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domingo, 31 de marzo de 2019

Mediocridad


       En este mundo frío y ensombrecido de las letras, donde esculpir la jota sin desfallecer merece la ovación más apasionada, no ya por mérito, que nunca se tiene, sino por compensar el esfuerzo; en este mundo macabro y áspero de literatos y celadores de colegios de segunda venidos a menos, el poeta mediocre, que siempre lo ha sido y siempre lo será, esgrime ilusionado su taladro puntiagudo y castiga el papel satinado con ahínco, con triste saña, y, a contraluz, a través de los agujerillos que el poetucho va creando en el folio reciclado, la cucaracha, que no deja de frotarse la espalda en el rodapié bajo prescripción médica (maldito sarpullido), y que no logra experimentar más alivio en el lomo del que sintió esa mañana al ingerir la también prescrita gota y media de aceite de girasol –aunque no era vegetal, pobre ilusa, sino industrial-, gira la cabeza y se compadece del autorucho al leer, del revés y con maña: “Flor deslucida, flor malherida, flor desangrada, flor derribada...”
      Ay, tontorrón, qué suplicio leerte, se dice la cucaracha ensarpullada, y prosigue con el frote, indiferente a los sudores del otro.
       En este mundo helado, turbulento, apático y antipático de la poesía, o de las altas pleitesías, el autor de tercera y barata calaña no lucha cada jornada, más o menos gris, por afinar su talento desvencijado y engrasar un poco el oficio, que ya sería, de conseguirlo, como para darse con el teléfono móvil en las muelas, sino que se parte el pecho escuálido y lampiño, sencillamente, por cincelar la jota, como antes se mencionó, la jota, queridos amigos, que rima, qué cosas, con idiota, con palabrota y con señorota, y que, según los gustos o la necesidad, unos la tallan con bastón y, otros, con rabo de gato. Pero a la araña gorda del estante de los libros, donde no hay libros, sólo una llave fija del diez, le importa un pito el calvario del poetucho; a ésta le basta y le sobra con rascarse la barriga mientras lo mira de reojo. Eso sí, de reojo y sin perder movimiento ajeno y detalle, no sea que al shakespirucho se le cruce el cable y le arroje el zapato, qué inconveniencia. Y lo mismo pasa con la pulga que se balancea en el cable de la bombilla: sin oficio ni beneficio, porque se le ha muerto el perro, o, como a los del Perú, porque se ha quedado sin hogar, y tiene gracia: al perro también se lo llevaron las corrientes de agua, pero éstas eran residuales, como las ideas del poetilla. A la pulga, amigos míos, le humedece el sobaco que el artista construya la jota de jinete o la eme de mierda; a la pulga, con pe, lo que sí le preocupa, con pe, es especular con la posible aparición de otro perro en el umbral de la puerta. La mediocridad del poeta, señores, o su aptitud insustancial, por lo que a los bichos respecta, es asunto del poeta, y sólo de él.
       Y que lo zurzan, si es menester.


