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viernes, 31 de agosto de 2018

La pelota


       Había un niño en la calle matando el tiempo con la pelota, bota que bota, bota que bota. Normalmente, el niño no mataba el tiempo en la calle a esas horas de la noche, pero mamá le había puesto la pelota en las manos con cierta urgencia y le había pedido por favor que se fuera a jugar, que no molestara, que no estorbase. Papá no estaba en casa, así que no tuvo que contrastar el permiso. Al abrir la puerta, el niño se topó con un señor perfumado que sonreía mucho, y pensó que sería el tipo de la publicidad, el tipo que le metía a mamá la publicidad en casa. Bajó a la calle y botó la pelota, la botó con fuerza, la botó con cierta urgencia. 
       Adela tenía dos problemas aquella noche: asumir que estaba envejeciendo muy deprisa y concentrarse en la carta que tenía en las manos. El primero formaba parte de una batalla perdida; el segundo era transitorio. Se levantó de la butaca, abrió la ventana y gritó al niño de la calle que dejara de botar la puñetera pelota. El niño se giró un segundo y la miró, sin dejar de botar la puñetera pelota, bota que bota, y decidió que no valía la pena atender a la señora envejecida de la ventana. Seguiría botando la pelota para no pensar en mamá, para no pensar en ella y en el señor sonriente de la puerta, para no pensar en papá, que se había marchado de viaje al extranjero. 
         Adela cerró la ventana. El niño de la calle era un hijo de… Sí, estaba convencida: era un hijo de la vecina. En realidad, el único hijo que tenía la vecina. Pero era muy tarde para jugar en la calle, tan solo, tan desprotegido, con su pelotita y esa carita de bastardo abandonado… Qué raro. Intentó no pensar en ello y volvió a sentarse en su butaca, y tomó de nuevo la carta de su marido, y regresó al renglón donde él le decía que pretendía divorciarse de ella para casarse, entiéndelo, amor, con la jovencita de diecisiete años que había conocido en la biblioteca (la gorda, se dijo Adela con lucidez, seguro que es la gorda), pero la puñetera pelota del niño, que botaba y botaba, que botaba puñeteramente una y otra vez, la distraía de la lectura. De modo que volvió a abrir la ventana y gritó al niño de la calle, con arrebato, que era un hijo de la vecina, un auténtico hijo de la vecina, pero el niño no le hizo ningún caso porque se había girado para abrazar a su papá, que había suspendido el viaje.
       -¿Por qué te grita la vieja de la ventana? –preguntó el padre. 
       -Porque su marido la engaña con la gorda, papá.


jueves, 29 de junio de 2017

Cambio de aires


         Amalia se despidió de la familia, de los amigos, de sus vecinos, de los tenderos del barrio y del cartero que jamás le trajo la carta que esperaba. Se despidió de todo el mundo, y después se metió en la cama y se marchó.
         Cada uno tenía su hora, bien lo había sabido ella hasta hoy. A cada uno le tocaba cuando le tenía que tocar, y no había verdad más grande. Su padre decía que a unos les tocaba antes de que lo esperasen y que, a otros, les tocaba antes de que lo merecieran, pero que la vieja de la guadaña siempre estaba ahí, que siempre aparecía sin avisar y sin pedir permiso. Cuando a uno le llegaba el premio, no había puertas cerradas. Decía que la vida podía o no parecer injusta, que los había con suerte y evitaban a la vieja hasta muy tarde, y que los había desgraciados a los que atrapaba en la primera curva, pero que la vida era lo que era, y que no había más leña que la que ardía.
         Aunque otra verdad muy distinta, y bien lo había sabido Amalia, era que la vieja la esquivara a una sin motivo.
         Aguardó la carta de Ignacio después de que él se marchara al extranjero. Despertó cada una de las mañanas que formaron su ausencia con una sonrisa en el alma y un suspiro en la garganta, y bajó al buzón de puntillas cada una de las tardes que poco a poco formarían su infierno.
         Al cabo de tres años, la carta que llegó no era de Ignacio, sino de un desconocido que la informaba de su muerte. Pero ella se negó a creerlo y, testaruda y obcecada como una niña, se convenció de que sólo era una coincidencia desagradable.
         Y aguardó todavía la carta de Ignacio, y despertó cada mañana con la sonrisa en el alma, y bajó cada tarde al buzón tan esperanzada como siempre. Y la pretendieron hombres, y se enamoró de ella el atardecer, y la luna le recitó versos las noches de verano, pero nada logró apartarla del recuerdo. Amalia miraba las cosas por encima de su significado y, aunque fingía ser coherente en su diálogo con los demás, hasta el último de los gorriones que la visitaron en su ventana supo de su pena y de su vacío interno, y de la locura en forma de serpiente que la rondaba en sus sueños.
         Por eso, cuando se despidió de todo el mundo y uno de sus sobrinos le preguntó si había pensado en hacer un viaje a alguna parte, ella sonrió con la sonrisa que guardaba en el pecho y dijo que no, que sólo era un cambio de aires.


