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martes, 8 de enero de 2019

El piloto


       Vuela de noche, cada noche, aferrado a los mandos de su avión plateado. Y con él, también cada noche, unos muchachos pintores que se regocijan con el murmullo del motor y echan cabezadas durante el trayecto.
       La rutina del oficio no ha logrado nunca cerrar los párpados al piloto. Conoce bien las curvas de su sendero invisible; podría recorrerlo a ciegas, si quisiera, pero ni un instante descuida el rumbo. Colgado en un rincón de la cabina, como un amuleto, está el dibujo que sus críos le regalaron el día de Reyes: es un avión con ojos verdes y sombrero que sonríe, y papá lo conduce desde lo alto sujetando unas riendas.
       -Hemos llegado –dice el piloto en la soledad de su cabina, y aparca su avión entre unas nubes. Los muchachos pintores se desperezan y se preparan para el trabajo.
       La cabina del avión plateado ha escuchado muchas historias. A veces, se ha estremecido. El piloto le habla en voz alta: le cuenta cosas de su infancia, de cómo creció sin conocer a su madre, de cómo descubrió la risa, de cómo era aquello de jugar al balón con sus amigos, de cómo se hizo un hombre ayudando a su padre a vender fruta, de cómo, en las guardias de su servicio militar, se le dormía el tiempo en las manos, de cómo aprendió a volar en la academia, de cómo voló luego en los brazos de Rosa, de cómo fue eso de ver nacer a sus hijos y de cómo y cuánto echaba de menos a esa madre que no había conocido. Le cuenta las cosas que diría a ella si la viera.
       Los muchachos casi han acabado la tarea. Han comenzado a recoger las pinturas. El cielo luce azul, y a las nubes sólo restan unos retoques. Hoy, como hace frío, han dado más color a la niebla.
       -Demasiado gris –comenta uno de ellos-. Se nos fue la mano. Parece una niebla de invierno.
       Después, regresan al avión.
       -¿Dónde está el piloto?
       Allí, sentado en el borde de una nubecilla, ensimismado, buscando con la mirada. El amanecer es misterioso, bien lo aprendió de niño. Tal vez esta mañana, tal vez la próxima. Tal vez algún día.
       El piloto no aceptó este trabajo por el sueldo, que es poco. Lo hizo por estar más cerca de ella.


jueves, 31 de mayo de 2018

En un pozo


Soy el minero más pobre, el que excava
sin tino en tu corazón de diamante.
Bajo cada día al pozo más turbio
que existe, al infierno negro que acaba,
que marchita la llama de una vida,
la mía.


Soy el minero más triste, el que vaga
por el túnel frío de tu desprecio.
Sueño cada noche con enfrentarme al
destino, al azar, la suerte que apaga,
que debilita el brillo de unos ojos,
los míos.


Soy el minero más loco, el que amaga
sonrisas mientras golpea la piedra
de tu alma, el que te disculpa en secreto.
Vuelvo cada día al pozo, mañana, al
pozo enlutado que alienta una vida,
la mía.


miércoles, 28 de febrero de 2018

Lluvia que me aflige hoy


       Gota a gota, como besos traidores, orlados de infamia; barco a la deriva soy, incapaz de caminar la superficie; lluvia que tiñe de llanto mis manos, lluvia que dibuja gruesas lágrimas en las faldas de la colina, de tierra podrida y moviente; barco a la deriva soy, brújula de arena, cartas empapadas en sangre; caprichosa lluvia, implacable tormento; barco encallado soy, anhelo amargo de dulces amarras, que la luz turbia de la mañana troca en brazos quebrados.
         Como besos traidores, orlados de duelo, las gotas de lluvia hoy.