viernes, 31 de agosto de 2018

La pelota


       Había un niño en la calle matando el tiempo con la pelota, bota que bota, bota que bota. Normalmente, el niño no mataba el tiempo en la calle a esas horas de la noche, pero mamá le había puesto la pelota en las manos con cierta urgencia y le había pedido por favor que se fuera a jugar, que no molestara, que no estorbase. Papá no estaba en casa, así que no tuvo que contrastar el permiso. Al abrir la puerta, el niño se topó con un señor perfumado que sonreía mucho, y pensó que sería el tipo de la publicidad, el tipo que le metía a mamá la publicidad en casa. Bajó a la calle y botó la pelota, la botó con fuerza, la botó con cierta urgencia. 
       Adela tenía dos problemas aquella noche: asumir que estaba envejeciendo muy deprisa y concentrarse en la carta que tenía en las manos. El primero formaba parte de una batalla perdida; el segundo era transitorio. Se levantó de la butaca, abrió la ventana y gritó al niño de la calle que dejara de botar la puñetera pelota. El niño se giró un segundo y la miró, sin dejar de botar la puñetera pelota, bota que bota, y decidió que no valía la pena atender a la señora envejecida de la ventana. Seguiría botando la pelota para no pensar en mamá, para no pensar en ella y en el señor sonriente de la puerta, para no pensar en papá, que se había marchado de viaje al extranjero. 
         Adela cerró la ventana. El niño de la calle era un hijo de… Sí, estaba convencida: era un hijo de la vecina. En realidad, el único hijo que tenía la vecina. Pero era muy tarde para jugar en la calle, tan solo, tan desprotegido, con su pelotita y esa carita de bastardo abandonado… Qué raro. Intentó no pensar en ello y volvió a sentarse en su butaca, y tomó de nuevo la carta de su marido, y regresó al renglón donde él le decía que pretendía divorciarse de ella para casarse, entiéndelo, amor, con la jovencita de diecisiete años que había conocido en la biblioteca (la gorda, se dijo Adela con lucidez, seguro que es la gorda), pero la puñetera pelota del niño, que botaba y botaba, que botaba puñeteramente una y otra vez, la distraía de la lectura. De modo que volvió a abrir la ventana y gritó al niño de la calle, con arrebato, que era un hijo de la vecina, un auténtico hijo de la vecina, pero el niño no le hizo ningún caso porque se había girado para abrazar a su papá, que había suspendido el viaje.
       -¿Por qué te grita la vieja de la ventana? –preguntó el padre. 
       -Porque su marido la engaña con la gorda, papá.


jueves, 1 de septiembre de 2016

El hombre perseguido por su sordera


         Tocaba a su puerta, implacablemente puntual. La sombra de sus zapatos se colaba por la rendija y se arrastraba por el suelo mugriento hasta su mesa, como una serpiente testaruda. Tocaba su sordera a su puerta, empedernidamente puntual.
         -¿Quién es? -preguntaba retóricamente el hombre, temblando de miedo.
         -Tu sordera.
         -¿Quién? -preguntaba más retóricamente aún.
         -Tu puñetera sordera.
         Al hombre lo fascinaban los fuegos artificiales. Odiaba las fiestas, pero en las fiestas había fuegos, y así acababa odiándolas menos. Lo fascinaban las mujeres desnudas. Odiaba los burdeles, pero en los burdeles había senos desnudos, y así acababa odiándolos menos.
         -Abre la puerta.
         -No. Tengo miedo -decía, retóricamente, y temblaba.
         Al hombre lo fascinaban las pinturas, los paisajes de caza con perros y caballos, los cestos preñados de manzanas rojas. Odiaba los museos, pero en los museos había centenares de óleos y acuarelas, y así acababa odiándolos menos. Lo fascinaban los buques mercantes. Odiaba los puertos, infectados de borrachos y gaviotas burlonas, pero en los puertos había mercantes, y así acababa odiándolos menos.
         Tocaba su sordera a su puerta, inhumanamente puntual. La sombra espesa de sus garras se colaba por la rendija y se arrastraba por las paredes desempapeladas hasta su cama, como una terca serpiente. Tocaba su sordera a su puerta, y el estruendo intermitente le encogía el alma.
         -¿Quién es? - preguntaba retóricamente el hombre, estremecido.
         -Tu sordera.
         -¿Quién? -preguntaba más estremecido aún.
         -Tu maldita sordera.
         Al hombre lo fascinaba la música que brotaba del clarinete, las notas amargas y desnudas que arrojaba con exquisita dulzura el piano. Odiaba el mundo que lo rodeaba, pero en el mundo había hermosas melodías, y así acababa odiándolo menos.
         -Abre la puerta.
         -No, que me arrebatas la vida, y sin la vida ya no podría quedarme nada.
         Tocaba a su puerta, sañudamente puntual.