jueves, 1 de septiembre de 2016

El hombre perseguido por su sordera


         Tocaba a su puerta, implacablemente puntual. La sombra de sus zapatos se colaba por la rendija y se arrastraba por el suelo mugriento hasta su mesa, como una serpiente testaruda. Tocaba su sordera a su puerta, empedernidamente puntual.
         -¿Quién es? -preguntaba retóricamente el hombre, temblando de miedo.
         -Tu sordera.
         -¿Quién? -preguntaba más retóricamente aún.
         -Tu puñetera sordera.
         Al hombre lo fascinaban los fuegos artificiales. Odiaba las fiestas, pero en las fiestas había fuegos, y así acababa odiándolas menos. Lo fascinaban las mujeres desnudas. Odiaba los burdeles, pero en los burdeles había senos desnudos, y así acababa odiándolos menos.
         -Abre la puerta.
         -No. Tengo miedo -decía, retóricamente, y temblaba.
         Al hombre lo fascinaban las pinturas, los paisajes de caza con perros y caballos, los cestos preñados de manzanas rojas. Odiaba los museos, pero en los museos había centenares de óleos y acuarelas, y así acababa odiándolos menos. Lo fascinaban los buques mercantes. Odiaba los puertos, infectados de borrachos y gaviotas burlonas, pero en los puertos había mercantes, y así acababa odiándolos menos.
         Tocaba su sordera a su puerta, inhumanamente puntual. La sombra espesa de sus garras se colaba por la rendija y se arrastraba por las paredes desempapeladas hasta su cama, como una terca serpiente. Tocaba su sordera a su puerta, y el estruendo intermitente le encogía el alma.
         -¿Quién es? - preguntaba retóricamente el hombre, estremecido.
         -Tu sordera.
         -¿Quién? -preguntaba más estremecido aún.
         -Tu maldita sordera.
         Al hombre lo fascinaba la música que brotaba del clarinete, las notas amargas y desnudas que arrojaba con exquisita dulzura el piano. Odiaba el mundo que lo rodeaba, pero en el mundo había hermosas melodías, y así acababa odiándolo menos.
         -Abre la puerta.
         -No, que me arrebatas la vida, y sin la vida ya no podría quedarme nada.
         Tocaba a su puerta, sañudamente puntual.


