jueves, 27 de octubre de 2016

De locura y naufragio


         La arena descorazonada y frágil de una playa. El agua tibia, decepcionada. Vadear el inmenso océano, a tientas. Navegar de puntillas. Naufragar bajo lunas llenas. La memoria varada en una isla cubierta de espinas. El dolor, deshabitado.
         A un lado y a otro, las huellas del tiempo. Lágrimas rotas en las ramas podridas de un árbol, como anillos sin oro en los dedos delgados de un hombre pobre. Un fuego enfermo y solitario combatiendo el frío, templando la brisa ciega del invierno, que se acurruca trémula en el vientre de la colina. Los ojos fugaces del remordimiento, riendo entre los arbustos marchitos.
          -Ven, y viaja conmigo.
          -Hoy no.
          -¿Tienes miedo?
          -Son tus manos heladas en mi cuello.
         A un lado y a otro, las orillas del tiempo, los márgenes despeñados del camino. Cicatrices nuevas en la corteza del recuerdo, como trazos sin tinta en las páginas de un cuaderno desmayado. Nubes de consumida guerra combatiendo sin cordura, arrojando diluvios desvaídos. El reloj se acurruca, adormecido, en el regazo de una roca.
          -Ven, y muere conmigo.
          -Hoy no.
          -¿Tienes miedo?
          -Es tu compasión y sus caricias descarnadas.
        A un lado y a otro, la sangre derramada, la arena frágil, el agua tibia, el océano a tientas. Navegar de puntillas y naufragar bajo lunas llenas. Mi corazón varado en una isla cubierta de espinas.


jueves, 1 de septiembre de 2016

El hombre perseguido por su sordera


         Tocaba a su puerta, implacablemente puntual. La sombra de sus zapatos se colaba por la rendija y se arrastraba por el suelo mugriento hasta su mesa, como una serpiente testaruda. Tocaba su sordera a su puerta, empedernidamente puntual.
         -¿Quién es? -preguntaba retóricamente el hombre, temblando de miedo.
         -Tu sordera.
         -¿Quién? -preguntaba más retóricamente aún.
         -Tu puñetera sordera.
         Al hombre lo fascinaban los fuegos artificiales. Odiaba las fiestas, pero en las fiestas había fuegos, y así acababa odiándolas menos. Lo fascinaban las mujeres desnudas. Odiaba los burdeles, pero en los burdeles había senos desnudos, y así acababa odiándolos menos.
         -Abre la puerta.
         -No. Tengo miedo -decía, retóricamente, y temblaba.
         Al hombre lo fascinaban las pinturas, los paisajes de caza con perros y caballos, los cestos preñados de manzanas rojas. Odiaba los museos, pero en los museos había centenares de óleos y acuarelas, y así acababa odiándolos menos. Lo fascinaban los buques mercantes. Odiaba los puertos, infectados de borrachos y gaviotas burlonas, pero en los puertos había mercantes, y así acababa odiándolos menos.
         Tocaba su sordera a su puerta, inhumanamente puntual. La sombra espesa de sus garras se colaba por la rendija y se arrastraba por las paredes desempapeladas hasta su cama, como una terca serpiente. Tocaba su sordera a su puerta, y el estruendo intermitente le encogía el alma.
         -¿Quién es? - preguntaba retóricamente el hombre, estremecido.
         -Tu sordera.
         -¿Quién? -preguntaba más estremecido aún.
         -Tu maldita sordera.
         Al hombre lo fascinaba la música que brotaba del clarinete, las notas amargas y desnudas que arrojaba con exquisita dulzura el piano. Odiaba el mundo que lo rodeaba, pero en el mundo había hermosas melodías, y así acababa odiándolo menos.
         -Abre la puerta.
         -No, que me arrebatas la vida, y sin la vida ya no podría quedarme nada.
         Tocaba a su puerta, sañudamente puntual.


viernes, 29 de julio de 2016

El carrito de los muertos


         Al carrito se lo escucha llegar cada mañana con los primeros rayos de sol. O con el primer café, si amanece gris o lluvioso. Se escucha el crujir y el chirriar de las ruedas, que es como el lamento de un pobre en mitad de una noche fría. De un pobre animal desangrándose en una trampa.
         Del carro tira un anciano. De cada una de sus mejillas pende una vida rota, un haber querido amar y haber perdido en cada apuesta. De sus ojos, un futuro breve y vacío. Es el macabro contenido del carrito lo que impulsa al anciano a seguir tirando de él cada mañana. De no tener carga, el anciano habría pasado los días en la cama, acariciando con desidia los flecos podridos de su maldición, la de haber vivido.
         Cuando se detiene a beber agua, su madre le habla.
         -Maldigo el día en que naciste.
         -Madre…
         -Maldigo la sangre que te recorre las venas.
         Luego, el anciano reanuda la marcha y su madre regresa bajo tierra.
         Hoy, el sol castiga con dureza. Pero hay niños en la aldea, y el anciano debe apretar el paso. Porque los niños son curiosos y siempre rodean el carro, y hacen preguntas, y al anciano no le quedan ya respuestas, sólo medias mentiras. Aprieta el paso, y los años le aprietan la garganta. De no tener carga, el anciano habría muerto muchos senderos atrás.
         A veces, en esos días en que ningún pajarillo adorna el camino, en esos días en que el aire es pesado como el plomo, el contenido del carrito le habla, como su madre cuando se detiene a beber agua. En esos días, el contenido del carrito lo atormenta.
        Hoy, el carrito lo atormenta. Los muertos que en su interior se retuercen, como grotescos escombros de carne, golpean con fuerza las paredes de madera. El anciano disfraza su desmayo y aprieta los puños, y tira más rápido del carro, y contempla fijamente el horizonte, negando los gritos.
         -Somos tu pasado -le recuerdan los muertos del carro-. Somos tu pecado.
       No hay pajarillos adornando el camino. El aire pesa como el plomo. El reguero de sangre que deja el carrito se mezcla con la arena y dibuja a su paso una horrible cicatriz. De no tener carga, nada forzaría al anciano, cada mañana, a seguir huyendo.