viernes, 29 de julio de 2016

El carrito de los muertos


         Al carrito se lo escucha llegar cada mañana con los primeros rayos de sol. O con el primer café, si amanece gris o lluvioso. Se escucha el crujir y el chirriar de las ruedas, que es como el lamento de un pobre en mitad de una noche fría. De un pobre animal desangrándose en una trampa.
         Del carro tira un anciano. De cada una de sus mejillas pende una vida rota, un haber querido amar y haber perdido en cada apuesta. De sus ojos, un futuro breve y vacío. Es el macabro contenido del carrito lo que impulsa al anciano a seguir tirando de él cada mañana. De no tener carga, el anciano habría pasado los días en la cama, acariciando con desidia los flecos podridos de su maldición, la de haber vivido.
         Cuando se detiene a beber agua, su madre le habla.
         -Maldigo el día en que naciste.
         -Madre…
         -Maldigo la sangre que te recorre las venas.
         Luego, el anciano reanuda la marcha y su madre regresa bajo tierra.
         Hoy, el sol castiga con dureza. Pero hay niños en la aldea, y el anciano debe apretar el paso. Porque los niños son curiosos y siempre rodean el carro, y hacen preguntas, y al anciano no le quedan ya respuestas, sólo medias mentiras. Aprieta el paso, y los años le aprietan la garganta. De no tener carga, el anciano habría muerto muchos senderos atrás.
         A veces, en esos días en que ningún pajarillo adorna el camino, en esos días en que el aire es pesado como el plomo, el contenido del carrito le habla, como su madre cuando se detiene a beber agua. En esos días, el contenido del carrito lo atormenta.
        Hoy, el carrito lo atormenta. Los muertos que en su interior se retuercen, como grotescos escombros de carne, golpean con fuerza las paredes de madera. El anciano disfraza su desmayo y aprieta los puños, y tira más rápido del carro, y contempla fijamente el horizonte, negando los gritos.
         -Somos tu pasado -le recuerdan los muertos del carro-. Somos tu pecado.
       No hay pajarillos adornando el camino. El aire pesa como el plomo. El reguero de sangre que deja el carrito se mezcla con la arena y dibuja a su paso una horrible cicatriz. De no tener carga, nada forzaría al anciano, cada mañana, a seguir huyendo.


lunes, 28 de marzo de 2016

El hombre y su condena


         No tendrá más de cincuenta años. Ni un latido más, ni un latido menos. Camina calle abajo, fingiendo que su cojera es casual, fingiendo un miedo que no tiene, ocultando un valor que apenas lo sostiene. Ni un latido más, ni un latido menos. El hombre arrastra una cadena tras él, una serpiente enorme de enormes eslabones de acero. Es un sonido, el de su chirrido ominoso, que arranca en los curiosos un ahogado gesto de sorpresa. Pobre hombre, dicen algunos, fingiendo compasión. Ni un latido más, ni un latido menos.
         El olor de la culpa ha impregnado los tejados. Y allí perdurará. Permanecerá sobre las casas como una vergüenza, como un sonrojo que no diluye el tiempo. Quisiera mirar hacia otro lado, pero no puedo. No quiero. Quisiera creer en su inocencia, pero no puedo, no quiero. Su culpa es mi certeza, su condena es mi placer. Quisiera, pero no quiero.
         El hombre se arrastra calle abajo. No tendrá más de cincuenta años. Apenas un latido más, apenas un latido menos. Ha sonreído a la mujer de la pescadería, ha sonreído al horizonte, al niño del panadero, a la hija del jardinero. Ha sonreído a su destino, fingiendo que sus heridas son casuales, fingiendo un dolor que no tiene, ocultando una firmeza que a duras penas lo sostiene. Apenas un latido más, apenas un latido menos. El hombre se ha abrazado a su cadena, a su serpiente enorme de enormes eslabones de acero. Es un sonido, el de su pecado ominoso, que arranca en los curiosos un ahogado grito de complacencia. Malnacido, dicen algunos, fingiendo justicia.
            Apenas un latido más, apenas un latido menos.