viernes, 29 de julio de 2016

El carrito de los muertos


         Al carrito se lo escucha llegar cada mañana con los primeros rayos de sol. O con el primer café, si amanece gris o lluvioso. Se escucha el crujir y el chirriar de las ruedas, que es como el lamento de un pobre en mitad de una noche fría. De un pobre animal desangrándose en una trampa.
         Del carro tira un anciano. De cada una de sus mejillas pende una vida rota, un haber querido amar y haber perdido en cada apuesta. De sus ojos, un futuro breve y vacío. Es el macabro contenido del carrito lo que impulsa al anciano a seguir tirando de él cada mañana. De no tener carga, el anciano habría pasado los días en la cama, acariciando con desidia los flecos podridos de su maldición, la de haber vivido.
         Cuando se detiene a beber agua, su madre le habla.
         -Maldigo el día en que naciste.
         -Madre…
         -Maldigo la sangre que te recorre las venas.
         Luego, el anciano reanuda la marcha y su madre regresa bajo tierra.
         Hoy, el sol castiga con dureza. Pero hay niños en la aldea, y el anciano debe apretar el paso. Porque los niños son curiosos y siempre rodean el carro, y hacen preguntas, y al anciano no le quedan ya respuestas, sólo medias mentiras. Aprieta el paso, y los años le aprietan la garganta. De no tener carga, el anciano habría muerto muchos senderos atrás.
         A veces, en esos días en que ningún pajarillo adorna el camino, en esos días en que el aire es pesado como el plomo, el contenido del carrito le habla, como su madre cuando se detiene a beber agua. En esos días, el contenido del carrito lo atormenta.
        Hoy, el carrito lo atormenta. Los muertos que en su interior se retuercen, como grotescos escombros de carne, golpean con fuerza las paredes de madera. El anciano disfraza su desmayo y aprieta los puños, y tira más rápido del carro, y contempla fijamente el horizonte, negando los gritos.
         -Somos tu pasado -le recuerdan los muertos del carro-. Somos tu pecado.
       No hay pajarillos adornando el camino. El aire pesa como el plomo. El reguero de sangre que deja el carrito se mezcla con la arena y dibuja a su paso una horrible cicatriz. De no tener carga, nada forzaría al anciano, cada mañana, a seguir huyendo.


miércoles, 24 de junio de 2015

Josefa pasa hambre


          Josefa, la vieja y famélica pianista, había tenido un canario. El animalillo le había hecho compañía durante varios meses. El animalillo, que respondía con orgullo al nombre de Mozart, había rellenado con sus dulces cánticos las tardes solitarias y amargas de Josefa. Pero el hambre lo puede todo, bien lo sabe ella. La semana pasada se merendó al músico después de debatirse en una tormentosa lucha consigo misma en la que acabó venciendo el instinto de supervivencia. Se zampó al canario sin reparos.
         Ahora lo lamenta. Lo lamenta porque los días siguen siendo tristes y no tiene quien le haga compañía. Lo lamenta porque el hambre sigue estando presente en su vida, retorciéndole las entrañas. De qué le sirvió comerse al pajarillo, se pregunta.
         Son las once de la mañana y no tiene nada que llevarse a la boca. Por el suelo, junto al zócalo, corretea una cucaracha muy flaca. Josefa la observa un instante y después mira para otro lado; no quiere ni pensarlo.
         Su marido, Basilio, está tumbado en el suelo de lo que antes fuera la cocina, con un ojo cerrado y el otro medio abierto, vigilando de soslayo el frigorífico. Le ha dicho a su mujer que el frigorífico tiene el pensamiento de huir de la casa. Él le ha garantizado que lo impedirá a toda costa, palabra de honor. Josefa, cuando lo oye delirar de este modo, ahoga un lamento en lo más profundo de su vientre.
         -Cariño -lo llama ahora.
         -Qué -responde Basilio.
         -No puedo más.
         -No puedes más de qué.
         -Me muero, Basilio. Me muero, te lo juro -dice ella, rota de desconsuelo.
         -Aguanta, mujer.
         -No puedo.
         -Sí puedes. Aguanta.
         Josefa llora tímidamente. Se cubre los ojos con una mano y baja el rostro.
         -No puedo, ya no... -murmura.
         -¿Por qué lloras, tonta? -El tono áspero de Basilio le pone los pelos de punta. Ella lo quiere, lo ama realmente, pero el pobre se ha vuelto tarambana. Su marido, por más que le duela admitirlo, está más chiflado que un becerro tuerto.
         -No lloro -dice, entre suspiros-. Es la emoción, cariño.
         -¿Qué emoción, mujer?
         -Hoy es nuestro aniversario. ¿Ya no te acuerdas?
         Basilio, que se pone muy violento con estas cosas, sale de la cocina y se dirige con paso firme y medido hacia el vestíbulo. Josefa lo contempla con desmayo.
         -¿Adónde vas? -le dice ella.
         Y él le miente:
         -A comprarte un regalo.


