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martes, 21 de abril de 2015

Anhelo


Estimada nostalgia:

         Te escribo estas líneas porque albergo la esperanza de que, al hacerlo, lograré desprenderme de esta abrumadora melancolía. En cada rincón de la casa, hay una fracción de su presencia. En cada estancia, hay una nueva esencia que reconozco como suya. He sido muy feliz. Mi querida nostalgia, debo confesarte que he sido muy feliz. Pero, ahora, el amargo tormento que provoca la distancia insalvable me debilita el ánimo. Mis pasos perdieron la firmeza de ayer, mis pensamientos extraviaron su aplomo. Si pudieras ayudarme a vencer esta niebla espesa e impenetrable, si pudieras tenderme una mano y librarme de mi tortura... El tiempo se aferra a las paredes, hendiendo en ellas sus garras. Las horas del reloj han quebrantado la esfera y, después, han huido. Lejos, a algún lugar desconocido.
        Te escribo estas líneas, mi estimada nostalgia, porque aliento la certeza de que, al hacerlo, conseguiré despojarme de esta opresora tristeza. En cada rincón de mi cordura, hay una fracción de su presencia. En cada uno de mis gestos, hay una nueva añoranza. He disfrutado de una dicha que no merecía. Mi caprichosa nostalgia, debo confesarte que he sentido una dicha que, de tan ingente, llegué a considerar injusta. Pero hoy se ha desvanecido. Mi traviesa nostalgia, debo confesarte que he experimentado una felicidad que, de tan inmensa, llegué a creer obscena. Pero hoy se ha disipado. Si pudieras ayudarme a doblegar esta calma frenética que ahoga mi juicio... Si pudieras tenderme una mano y librarme del remordimiento…
         Es tanto el anhelo, es tanto, es todo, es sólo eso, es anhelo, es cuanto tengo, es sólo cuanto tengo, anhelo, cuanto tengo, y el tiempo se aferra a las paredes, hiriéndolas con sus garras.


martes, 18 de noviembre de 2014

La noche y mi mentira


         Si estuvieras cerca, te regalaría un cuento. Ya sé que es poco, pero es cuanto tengo. Si estuvieras cerca, te haría dueña de mi historia. Ya sé que es poca, pero es cuanto tengo. Te descolgaría una nube pequeña para que la usaras como almohadón, si estuvieras cerca, para que pudieras escucharme sin que se agotaran los músculos de tu sonrisa. Robaría tres hojas al olmo para acariciarte las mejillas, si estuvieras cerca, para que pudieras escucharme sin que se desvanecieran tus pupilas. Ya sé que es poco, pero es cuanto tengo. Si estuvieras cerca, fingiría estar perdido para poder hallar refugio en tu regazo. Fingiría haber llorado, si estuvieras cerca, para poder hallar consuelo en tu murmullo de seda.
         Pero la noche, que es de piedra y penumbra, me desbarata el ánimo y me recuerda que tu cercanía no es más que una mentira del corazón. Una mentira más. Pero la noche, que tiene ojos de hielo y sombra, me desfigura el ánimo y me recuerda que tu visita no es más que una mentira del corazón. Una mentira más. Y ya son muchas.
         Si estuvieras cerca, te regalaría los pétalos de un tulipán. Ya sé que es poco, pero es cuanto tengo. Si estuvieras cerca, te haría dueña de mi aventura. Ya sé que es poca, pero es cuanto tengo. Arrastraría hasta ti la ola que rompe en la playa, si estuvieras cerca, para que tus pies se desnudaran con la espuma. Robaría tres notas al piano y te arroparía con ellas, si estuvieras cerca, para que el terciopelo de una melodía te adornara el cabello. Ya sé que es poco, pero es cuanto tengo. Si estuvieras cerca, fingiría estar enfermo para poder hurtar un mimo a tus manos. Fingiría haber enloquecido, si estuvieras cerca, para poder hurtar un beso a tu cordura.
         Pero la noche, que es de hiel y acero afilado, me descompone el ánimo y me recuerda que tu presencia no es más que una mentira del corazón. Una mentira más. Y ya son muchas. Y es cuanto tengo.


