
         A veces, en esos días en que ningún pajarillo adorna el camino, en esos días en que el aire es pesado como el plomo, el contenido del carrito le habla, como su madre cuando se detiene a beber agua. En esos días, el contenido del carrito lo atormenta.
        Hoy, el carrito lo atormenta. Los muertos que en su interior se retuercen, como grotescos escombros de carne, golpean con fuerza las paredes de madera. El anciano disfraza su desmayo y aprieta los puños, y tira más rápido del carro, y contempla fijamente el horizonte, negando los gritos.
         -Somos tu pasado -le recuerdan los muertos del carro-. Somos tu pecado.
       No hay pajarillos adornando el camino. El aire pesa como el plomo. El reguero de sangre que deja el carrito se mezcla con la arena y dibuja a su paso una horrible cicatriz. De no tener carga, nada forzaría al anciano, cada mañana, a seguir huyendo.


miércoles, 29 de junio de 2016

El niño que fue a votar


         Era muy pequeño y arrastraba su voto por la calle como si fuera un felpudo de cartulina, como una alfombra voladora que se resistía a volar.
         -Buenos días, renacuajo. ¿Adónde vas?
         -Lejos de usted.
       Era muy pequeño. Se encaramaba a los bordillos de las aceras con dificultad, como un alpinista en miniatura. El voto le venía grande, y los zapatos prestados de su hermano también. Cuando alcanzó la plaza, el sol desafiante le chamuscó el rizo rubio que le adornaba la frente.
         -Buenos días, pequeñajo. ¿Adónde vas?
         -Lejos de aquí.
       Entró en el colegio. Era domingo, y los domingos los colegios no existen. Tienen colores distintos. Olía a café y a colonia de abuelo. Arrastró el voto, que a su lado parecía enorme, como una sábana de cartón, y trató de elevarlo hacia la urna.
         -¿Qué haces aquí, campeón? ¿Y tu papá?
         -Lejos de mí.
        El voto pesaba demasiado. Se resistió a volar. Entonces, el hombre amable de sonrisa amable que amablemente había preguntado por el papá, se fijó en esas cosas curiosas que el niño llevaba sujetas a la cintura, en esos caramelos gigantes de plastilina que le ceñían las caderas como adornos de Navidad.
        El colegio estalló en mil pedazos. El hombre amable, con su sonrisa amable, voló por los aires. El voto no, porque pesaba demasiado. Porque era como la capa gruesa y larga de un vampiro.
         En la plaza, una mujer aturdida confundió el calor de la explosión con el de un horno de pan. El colegio ya no estaba. Era domingo, y los domingos no existen los colegios. Porque tienen colores distintos. En la plaza, ahora, olía a café y a colonia de abuelo. Y al oscuro y agrio aroma de muerte que bajaba por las baldosas como un reguero de lágrimas mudas.
         -¿Qué ha pasado? -preguntó la mujer aturdida, muy aturdida.
      Un hombre tembló de espanto, a su lado. Quiso decir algo, pero no encontró nada. Desalentado, confundió el calor de la explosión con el de aquel verano que tan feliz había sido.
         -El niño -murmuró-. El niño.