miércoles, 20 de mayo de 2015

El ataque


         Don Roberto se sentó en la mecedora y hurgó en su pasado. Lo conmovió la distancia entre los recuerdos y el color antiguo de las caras. Lo sorprendió el estruendo de los cacharros en la pila, el que siempre había formado su madre al fregar.
         -Roberto, cielo, alcánzame la jarra.
         -Mamá, cuánto tiempo...
         -Alcánzame la jarra, hijo.
         -Sigues igual...
         Lo aturdió la imagen de su padre junto a la ventana, mirando de reojo la calle, asintiendo en silencio.
         -Papá.
         -¿Qué quieres? No tengo dinero.
         -¿Cómo estás?
         -Fastidiao.
         -Me alegro de verte.
         -No digas tonterías.
         Lo atemorizó el sargento, el diablo uniformado, y se apretó contra la pared.
         -Eh, novato, ven aquí.
         No fue. O quizá sí, pero miró hacia otro lado. Miró hacia la ventana de María, que se estaba asomando.
         -¡Guapa!
         -Roberto, como te vea mi padre por aquí, me pela.
         -Baja un rato, anda.
         -Ahora no puedo.
         Lo emocionó ver a María en la habitación del hospital, con la Martita a su lado, en el hueco de los brazos.
         -¿Duerme?
         -Como un ángel.
         Y lo apenó verla después, a la Martita, llorando en la calle, encogida, porque un chico la había dejado plantada. Su primer desengaño.
         -No llores, tonta.
         -Déjame.
        Luego, don Roberto se cansó de hurgar y echó una siesta en la mecedora. Sonreía como un bobo, como un bobo feliz. El médico contó a sus hijos que había sido fulminante.


martes, 1 de octubre de 2013

El doctor Fifi


         Se ha vuelto loco, el doctor Fifi se ha vuelto loco. Lo dice la gente, lo digo yo, que lo he visto hablar con los gatos, que lo he visto jugar a las cartas con ellos. Es un buen hombre, pero se ha vuelto loco. El doctor Fifi ha perdido la cabeza en algún rincón del invierno, y estos vientos soplones se la han llevado consigo. Pobre doctor Fifi.
         Recuerdo el primer día que apareció por aquí, hace más de quince años, con su maletín de médico, sus tijeras de barbero y su cabeza calva, tan lustrosa. Ya por entonces, resultaba un personaje extraño, aunque inofensivo y amable. El doctor Fifi curaba el dolor de garganta y saneaba las puntas de los cabellos en una sola visita. Recetaba jarabe y champú a un tiempo. Era nuestro médico de cabecera y nuestro peluquero. Había mujeres que únicamente acudían a su consulta para que les retocara el peinado. Al doctor Fifi no le importaba que lo hicieran. A mí, por ejemplo, me dibujó margaritas en el pelo una mañana de tos. Los niños perdieron el miedo a la tablilla blanca de madera, la que les ponía en la boca, que tan tenebrosa había sido en manos del doctor Sabín. Perdieron el miedo a subirse a la báscula fría que helaba los pies, a que les colocaran la barra del medidor en la cabeza, a que les recorriesen el pecho con el cacharro de metal, que era como una moneda grande... El doctor Fifi hacía de la consulta un recreo. A mi vecina Ángela, una vez, después de caerse de la bici, le tiñó unas mechas mientras la enfermera preparaba la escayola. Al pobrecillo de Alberto, ese viejo carpintero que siempre anduvo pachucho y visitaba la consulta con frecuencia, lo afeitaba el doctor Fifi. Cuando murió, el médico le dedicó unas palabras en la misa. Nos hizo llorar un poco a todos; el doctor Fifi y él se habían hecho muy amigos. Yo los vi pasear un domingo por la avenida, después del partido. Se reían como críos, aún me acuerdo. Sí, me acuerdo de eso y de muchas otras cosas.
         El doctor Fifi ha envejecido. Ha ocurrido de repente, como de repente han transcurrido estos más de quince años. Ahora tenemos en el pueblo un ambulatorio nuevo y una peluquería unisex, y yo nunca he sabido si unisex significa de un solo sexo o de los dos. Cuando nos duele algo, pasamos por el nuevo dispensario a que nos curen, pero no lo consiguen, ya no, porque antes era distinto. Nadie nos dibuja ya margaritas en el pelo, y el dolor de garganta se hace punzante y eterno.
        La gente dice que el doctor Fifi se ha vuelto loco. Lo digo yo, que lo he visto hablar con los gatos, que lo he visto jugar al ajedrez con ellos. Aunque creo que no es locura. Se ha hecho mayor, sólo es eso.