domingo, 7 de septiembre de 2014

Una brisa de otoño


         Había una puerta abierta en el dormitorio, más allá de las sábanas deshechas, entre el hueco de las cartas vacías y la lámpara sin pantalla. Había una puerta abierta, tal y como la dejó el destino, y a través de ella, sin piedad, me llegaba la brisa de otoño, despacio, con tu mismo vestido y tu mismo carmín. Con tus mismos ojos, los de ayer, los del vértigo, los ojos de la miel derramada.
         Una brisa de otoño mata, igual que el filo de un puñal. Una brisa de otoño viene cargada de murmullos, de rencores, de medios recuerdos, y mata, igual que el filo de un puñal. Una brisa de otoño se desliza como una serpiente por el suelo de la habitación, y se enreda en las notas del piano, tan débil, tan vulnerable hoy, y apaga las velas del amanecer con su aliento, y enturbia los colores, y mata, igual que el filo de un puñal.
          Y todo por ti. Por haber caído en la trampa de tus manos.
         Había una herida abierta en el dormitorio, más allá de los sueños deshechos, entre el hueco de mi vida vacía y el armario sin espejos. Había una herida abierta, tal y como la dejó el destino, y a través de ella, sin clemencia, me llegaba el llanto del otoño envuelto en una brisa, envuelto en los ecos marchitos de tu risa, despacio, con tu mismo perfume y tu mismo revuelo de pestañas. Con tus mismos ojos, los de ayer, los del miedo en la noche oscura, los ojos pintados de ocaso.
         Había una calle abierta en mitad de la ciudad, una calle rota que sangraba. Y una brisa de otoño cubriéndola de tormento. Y yo no tengo ungüento ni melodías con que aliviar el dolor. Porque una brisa de otoño mata, igual que el filo de un puñal, igual que tú.


lunes, 21 de octubre de 2013

En un sueño


         Ayer soñé contigo. Te vi al doblar una esquina, mientras paseaba. En los sueños, ya lo sabes, los escenarios se entremezclan: caminaba por mi barrio con las manos en los bolsillos de un pantalón oscuro, cabizbajo, y, al cruzar la calle, sin mirar, me topé con los setos de tu jardín.
         Consciente de la irrealidad, avancé despacio por la acera y aspiré tu perfume. Te vi al doblar aquella esquina; me aguardabas con esa paciencia que tanto desconcierta. Estabas sentada en el borde de una cama desconocida, en un dormitorio extraño.
         Ayer soñé contigo, soñé que la ciudad callaba un instante, que el viento abría los labios y me empujaba con un soplo a esa cama desconocida. Estabas tan hermosa...
         Un hombre se interpuso entre nosotros y deseé gritarle que se fuera, que no rasgara nuestra intimidad, pero tú cerraste mis labios con un dedo que sabía a caramelo y pediste al hombre que trajera champán. El dormitorio extraño era el salón de un restaurante vacío, amenazante, un salón espacioso sin más mesas que la nuestra, sin más sillas que la tuya.
         Permanecí de pie, mirándote. El hombre se había marchado, aunque enseguida surgió de la nada y sirvió el champán. Tiene gracia, sólo bebo champán en los sueños. Alcé la copa y me la llevé a los labios, pero no era la copa sino tus dedos. Los besé, bebí el caramelo.
         Ayer te hallé en un sueño y abracé tu cuerpo con tanta fuerza que pude sentir el dolor de la ausencia. Cuánto me enferma saber que sólo fue un sueño. Te prometí lealtad, sometimiento, entrega... Te juré una eternidad que sólo tiene cabida en la fantasía onírica de las noches. Se lo juré a tus ojos, que ya no eran tuyos, sino del hombre que servía el champán en unas copas de papel. Estabas bailando en el centro del salón sin mesas, y la espuma de las olas te acariciaba los pies desnudos. Celoso, arrebatado, te tomé en brazos y te aparté de la orilla, de ese océano envidioso que es el mundo, y te saqué de allí con prisas. En la calle no había calle, ni noche, y en mis brazos no había nada. Tú estabas al otro lado de un río, agitando la mano en el aire, despidiendo el sueño. Estabas apoyada en la baranda de tu terraza, o en la cubierta de un barco, o en el balcón de un hotel, sonriendo.
         Ahora me doy cuenta de que te quise, y cuánto me enferma saber que he perdido mi vida en un sueño, en un sueño que soñé ayer.