martes, 15 de diciembre de 2015

Navidad a solas


         De niño, Emilio había disfrutado de la Navidad hogareña y clásica que se pinta en las postales. En las Navidades de su infancia siempre hubo una mesa larga, inacabable, sembrada de platos y de risas, y un árbol adornado junto al televisor, preñado de regalos. Hubo una abuela risueña y sin reproches, unos padres amables y unos hermanos cariñosos que hacían bromas. Hubo sidra, dulces y promesas. Hubo un gato, el de la familia, al que colocaron un gorrito rojo el día de Nochebuena. Hubo abrazos y buenos deseos. Hubo paz. Hubo alegría, de ésa que se refleja y se pinta en las postales. Hubo de todo.
         Luego, Emilio había crecido hasta convertirse en un muchacho grande y listo. Se interesó por las matemáticas, se enamoró de los números y acabó contrayendo matrimonio con una empresa de finanzas. Le fue muy bien. Ganó mucho dinero, más del que nunca habría creído posible. Compró un coche lujoso y una mansión en el barrio más caro. Dejó de ver a su familia; se limitó a llamar por teléfono. Tenía tanto trabajo en la oficina, tantos números que ordenar, tanto dinero que invertir y desinvertir… Y cambió la cena de Nochebuena en casa por un bocadillo en su despacho. Necesitaba hacerlo; su tiempo era valioso, su tiempo era dinero. Mientras el resto del mundo se limitaba neciamente a brindar y a comer turrón, él podría multiplicar su riqueza. Y así fue.
         Pero ocurrió, unas Navidades, que Emilio recibió una visita inesperada en su despacho. Era un hombre bajito de gabardina azul y bigotes blancos que le propuso el mayor y más próspero negocio de su vida: le ofreció, a cambio de un céntimo, todas las cosas materiales del mundo. Emilio pensó que era una broma, aunque aceptó de buena gana. Estrechó la mano del hombre y brindaron por el trato. Al día siguiente, cuando despertó en su mansión del barrio más caro, comprobó que el hombre no había bromeado. En el salón, junto a la chimenea, había un saco enorme repleto de llaves: eran las llaves de todas las casas de la ciudad, y no sólo de aquélla, sino de todas las demás ciudades del mundo. Salió a la calle y vio que estaba desierta, pero no importaba, no importaba porque todo era suyo, cualquier cosa que hubiera en la calle llevaba su nombre escrito, y los restaurantes estaban abiertos para él, aunque vacíos, y había cientos de platos humeantes en las mesas vacías, para él, y miles de flores en las floristerías vacías, todas suyas, y millones de pasteles en las pastelerías vacías. ¿Dónde se había metido la gente? ¿Y qué importaba? Todo era suyo. Los edificios más altos, los aviones, los barcos, los países… Vacíos de gente, pero suyos. Había logrado el éxito, el auténtico éxito. Era el rey del mundo. Había reunido la mayor de las fortunas. ¿Quién le prepararía ahora el bocadillo de Nochebuena?, se preguntó. ¿Y qué importaba, demonios? ¿Acaso la Navidad no era maravillosa? ¿No lo era?
          Después se echó a llorar. Y deseó morir con todas sus fuerzas.