martes, 13 de agosto de 2013

Se muere viejo y solo


         A Gustavo cada vez lo asusta más el paso del tiempo. Ocurre todas las mañanas, a la hora del desayuno. Lo oye caminar, más allá de las cortinas, despacio, muy cerca de su ventana, acariciando la reja, fingiendo disimulos mordaces. La magdalena queda suspendida en el aire un instante, temblando en su mano, mientras el tiempo pasa, cada mañana, mientras se ríe de él, mientras se aleja.
        Gustavo está solo, tan solo que a veces no se encuentra en el espejo. Su sombra lo ha abandonado; esa silueta desgarbada que antes se proyectaba en las paredes, se ha esfumado con el ocaso de ayer. Las persianas están bajadas; aprendió a escurrirse a ciegas por la casa, a transitar sus breves recorridos sin levantar tropiezos. En el armario de la cocina hay dos cajones: en uno guarda el cuchillo con el que jamás tuvo el valor de herirse las muñecas; en el otro, tres recuerdos de infancia, una fotografía de su madre y una carta de despedida de su mujer:


Querido Gustavo:

Te dejo. Preferiría morirme otro día, más tarde,
pues aún me seduce el alba del otoño y escuchar la lluvia
en el tejado, pero hoy he visto a las amapolas sangrando
en el campo, y sé que ha sido por mí. El sol que ahora se
esconde apenas me ha templado el alma. Es mi hora. Te dejo
sin querer, sin propósito. Me alejo esta noche, me muero de ti
esta noche. Adiós.


         Gustavo relee la carta cada madrugada, aprovechando que el reloj está dormido. Con la luz de un fósforo ilumina el papel, y con la yema de un dedo riza las letras delicadamente. Todavía desprenden las palabras el perfume de melocotón, que le arruga los ojos.
         Gustavo se muere viejo y solo, tan solo que a veces los ratones, ignorando su presencia, le arrebatan la magdalena de la mano.
         Pero mañana saldrá a la calle a recibir al tiempo, cuando pase. Mañana perderá el miedo y saldrá a la calle a enfrentarse al tiempo, cuando pase frente a su ventana. Así lo ha prometido.