martes, 13 de agosto de 2013

Se muere viejo y solo


         A Gustavo cada vez lo asusta más el paso del tiempo. Ocurre todas las mañanas, a la hora del desayuno. Lo oye caminar, más allá de las cortinas, despacio, muy cerca de su ventana, acariciando la reja, fingiendo disimulos mordaces. La magdalena queda suspendida en el aire un instante, temblando en su mano, mientras el tiempo pasa, cada mañana, mientras se ríe de él, mientras se aleja.
        Gustavo está solo, tan solo que a veces no se encuentra en el espejo. Su sombra lo ha abandonado; esa silueta desgarbada que antes se proyectaba en las paredes, se ha esfumado con el ocaso de ayer. Las persianas están bajadas; aprendió a escurrirse a ciegas por la casa, a transitar sus breves recorridos sin levantar tropiezos. En el armario de la cocina hay dos cajones: en uno guarda el cuchillo con el que jamás tuvo el valor de herirse las muñecas; en el otro, tres recuerdos de infancia, una fotografía de su madre y una carta de despedida de su mujer:


Querido Gustavo:

Te dejo. Preferiría morirme otro día, más tarde,
pues aún me seduce el alba del otoño y escuchar la lluvia
en el tejado, pero hoy he visto a las amapolas sangrando
en el campo, y sé que ha sido por mí. El sol que ahora se
esconde apenas me ha templado el alma. Es mi hora. Te dejo
sin querer, sin propósito. Me alejo esta noche, me muero de ti
esta noche. Adiós.


         Gustavo relee la carta cada madrugada, aprovechando que el reloj está dormido. Con la luz de un fósforo ilumina el papel, y con la yema de un dedo riza las letras delicadamente. Todavía desprenden las palabras el perfume de melocotón, que le arruga los ojos.
         Gustavo se muere viejo y solo, tan solo que a veces los ratones, ignorando su presencia, le arrebatan la magdalena de la mano.
         Pero mañana saldrá a la calle a recibir al tiempo, cuando pase. Mañana perderá el miedo y saldrá a la calle a enfrentarse al tiempo, cuando pase frente a su ventana. Así lo ha prometido.


martes, 30 de julio de 2013

A quien yo quiero


         Quien yo persigo, por quien las yemas de estas torpes manos se tiñen de tinta azul cada mañana, por quien este torpe y descompasado corazón late febril; quien yo anhelo empeñado, por quien los últimos fragmentos de cordura marcharon sin portar equipaje, por quien este débil y melancólico suspiro se rasga, día tras día, con achaques moribundos.

         Quien yo quiero, a quien yo quiero. A ella, que adorna su desprecio con destellos suaves de luna.

         El mundo gira, y con él giran también mi deseo y mi desdicha. El mundo gira, con su dolor, su gente y sus vientos, y con él, muertos de miedo, mi deseo y mi desdicha. El mundo gira, vertiginoso y fugaz, alegre y descarado, ruidoso y encabritado, y con él, atrapados en su corriente, giran también, avergonzados, muertos de miedo, mi deseo y mi desdicha.

        Quien yo quiero, a quien yo quiero. Por quien esta vida de esperanzas, gota a gota, se desangra. A ella, que adorna su castigo con el castigo de su silencio. Y con destellos suaves de luna.


miércoles, 5 de junio de 2013

Maestro


         Si algo sé, si algo escribo, si algo surge de entre líneas, si algo percibo, si algo logra envolver y adornar con regalo y aliento este camino, si algo existe más allá de un verso, una coma o un destino, de papel, un destino de papel; si algo siento, si algo no lamento, si algo surge de entre líneas, de entre vocales torcidas, de entre riñas, si algo encuentro, si algo alcanzo a imaginar, o si ya imagino, si la verdad de mis sombras pretendo, si algo guardo en mis bolsillos, de papel, en mis bolsillos vacíos de papel.
          Si algo sé, si algo escribo, maestro, es por usted.