jueves, 30 de noviembre de 2017

Risueña tú


           Las notas agridulces de pianos marchitos que componen su melodía, los aromas desgarrados de que están hechos sus recuerdos; el sol, que apenas deslumbra hoy; el terciopelo áspero y deslucido de sus manos. La vida, ráfaga de melancólico y desdeñoso viento, que se filtra entre los dedos.
          Si cada brizna de esa luz que respiro, si cada uno de esos sueños de algodón que me arropan en mitad de la noche, si cada uno de los besos que guardo en ese delicioso cofre de párpados e incienso, si se extinguieran, si disiparan su figura y su aroma... Si la vida no viviera, si la sombra engendrara más sombra, si me extinguiera, si disipara mi aliento y mi figura... Un día más, una aurora más, un rumor nuevo. Eso pido.
          Me asomo a la ventana, abismo del pensamiento, y los fragmentos de cristal me hieren las manos, encuentro horizontes hoy de seda deshilada, crepúsculos quebrados de un sol moribundo y desconcertado. Y me apiado de esta estrella fatigada, y me enternece su dolor y su soledad, y me duelen sus lágrimas de oro fundido.
          Te prefiero risueña a ti, pues, porque así son más risueñas las olas del mar, porque así sonríen también la arena y la brisa en mis paseos contigo, porque así sonríe la noche y ya no es fría, porque así late alegre mi corazón, porque muere, entre latidos, por vivir contigo.
           Tu sonrisa envuelta en papel, regalo tardío que encuentra prematuro unos brazos, el blanco destello que el velo de unos párpados apenas contiene.


miércoles, 30 de agosto de 2017

La ciudad sin ti


         Las hojas abiertas de una puerta desmesurada, antigua madera herida, antiguas noches secretas en amarga vela; el sol tardío de un verano moribundo que deslumbra la calle; las huellas invisibles, borradas por la gruesa lluvia, de un mundo vacilante y taciturno que cruza incansable de un lado a otro, asfalto hoy, adoquín ayer, barro y polvo anteayer; la brisa con su remendado disfraz de vendaval; escaparates luminosos, muñecos sin rostro, sin alma; el estruendo gris en cada esquina; las ventanas de oscuros cristales que vomitan drama y miseria; individuos con premura y sin rostro, sin alma; el niño que desgarra su llanto, que castiga su juguete; el carmín desencajado de una prostituta; el pan despedazado en las manos de un hombre; un perro sin dueño, sin collar, sin ladrido; escaleras de piedra, latidos agudos de afilados zapatos que arañan la esfera de un reloj; la cúpula vertiginosa que desdibuja el vientre de una nube huérfana; los destellos rojos, los reflejos verdes; el estúpido estruendo en cada esquina.
         He salido a buscarte. Pero la esquiva ciudad, con astucia y crueldad exquisitas, oculta hoy el debilitado rastro de tu áspero y fugaz pasado.
          Y así ayer, y así mañana.


lunes, 31 de julio de 2017

Despecho


         No siento dolor. Sólo siento desprecio. Pero es extraño el balanceo vertiginoso de mi náusea, que ayer me hizo sentir este desprecio por él y hoy provoca que sea yo mismo quien lo inspire. El odio y la soberbia me impidieron escuchar sus disculpas, sus argumentos huecos e inútiles, y ahora no tengo el valor de enfrentarme a mi propio reflejo en el cristal. ¿Es posible limpiar una culpa con otra culpa? ¿Se puede curar una herida infligiendo otra herida?
         Si no siento dolor, si sólo es desprecio, ¿por qué no soy capaz de respirar? ¿Por qué me abrasa el aliento la garganta? ¿Por qué no me alivia el aire frío de la mañana? ¿En qué me he convertido? ¿En qué me ha transformado el rencor? ¿Por qué, cuando duermo, no duerme conmigo esta ansiedad malsana? ¿Por qué no se diluye el veneno? Necesito descansar.
         No encuentro la luz, la he perdido. Hay una sombra en los pliegues de mis manos, una penumbra de carcajadas muertas que me atormenta los oídos. No sé dónde puse los latidos del corazón. ¿Por qué ha salido el sol y sigue habiendo noche en mis ojos? No encuentro la luz. Estoy caminando a ciegas por un sendero plagado de gritos y escombros.
          Si no siento dolor, si sólo es desprecio, ¿por qué no soy capaz de aquietar la mente y su tortura? Si únicamente es desprecio y no dolor, ¿por qué no puedo acallar el temblor de mis labios? ¿Por qué duele si no es dolor?