miércoles, 24 de junio de 2015

Josefa pasa hambre


          Josefa, la vieja y famélica pianista, había tenido un canario. El animalillo le había hecho compañía durante varios meses. El animalillo, que respondía con orgullo al nombre de Mozart, había rellenado con sus dulces cánticos las tardes solitarias y amargas de Josefa. Pero el hambre lo puede todo, bien lo sabe ella. La semana pasada se merendó al músico después de debatirse en una tormentosa lucha consigo misma en la que acabó venciendo el instinto de supervivencia. Se zampó al canario sin reparos.
         Ahora lo lamenta. Lo lamenta porque los días siguen siendo tristes y no tiene quien le haga compañía. Lo lamenta porque el hambre sigue estando presente en su vida, retorciéndole las entrañas. De qué le sirvió comerse al pajarillo, se pregunta.
         Son las once de la mañana y no tiene nada que llevarse a la boca. Por el suelo, junto al zócalo, corretea una cucaracha muy flaca. Josefa la observa un instante y después mira para otro lado; no quiere ni pensarlo.
         Su marido, Basilio, está tumbado en el suelo de lo que antes fuera la cocina, con un ojo cerrado y el otro medio abierto, vigilando de soslayo el frigorífico. Le ha dicho a su mujer que el frigorífico tiene el pensamiento de huir de la casa. Él le ha garantizado que lo impedirá a toda costa, palabra de honor. Josefa, cuando lo oye delirar de este modo, ahoga un lamento en lo más profundo de su vientre.
         -Cariño -lo llama ahora.
         -Qué -responde Basilio.
         -No puedo más.
         -No puedes más de qué.
         -Me muero, Basilio. Me muero, te lo juro -dice ella, rota de desconsuelo.
         -Aguanta, mujer.
         -No puedo.
         -Sí puedes. Aguanta.
         Josefa llora tímidamente. Se cubre los ojos con una mano y baja el rostro.
         -No puedo, ya no... -murmura.
         -¿Por qué lloras, tonta? -El tono áspero de Basilio le pone los pelos de punta. Ella lo quiere, lo ama realmente, pero el pobre se ha vuelto tarambana. Su marido, por más que le duela admitirlo, está más chiflado que un becerro tuerto.
         -No lloro -dice, entre suspiros-. Es la emoción, cariño.
         -¿Qué emoción, mujer?
         -Hoy es nuestro aniversario. ¿Ya no te acuerdas?
         Basilio, que se pone muy violento con estas cosas, sale de la cocina y se dirige con paso firme y medido hacia el vestíbulo. Josefa lo contempla con desmayo.
         -¿Adónde vas? -le dice ella.
         Y él le miente:
         -A comprarte un regalo.


jueves, 31 de julio de 2014

Los motivos de Margarita


         Margarita mató a su marido porque estaba aburrida. Lo mató siguiendo las instrucciones y el consejo de un personaje de novela. Lo mató porque no deseaba seguir siendo una mujer triste y apática.
         -¿Qué tiene que alegar en su defensa? –le pregunta el juez.
         -Nada.
        El juez es pequeñito y redondo, y se parece mucho a la pelota de golf de su marido. Se parece muchísimo, en realidad.
         -¿Admite los hechos?
         -Sí.
         Se la llevan después dos policías, sujetándola con fuerza por el cuello y por las muñecas. La arrastran escaleras abajo y luego le dan una patada en el culo y la meten en un coche azul. El coche se parece mucho a su carrito de la compra; en realidad, es de igual tamaño y huele del mismo modo. En la calle, su vecina Rosa la recibe con un aplauso entusiasmado; le grita que es la mejor, que la admira, y a los policías les dice que son feos y brutos, y que deberían patear también el culo de sus mamás. Uno de los agentes le muestra un dedo y ella enseña los dientes.
         -Admito los hechos –murmura Margarita-. El juez me ha preguntado y yo le he dicho que sí. Lo que no le he dicho es que se parece mucho a la pelota de mi marido.
         Dentro del coche, el otro agente se afana en cubrir la boca de Margarita con esparadrapo, pero ella le muerde los dedos.
          -Ay.
         Ahora que se fija, Margarita percibe el parecido existente entre el policía y el flamenco de chapa que adorna su salón, ése que está junto a la puerta. En realidad, el parecido es asombroso.
        -Lo malo de matar a un marido –le dijo el personaje de novela varios días atrás- es que siempre subsiste en las manos el hedor de la culpabilidad. Esto no ocurre, por ejemplo, cuando se mata a una suegra.
         -Pero yo admito los hechos –insiste Margarita-. No importa.
         El agente del esparadrapo mitiga el dolor de los dedos con un lametón.
         -Tienes buenos dientes, cachorrillo –le dice, muy serio.
         -Admito los hechos.
         -¿Por qué lo mataste?
         -Porque era mío.
       Más tarde, la patada en el culo la impulsa al interior de una celda que, insólitamente, se parece muchísimo a su cocina. En realidad, es idéntica: el fregadero es el mismo, los azulejos también, y el reloj de la pared, y los trapos...
         -¿Tan tediosa era tu vida, Margarita? –le pregunta su marido muerto.
         -Tanto.