jueves, 28 de abril de 2016

El ascensor


         Coincide cada mañana con el taxista, que ahora conduce un autobús. Se saludan siempre escuetamente y, después, cada uno mira a un lado. El taxista usa perfume denso y caramelón, como caramelonas son sus caricias en el tirador de metal de la puerta del ascensor, o en los botones, o en los cristalitos de dentro, que son como las ventanitas de un submarino.
           El taxista se aleja. Coincidirán más tarde, tal vez por la noche.
         Tropieza cada mañana con la pelirroja de la bufanda azul, que se operó las pecas y ahora luce el rostro blanco y despejado. Se saludan con un gesto leve, marchito de efusividad, y, después, cada uno mira a un lado, aunque ella siempre afecta cierto recato. Bien sabe él que es postizo; la conoce ya mejor que su madre.
          La pelirroja se aleja. Tropezarán más tarde, tal vez al mediodía.
         Se reúne un instante, cada mañana, con el fumador de puros del tercero, el que tose de tres en tres, que ahora fuma en pipa. Se saludan siempre sin saludarse; los buenos días viajan escondidos en la boina del fumador. Cada uno mira a un lado, atienden con fingido interés al crujido de los cables, repasan los planes del día...
         El fumador se aleja. Se reunirán más tarde, tal vez con el ocaso.
         Y se enamora cada mañana de la morena del abrigo oscuro, que suspiró un día en el diminuto universo del ascensor y, ahora, aun cuando ella no está cerca, el suspiro se arremolina y le acaricia el alma. Se enamora cada mañana con la melodía de sus pasos, que es un tamborcito de procesión, con el aroma que regalan sus movimientos más sencillos; se enamora con verla, con escuchar el tictac orgulloso de su reloj. Lo saluda ella, siempre con frescura, empapada de vida, pero él calla porque no tiene voz y, después, muerto de miedo, se refugia mirando a un lado.
         La morena del abrigo oscuro se aleja. Él volverá a enamorarse más tarde, tal vez antes de que se ponga el sol.
          Los días se hacen largos. El silencio es de piedra y ahoga. A veces, los niños juegan con él a media tarde: arriba, abajo, arriba... El portero de la finca les regaña y amenaza con contárselo a sus padres, pero ellos se ríen y echan a correr, y enseguida, en cuanto el portero se distrae en la calle, regresan con sus juegos latosos, y otra vez arriba, y abajo, y arriba... Y el ascensor, en el fondo, agradece la presencia cargante de los niños, porque así logra separar su mente del abrigo oscuro, y se olvida un poco de las horas que restan para enamorarse de nuevo.


lunes, 28 de marzo de 2016

El hombre y su condena


         No tendrá más de cincuenta años. Ni un latido más, ni un latido menos. Camina calle abajo, fingiendo que su cojera es casual, fingiendo un miedo que no tiene, ocultando un valor que apenas lo sostiene. Ni un latido más, ni un latido menos. El hombre arrastra una cadena tras él, una serpiente enorme de enormes eslabones de acero. Es un sonido, el de su chirrido ominoso, que arranca en los curiosos un ahogado gesto de sorpresa. Pobre hombre, dicen algunos, fingiendo compasión. Ni un latido más, ni un latido menos.
         El olor de la culpa ha impregnado los tejados. Y allí perdurará. Permanecerá sobre las casas como una vergüenza, como un sonrojo que no diluye el tiempo. Quisiera mirar hacia otro lado, pero no puedo. No quiero. Quisiera creer en su inocencia, pero no puedo, no quiero. Su culpa es mi certeza, su condena es mi placer. Quisiera, pero no quiero.
         El hombre se arrastra calle abajo. No tendrá más de cincuenta años. Apenas un latido más, apenas un latido menos. Ha sonreído a la mujer de la pescadería, ha sonreído al horizonte, al niño del panadero, a la hija del jardinero. Ha sonreído a su destino, fingiendo que sus heridas son casuales, fingiendo un dolor que no tiene, ocultando una firmeza que a duras penas lo sostiene. Apenas un latido más, apenas un latido menos. El hombre se ha abrazado a su cadena, a su serpiente enorme de enormes eslabones de acero. Es un sonido, el de su pecado ominoso, que arranca en los curiosos un ahogado grito de complacencia. Malnacido, dicen algunos, fingiendo justicia.
            Apenas un latido más, apenas un latido menos.


lunes, 25 de enero de 2016

La niña triste y el niño tonto


         Ella estaba triste, y él enamorado. A ella, la luz que con el alba acariciaba los tejados le trenzaba lágrimas en las mejillas; a él le inspiraba un poema. A ella, las notas quebradas de un piano le debilitaban el paso; a él le arrancaban un suspiro. La niña estaba triste, y él enamorado.
         La noche, que sabía de su tristeza, se posaba con sigilo después del atardecer. Cuando dormía, la niña olvidaba que no era feliz. Y la noche la acunaba con mimo para no desvelar su sueño.
            Ay, niño enamorado, niño tonto. Si ella supiera, si tú le contaras.

           Ella estaba triste, y él enamorado. A ella, la luz que con el alba teñía de caramelo los jardines le trenzaba lágrimas en las mejillas; a él le inspiraba un verso. A ella, las notas quebradas de un ruiseñor le ahogaban el alma; a él le arrancaban una sonrisa. La niña estaba triste, y él enamorado.
         La noche, que conocía su tristeza, se posaba con dulzura después del atardecer. Cuando dormía, la niña olvidaba que no era feliz. Y la noche la besaba en la frente, despacio, para no desvelar su sueño.
            Ay, niño enamorado, niño tonto. Si ella supiera, si tú le contaras.