        Fragmentos de nube, colores cálidos que salpican de hielo la mañana, amores rotos que salpican de hielo mis entrañas, rachas de viento azul, enjambres que lastiman con mil aguijones, que causan dolor, un tibio dolor, banderas quebradas en el horizonte, sonrisas quebradas sobre el mantel desgarrado de la mesa, abrazos reconfortantes que empapan con su sangre la mañana, sueños rotos que renuevan con su sangre mis entrañas, añicos de conciencia, de poesía, de una vida que cojea, fragmentos de nube, la mirada fija y espeluznante de una mentira, destellos cálidos de un sol que entristece mi ventana, banderas quebradas en su vientre. Y más.


         Si algo sé, si algo escribo, si algo brota nuevo de entre líneas, si algo nace hoy desprovisto de abrigo, si algo a la locura consigue arrebatar su delirio, si algo reside más allá de un verso, un punto o un adjetivo, de papel, un adjetivo de papel; si algo experimento, si de algo no me arrepiento, si algo nace puro y sencillo de entre líneas, de entre consonantes heridas, de entre riñas, si algo anhelo, si algo se desliza cabal entre suspiros, si así lo imagino, si la certeza que ocultan mis miedos pretendo, si algo guardo en mis bolsillos, de papel, en mis bolsillos raídos de papel.
        Si algo sé, si algo escribo, maestro, es por usted. Si algo aprendí, don Aurelio, fue por usted.


domingo, 2 de septiembre de 2012

Piezas tuyas


         Hay un revuelo de ti en cada lugar, en cada sendero que piso, en cada viento que respiro, en cada viaje, en cada mejilla y en cada beso nuevo. Hay perfumes tuyos en cada habitación del hotel. La sonrisa del camarero es tuya, las manos amables del botones también. Me han enviado una chica al acabar la cena, y su ternura es tuya. Su amor prestado me resulta muy familiar, el negocio de sus caricias me recuerda demasiado a ti.
         Se ha marchado sin mediar más mentiras, y su brusquedad es tuya.

         "Estimado pasado:

        Apenas ha transcurrido un mes, y ya se ha espesado la niebla. Sólo un mes, y ya se ha hecho grande la añoranza. Llevo un desgarro en el tejido que cubre mis sueños. Es una estupidez intentar obrar un remiendo. La cicatriz lucirá mañana como el trazo de una mano joven y temblona. ¿Qué hay de ti? Me gustaría conocer tu rutina, ahora que no me pertenece. Sería maravilloso encontrarme unas líneas en el buzón. ¿Me escribirás? Si lo hicieras, sé piadoso. Omite los colores y el alba, no me hables de la música y tampoco de la miel que ayer recogí de sus labios. Si me escribieras, sé generoso. Necesito bálsamo para la herida y consuelo para las noches. Cuéntame que la viste un día asomada a su ventana, sé generoso, cuéntame que una lágrima moribunda se deslizaba por el dorso de su mano, y que era por mí, sé generoso, cuéntame que me evocaba.
        Apenas ha transcurrido un mes, y ya se ha empañado el cristal."

        
         Hay un revuelo de ti entre la gente. Piezas tuyas derramadas en cualquier lugar. Tu risa en cualquier conversación. Hay un revuelo de ti flanqueando mis pasos, una espiral de dolor y locura adornando las calles que camino.
          Me marcho sin mediar más mentiras. Y mi brusquedad es tuya.


domingo, 8 de julio de 2012

Epistolares (IV) - Abismo


           Estimada mía:


Apenas alcanzo a respirar. Me aprietan las cadenas, me ciñen con desmedida fuerza a la cama. He intentado pedir auxilio, y el sólo esbozo del gemido me provocó un leve desmayo. Apenas alcanzo a respirar. El rumor lejano de mis propios latidos me atormenta y asfixia, como una letanía envenenada que suspende la coherencia del pensamiento y lo enturbia, y que acaba tensando aún más las cadenas. Me ahogo, estimada mía. Me ahogo, y es por mi bien.
A ambos lados de la cama se extiende un abismo. He mirado en su interior y no he encontrado nada. No hay rastro de sufrimiento, ni de consuelo. No hay dolor ni arrumacos. No he divisado locura, tampoco sensatez. Sólo abismo. Ni luz cegadora ni oscuridad tenebrosa; sólo abismo. Insalvable y profundo, mudo, cercano y tentador, a un lado y a otro de la cama.
Me ahogo, y sé que es por mi bien.
Te escribiré.