jueves, 9 de mayo de 2013

Estar de paso


         Luisito, a sus ochenta y dos años, todavía se estremece cuando la vecina del tercero golpea su puerta con los nudillos. El sonido hueco y urgente aún le tensa los riñones y los músculos de la mandíbula. Luisito ya se ha hecho mayor, y los mayores no lloran, pero el miedo no deja de hurgarle en las tripas.
         Porque, un buen día, Luisito pasaba por allí. Hacía sesenta años que Luisito había pasado por allí; hacía sesenta años que un militar con cara de bestia lo había empujado al interior de un vagón. Porque pasaba por allí. Lo habían empujado al vagón de un tren y lo habían conducido a un descampado. A él y a otros cientos de hombres y mujeres. Cuando alguien se interesa por su historia y le pregunta qué demonios había ido a buscar él a esa ciudad y en semejante momento, Luisito contesta:
         -Pasaba por allí.
         Ni siquiera recuerda el nombre de la ciudad. Ni siquiera recuerda si aquélla había sido su juventud o la de otro. El rostro de su madre se confunde en su memoria de niño grande con el de la mujer del vestido azul a la que habían disparado en la frente. A los hombres los mataron por cualquier motivo: por ser marica, por ser judío, por ser gitano o por equivocar el saludo; a las mujeres, muchas veces, porque les daba la gana.
         -¿Qué pintabas tú allí, Luisito?
         -Estaba de paso.
         -Pero si eras un chaval, si eras un crío de veinte años, ¿qué narices hacías tú en ese sitio?
         -No lo sé. Pasaba por allí.

         Cuando la vecina llama a la puerta, el vientre se le descompone de pronto y el paladar se le vuelve de trapo.
         -¡Soy yo, Luisito! ¡Soy Amalia!
         Es la vecina, Luisito. Afloja los puños.
         Otro militar con cara de bestia tenía la costumbre, entonces, de aporrear cada mañana la puerta del cuchitril donde dormían hacinados como animales. Si se hallaba de buen humor, despertaba a la gente a patadas y les escupía a la cara. Y se reía. Y los soldados que estaban a su cargo se reían también. Pero si se hallaba de mal humor, escogía a uno de los hombres al azar y lo apuntaba con el arma a los ojos, y mantenía la postura asesina sin pestañear, sin respirar, hasta que el seleccionado se meaba en los pantalones y tiritaba de miedo. Luego, el oficial guardaba el arma y se reía, y su mal humor se esfumaba, y el seleccionado se ponía de rodillas y le agradecía haberlo dejado con vida.
         Qué similares eran las súplicas del ser humano. El idioma no era una barrera. Las súplicas estaban por encima del lenguaje. Luisito lo había aprendido allí. Había aprendido muchas cosas. Estar de paso tiene sus ventajas.
         Una mañana, el animal uniformado había sacudido la puerta y después había apuntado a los ojos a un muchacho rubio de quince años que tenía una cicatriz en la mejilla. El chaval acababa de orinar y sólo completó a medias el juego del oficial: tiritó de miedo, pero no mojó los pantalones.
         Y lo mató.
         Luisito aprendió también que la muerte, en los ojos de una persona, era siempre del mismo color.
         La de beneficios que tenía estar de paso. Descorchemos una botella de sidra y brindemos por ello. Brindemos por el oficial con cara de bestia, brindemos por su sentido del humor. Pum, pum, qué valiente es el oficial. Estar de paso nos enseña que los oficiales al mando son los hombres más valerosos del mundo. Si te meas, no te mato. Pero como no te mees encima, chavalote, te meto una bala en la sien. Tú decides.