jueves, 3 de abril de 2014

Noche fría


         Con lo que sobró de un beso se ha hecho un sombrero, y con él pasea por la calle, tan orgulloso como el día en que su madre le regaló su primera bicicleta. Tiene un tigre en la tripa que ruge con impaciencia, pidiendo pan, y un oso en el jersey que mira de soslayo a los viandantes.
         Con lo que sobró de una cena, cena él. En los cubos de basura encuentra cosas que jamás habría imaginado. En América, las tapaderas de los cubos son como los platillos de una orquesta; lo ha visto en las películas. Pero, en lo que queda de su España grande y libre, los cubos de basura tienen tapadera articulada, igual que los retretes. Y el mismo olor. Y en ellos encuentra cosas muy valiosas: una bolsa de viaje, un melocotón, un lapicero, un periódico… Al tigre de su tripa le basta con morder el melocotón. Al oso del jersey le basta el lapicero. Y a él, a nuestro vagabundo, le basta con que a ellos les baste. Donde hay dos sonrisas, puede haber tres. Frío, niebla de invierno somnoliento y sonrisas, tres sonrisas, que son más que dos y menos que mañana, o algo así.
         Con lo que sobró de una tertulia callejera se ha hecho una bufanda. Ya no le corta el viento la cara, menos mal. Menuda noche destemplada. Mira, ahí está Eva, la hija del peluquero. Cada vez que sale a la calle, la ciudad se embellece. Es como un adorno de navidad, como un farolillo de verbena. Al oso de su jersey se le encienden los ojos de rubor. Y a él también, pero los gira hacia arriba y los esconde. Ahí se acerca la muchacha. Que viene, que viene.
           -Buenas noches, guapa –le dice.
           Nada, ella no escucha.
           -Abrígate, Eva, que hace frío.
        Ella no habla con indigentes. Ni siquiera los ve. Camina con la arrogancia que otorga el estómago lleno. Lleva prisa. Ha quedado. Tiene un novio en la esquina, aguardando. El novio tiene coche y medio, y ganas de verla, como cualquiera. La recibe con brazos abiertos y ojos encendidos de rubor, igual que el osito del jersey del vagabundo, y la muchacha se cuela entre los brazos como un regalo. Se van. Se han ido. Abrígate, niña, que no es noche de andar destapada.
           Con lo que sobró del abrazo, se abriga él. Duerme el tigre de la tripa, está roncando. Es hora de mullir los cartones. Mañana será otro día. Mañana habrá nieve; lo ha visto en la tele del escaparate. Al vagabundo le gusta la nieve porque no hace daño, porque cae despacio, igual que los besos de una madre. Se adormece, suspira. Con lo que sobra de los recuerdos de una vida, vive él.