lunes, 25 de junio de 2012

Lo que hice ayer


         La misión que he tenido, la que con más afán he llevado a cabo, ha sido perderte. Fue una misión secreta, incluso para mí. Ha sido el trabajo más minucioso que jamás he realizado, mi mayor hazaña. Y, como siempre ocurre cuando se pone empeño en cumplir bien un propósito, el resultado fue satisfactorio. La misión fue un éxito. Te perdí, te aparté de mi vida. Una maniobra impecable.
          Lo que sucede es que ahora no encuentro el regocijo, no sé dónde he puesto la euforia. Por más que lo busco, no encuentro el entusiasmo que dejan las buenas obras. En los cajones del armario no hay ropa, sólo trampas. He resuelto organizarme, pero sucede que ahora no encuentro el humor de ayer, no sé dónde he guardado el sarcasmo. Por más que las busco, no encuentro las bromas con que burlé entonces la madrugada. En las hojas del calendario no hay fechas, sólo trampas. He resuelto organizarme, pero sucede que ahora no me encuentro, sucede que ahora todo está cambiado. En los reflejos del cristal no hay miradas fugaces, sólo trampas.
         Debiste gritar que te dolía, o que la noche te hacía temblar, o que te daba miedo cruzar la calle sola. Debiste hablarme al oído. Debiste enseñarme a escuchar, a entender lo que decías. Debiste hacerlo.
         A lo que he brindado mi tiempo, a lo que más tesón he puesto en mi vida, ha sido a perderte. Fue una labor misteriosa, incluso para mí. Ha sido el trabajo más escrupuloso que jamás he realizado, mi mayor proeza. Y, como siempre ocurre cuando uno se entrega por acabar bien su tarea, el resultado fue satisfactorio. Lo que hice ayer es francamente insuperable.
          Ya ves, me dediqué a perderte.


domingo, 27 de mayo de 2012

Epistolares (III) - Mercado


           Estimada mía:


Hoy salí a conocer la ciudad. Salí a caminarla, a respirar el aire de sus calles nuevas. Me detuve en el mercado, y allí me detuve. Fue el aroma amable de la fruta en los puestos, fue el atropello dulce de las conversaciones, la risa de un niño descamisado, el baile apresurado del tendero, de sus manos, el ir y venir de mis recuerdos desleídos entre las cajas de madera. Me atrapó el pasado, y allí quedé atrapado.
Imagino, estimada mía, que tan sólo transcurrió un minuto, que mi delirio no fue más que una brevedad melancólica, una broma fugaz de mi mente enredada, pero alguien atisbó mi naufragio y me arrojó un cabo, pero alguien, a pesar de mi tímida y fugitiva locura, atisbó el naufragio y me arrojó un cabo. Me arrojó una sonrisa, y a ella me aferré, y abrazado a ella quedé flotando en mitad del océano.
Alcancé la orilla poco después. Desembarqué de mi fantasía. Regresé al hotel, a la habitación desnuda.
Te escribiré.