         ¡Pum, pum!, dice la puerta, con su estampido hueco.
         -¡Soy yo, Luisito! ¡Abre!
         Y Luisito se encoge en el sillón todavía, y se cubre los ojos con una mano. Es instintivo. Es inevitable.
         -¡Soy Amalia!
         -Voy.
         -A ver cuándo arreglas el timbre, hijo.
         Amalia sabe de su historia, sabe de su pasado terrible, aunque él, como ya les he contado, no recuerda muy bien si ese pasado fue suyo o de otro. La memoria nos traiciona. La memoria es mala consejera.
         -¿Qué se te había perdido a ti en ese sitio, Luisito? –le preguntó una tarde su vecina, algunos años atrás.
         -Pasaba por allí, Amalia.
         -¿Pasabas?
         -Estaba de paso.
         -Mira si uno de esos nazis te hubiera pegado un tiro...
         No había problema. Siempre quedaba una gota de orina en la vejiga. Siempre se podía apretar un poco y echar fuera la gota, lo justito para mojar el pantalón. Y tiritar estaba chupado. Todas las noches lo había hecho. Tiritar, lo que se dice tiritar tiritar, con repiqueteo de dientes y todo, hasta el gato sabía. Lo difícil era aguantarle la mirada al salvaje.
         En su recuerdo, que es un paño sucio, deshilachado y sembrado de agujeros, los ojos del oficial lo miraban con tal desprecio y locura que lo habían animado a morder la pistola y tragarse con gusto la bala. Estar de paso le había enseñado que lo amargo de aquel instante no sólo era sujetarle la mirada al animal, sino saber que, aunque viviera para contarlo, tendría que encontrarse con él muchas mañanas más. Y, por aquella época, el futuro se había desplegado ante Luisito como una alfombra empapada de sangre, como una broma de mañanas grises e infinitas puertas que sonaban repetidamente a infierno y a burla.
         -¡Abre, Luisito!
         -Voy, voy.
         -Hijo, ni que te hubiera pillado en paños menores.
         -Ya voy, Amalia.
         Abre la puerta, jadeante. El espanto lo muerde en el cuello un segundo: descubre el arma en las manos del oficial y se le agarrotan las piernas.
         -Luisito...
         Los mayores no lloran, campeón. Levanta la cabeza y encara la muerte con dignidad y con cojones. Lloran los niños y las mujeres, pero no los hombres.
         -Luisito, ¿estás bien?
         -Hola, Amalia.
         -¿Cuándo vas a arreglar el timbre?
         -Mañana.


miércoles, 13 de junio de 2012

El suelo es el cielo de los viejos


         Porque buscan recorrer una senda que todavía no han caminado, y tienen miedo de no poder hacerlo. Porque los apremia el tiempo, la asfixia del tiempo, el tictac de la sangre en el cuello, el tictac de las puestas de sol, tan turbias, tan premonitorias. Porque creen encontrar algún tipo de alivio, porque con ello aplacan las dudas, se desvanecen los vacíos, porque el cielo es firme y admite pisadas blandas, porque el cielo es firme y soporta el titubeo de la vejez, porque el cielo de los viejos no reprocha los espantos, sino que a ciegas los abraza, sin sermones, sin regaños de pobre. Porque van en busca de un sendero sin más revueltas, porque ahora los consuela el llanto de madera del bosque, porque necesitan advertir las espinas antes de que lo hagan sus pies, porque el corazón se les hiere sólo con rozarlas, porque ya no hay otra cosa que astillas. Detrás de ellos va quedando un reguero de vida y recuerdos. Hay memorias nítidas de una alegría distante, de una noche y de un mar, de unos ojos y de un mar, y hay memorias confusas de amaneceres repetidos, de atardeceres multiplicados sin color. Hay memorias que aún lastiman, que fortalecen, y otras que apenas inquietan el alma, que la estrangulan. El dolor duele, ríe y hace grande la vida, y la inercia de una armonía insustancial exaspera los deseos. Porque no les queda otro sueño que seguir caminando, porque no les queda otra prudencia que caminar. Porque compadecen su propia debilidad, porque lloran llantos secos de madera, como el bosque, porque ensombran con sus figuras corvas el atajo de tierra, porque entierran sus quimeras nuevas en esta vereda estéril de espinas, de sólo astillas, y las abonan con plegarias gastadas. Porque mudan los ojos en locura cuando los besa el viento, cuando los golpea el viento, cuando zozobran por el viento. Porque su locura muda en calma cuando el tormento de los huesos remite un poco, cuando el tormento del tictac amaina un poco. El suelo es el cielo de los viejos y consiente, una a una, sus pisadas blandas, y no reprende quejidos ni temores, y no castiga incertidumbres. Porque buscan alcanzar un mañana de seda y terciopelos blancos, porque aún no quieren rendir la vida, porque no regalan culpas al futuro, porque no arrepienten faltas del pasado, ya qué importa, porque rabian deslices de fe, ahora que por fin asoma, porque el tiempo ahoga con sus dedos de alambre, porque no queda aire en el camino. El cielo es firme y aguanta la embestida humilde de los viejos.