lunes, 16 de diciembre de 2013

La Navidad que ve un copo de nieve


             Empujado por un viento que corta en filetes la noche, el copo desciende lentamente hacia la ciudad. Por el camino, el copo se estremece y estornuda; además de vértigo, tiene frío.
         Una lengua invisible de aire lo atrapa, lo revuelve en una espiral y lo impulsa contra la ventana de un edificio muy alto. El copo se posa un instante en el alféizar y observa, al otro lado del cristal, a un niño pelirrojo que llora desconsolado porque no encuentra, entre un montón de paquetes, el regalo que tanto ansiaba, el juguete que había esperado con euforia. Los demás regalos no le importan, los rechaza, se ensaña a patadas con ellos.
         El copo tirita de frío y se desliza desde el alféizar, y desciende un poco más. El viento travieso juega con él; le tira del cabello y le araña las mejillas blancas, lo sacude a un lado y a otro, no lo deja en paz un momento. Ha vuelto a arrojarlo contra una ventana.
         Una niña rubia, sentada a la mesa de un saloncito estrecho y abrazada a su muñeca, se atraganta obstinada con el turrón y los dulces. Sus padres, al fondo, se gritan furiosos y hacen aspavientos, y se lanzan las botellas de sidra, y se golpean en la cabeza con las bolas del árbol de Navidad, y sólo cuando la niña se vuelve morada y tose, advierten su presencia y la auxilian.
         El copo tirita, tirita con violencia. Qué noche tan fría, diantres. Menudo temporal. Quién tuviera una bufanda.
         Da un saltito y desciende de nuevo. Casi ha alcanzado la calle. El viento ha perdido su fuerza; ya sopla con desgana. El copo gira sobre sí mismo y aterriza despacio sobre unas cajas de cartón. Es injusto, ¿no? La gente se ha quedado en sus casas, abriendo paquetes, comiendo dulces, y él estornuda en la calle, y mañana se habrá deshecho, cuando salga el sol.
         De pronto, oye un ruido, unas voces. Anda, qué sorpresa, si hay alguien dentro de esas cajas de cartón.
         El copo, que es muy curioso, se asoma por un hueco y descubre a un niño y a su madre abrazados bajo una manta roja. Y, como es Navidad, ese niño también recibe unos regalos: un gorro de lana y un beso.


lunes, 15 de julio de 2013

Como un perro flaco


         Ángela está enferma y no puede meterse en la cama porque tiene que trabajar. Las gripes nunca se curan de pie, decía su padre, que se creía muy listo. Por eso lo mató el alcohol, por listo, por sabio, por espabilado. Su madre, que aparentemente era más tonta, la enseñó a mirar por encima de la tormenta. Quédate en la cama, hija, le habría dicho, y mañana comerás puñetazos porque no habrá otra cosa.
         -Me voy, Pablo –se despide Ángela-. Si llaman, di que estoy en el bar. Luego te veo.
         Pablo es su gato siamés, el regalo de cumpleaños de su amiga Luisa, que también se cree muy lista. Por eso le ha engordado tanto la barriga en unos meses, por lista, por sabia, por espabilada.
         En la calle, que hoy es fría como un desengaño, la gente la mira dos veces. La muchacha va envuelta en un abrigo que le cae grande, con las solapas levantadas. Las manos no se le ven, tampoco los pies, y la bufanda le cubre el rostro hasta las cejas. Camina dando tumbos como una momia despistada, calle abajo, con su fiebre y sus prisas nuevas de camarera. Los semáforos se han multiplicado y le dicen dos veces que puede pasar, o que ahora no puede, o que puede pero no puede. Y los coches son más coches que otros días, y los perros han hecho dos veces lo que hacen siempre, y los dueños, que se creen muy listos, también han hecho lo de siempre.
       Ahí voy, hecha una momia, se dice, y se ríe, porque si llora estropea el maquillaje, y el maquillaje es muy caro.
         -Buenos días, Ángela. Vaya cara que traes, niña. ¿Estás con gripe? Date prisa y cámbiate, que mira cómo tengo la barra. Tómate una aspirina.
        La muchacha mira la barra para ver cómo la tiene, y lo que ve no le gusta demasiado, porque ve a su padre, lo ve muchas veces, a su padre junto a su padre, a su padre al lado de otros padres, todos juntos, todos el mismo, todos bebiendo de la copa y sonriendo con estupidez, todos muriéndose en la copa. Y ella, que se indigna y enseguida le trepan los demonios por el cuerpo, se acerca a todos ellos y les dice que son muy listos, que son muy sabios, que son muy espabilados, que por eso se despeñan en las barras de los bares, que si mañana comemos puñetazos es lo de menos, que para ellos lo importante es esconderse de la vida en un vaso. Y les grita que son tan cobardes como un perro flaco.
         -Lo siento, Rosa –se disculpa con la dueña-. Me salió del alma.
         Del alma le ha salido, y es bien cierto. Aunque tarde.