domingo, 29 de abril de 2012

Inventarme la vida


         No es fácil, pero me empeño. He aprendido a comprar el pan y a no comerlo. He aprendido a mirar el espejo y a no juzgarlo. Me duelen los senderos del jardín, me aprietan los pies. Por las tardes, el sol se me destiñe. Pobre sol, que antes fue tuyo y ahora no tiene a nadie que lo saque a pasear, a nadie que le preste un mimo. No es fácil, pero me empeño. Me empeño en inventarme una vida que hoy parece prestada. Me empeño, me insisto, pero no es fácil. Me duelen los colores, me aprietan el aire. Por las noches, la brisa se desnuda en mi ventana y borra tus huellas. He aprendido a no mirar tus pisadas, a sortearlas de puntillas. He aprendido a olvidarme contigo. Ya no quiero que nadie me desordene el gesto. Que nadie venga, que nadie quiera. He aprendido a no juzgarme, a no mirarme. Estoy inventándome una vida repleta de medias noches, escasa de luces. Me empeño, ya sabes cómo me empeño frunciendo caprichos. Aunque no sea fácil. He aprendido a correr el agua en las manos y a no beberla. He aprendido a soñar las madrugadas, a pintarlas de fresa, de la fresa que fue tu boca en aquel teatro. Que nadie venga, que nadie añore, que he comenzado a inventarme una vida sin ti. Que nadie moleste ahora.
         Ahí va la niña de azul, calle abajo, con lazo y caramelo. Ahí van sus ojos de muñeca, con pestaña y caramelo, mirando el mundo dos veces. Me sonríe, no sabe quién soy pero sonríe. Le sonrío. Alguien le ha traído un beso esta tarde; lo lleva sujeto con un cordel, apretando fuerte los dedos para que no se le vuele. Ahí va, calle abajo, niña hermosa de azul, niña de lazo, pestaña y caramelo, ojos grandes, de abismo inmenso, labios de vértigo suave y seda roja, mejillas de rubor nocturno. Ahí va, niña azul, caminando para mí, caminando conmigo, y yo, enredado en los destellos de su pelo, caminando con ella, acunado en su inocencia. Niña azul de versos rizados, niña de cristal y primavera temprana. Yo contigo, si tú quieres.
         Que nadie moleste ahora, que nadie venga. Que me dejen en paz la pena y el invierno, que se vayan, que no me añoren. Que estoy inventándome la vida.


sábado, 14 de abril de 2012

Epistolares (II) - Bruma


           Estimada mía:


A mi llegada, no encontré otra cosa que gente extraña y bruma. Había anochecido profundamente, perpetuo e incómodo viaje, y en las calles desconfiadas de esta nueva ciudad no hallé un sólo gesto amable; no hallé un sólo gesto, en realidad. Noche, recelo ajeno y más noche. El recepcionista del hotel apenas levantó la mirada un instante de su libro enorme y deslavazado. Apenas lo alteró mi presencia; apenas me conmovió su displicencia, en realidad.
Amanece ahora, más allá de las cortinas, más allá del horizonte desgarrado. Un sol enfermo se pone en pie con dificultad, desafiante, con la calma tediosa de un anciano moribundo. Empapa los tejados con su luz primeriza, irrumpe en este dormitorio roñoso y desnudo, en este ajeno y desangelado rincón, aún más horrible sin su disfraz de penumbra. Desordena y destempla mi ánimo también, luz hiriente, antipática, suspicaz. Se interpone entre mi nostalgia y mi rencor, entre la duda y el temor, entre la ansiedad y el hastío.
Dormiré todo el día. Soñaré sin soñar sueño alguno. Anhelo el regreso de las sombras, de la noche dulce y fría, de su bruma.
Te escribiré.



lunes, 26 de marzo de 2012

Epistolares (I) - Viaje


           Estimada mía:


Hoy, por fin, abandoné la ciudad. Reuní los fragmentos de valor que nunca tuve y los guardé con recelo en un bolsillo del abrigo. Y es una de mis manos, constante y desconfiada, quien vigila su confinamiento. Locura y ansia, como sabes. No hay magia alguna en el vientre de esta serpiente rígida, ni en el vaivén, que no hay, de su torsión estremecida. No hay magia ninguna en el ocaso del día, que diviso ahora, sin lágrimas de añoranza, no a través del cristal sucio y vulgar de este vagón. Un niño, detrás, junto a las maletas, está jugando con su muñeco. Y no hay magia en sus ojos, que ahora contemplo, sin emoción siquiera; no más de la que confiere la inocencia y el ánimo de indagarlo todo. Su madre, pues debe de serlo, a su lado, junto a las maletas, parece ahogarse en un mar encrespado de apatía. No hay magia en su dolor, que no atisbo tal, sino derrota, ni nostalgia en su vacío. Ni compasión en el reparo que de ella hago. Hoy no. Esta tarde no. No en este tren. No a costa de mi tormento y mi propia desidia.
Mi mano palpa el bolsillo. Siguen ahí los añicos del valor. No registra movimiento. No hay atisbo de fuga.
El niño se ha dormido. Te escribiré.