miércoles, 29 de junio de 2016

El niño que fue a votar


         Era muy pequeño y arrastraba su voto por la calle como si fuera un felpudo de cartulina, como una alfombra voladora que se resistía a volar.
         -Buenos días, renacuajo. ¿Adónde vas?
         -Lejos de usted.
       Era muy pequeño. Se encaramaba a los bordillos de las aceras con dificultad, como un alpinista en miniatura. El voto le venía grande, y los zapatos prestados de su hermano también. Cuando alcanzó la plaza, el sol desafiante le chamuscó el rizo rubio que le adornaba la frente.
         -Buenos días, pequeñajo. ¿Adónde vas?
         -Lejos de aquí.
       Entró en el colegio. Era domingo, y los domingos los colegios no existen. Tienen colores distintos. Olía a café y a colonia de abuelo. Arrastró el voto, que a su lado parecía enorme, como una sábana de cartón, y trató de elevarlo hacia la urna.
         -¿Qué haces aquí, campeón? ¿Y tu papá?
         -Lejos de mí.
        El voto pesaba demasiado. Se resistió a volar. Entonces, el hombre amable de sonrisa amable que amablemente había preguntado por el papá, se fijó en esas cosas curiosas que el niño llevaba sujetas a la cintura, en esos caramelos gigantes de plastilina que le ceñían las caderas como adornos de Navidad.
        El colegio estalló en mil pedazos. El hombre amable, con su sonrisa amable, voló por los aires. El voto no, porque pesaba demasiado. Porque era como la capa gruesa y larga de un vampiro.
         En la plaza, una mujer aturdida confundió el calor de la explosión con el de un horno de pan. El colegio ya no estaba. Era domingo, y los domingos no existen los colegios. Porque tienen colores distintos. En la plaza, ahora, olía a café y a colonia de abuelo. Y al oscuro y agrio aroma de muerte que bajaba por las baldosas como un reguero de lágrimas mudas.
         -¿Qué ha pasado? -preguntó la mujer aturdida, muy aturdida.
      Un hombre tembló de espanto, a su lado. Quiso decir algo, pero no encontró nada. Desalentado, confundió el calor de la explosión con el de aquel verano que tan feliz había sido.
         -El niño -murmuró-. El niño.


martes, 31 de mayo de 2016

La gran mentira


         A Esteban le han contado que existe un amanecer diferente: cuatro soles, no uno, y un campanillero vestido de azul anunciando el alba. Una carreta de caramelos de menta tirada por un gato amarillo, niñas de múltiples cabezas jugando a la comba y un sacerdote en bañador leyendo en voz alta un libro de cocina.
           Esteban se lo ha creído, pero no le gusta.
         Una realidad distinta, le han dicho. La mula almuerza pan con chocolate y la abuelilla que se sienta al sol cada tarde, junto a la panadería, corretea por el parque haciendo el pino. Jamón de azúcar, tortas de adobe y turrón en almíbar salado. Sonrisa permanente en el rostro del que pide para comer, chiste y alegría en el entierro y payasos desmaquillados. Hambre poca, la justa, y apretones de manos en las esquinas. Coches que murmuran, que acarician el suelo, lápidas resquebrajadas que trepan por la fachada del monasterio como serpientes de seda y cientos de globos rojos plomizos enredándose en la veleta del colegio.
        El campanillero azul anuncia también que se echó una novia y que la quiere, y que está esperando un hijo.
         -¿Para cuándo? –pregunta Esteban.
         -Para finales de abril –le dice el artista.
         -¿Y su novia está contenta?
         -Ella aún no lo sabe.
         Le han contado que la fruta no siempre es fruta en este mundo inusitado, que los plátanos son de oro, que las mandarinas son un regalo de dios, que las cerezas son las cuentas de un collar, que aquella sandía es la cabeza de un demonio, y que la nata de las fresas es el llanto de una sirena que vuela.
         -¿Por qué llora?
         -No puede explicarse todo.
         -Me gusta. La sirena sí me gusta.
        Ladran los canarios y maúlla el borrico. Rinocerontes enjaulados y un caballo repartiendo cartas sobre un tapete gris. Humo violeta en las chimeneas, una flor de pétalos escalonados en lo alto de una verja y un ratón con gafas que mastica regaliz.


         -Bueno, ¿qué te parece?
         -No entiendo mucho de pintura, ya lo sabes.


jueves, 28 de abril de 2016

El ascensor


         Coincide cada mañana con el taxista, que ahora conduce un autobús. Se saludan siempre escuetamente y, después, cada uno mira a un lado. El taxista usa perfume denso y caramelón, como caramelonas son sus caricias en el tirador de metal de la puerta del ascensor, o en los botones, o en los cristalitos de dentro, que son como las ventanitas de un submarino.
           El taxista se aleja. Coincidirán más tarde, tal vez por la noche.
         Tropieza cada mañana con la pelirroja de la bufanda azul, que se operó las pecas y ahora luce el rostro blanco y despejado. Se saludan con un gesto leve, marchito de efusividad, y, después, cada uno mira a un lado, aunque ella siempre afecta cierto recato. Bien sabe él que es postizo; la conoce ya mejor que su madre.
          La pelirroja se aleja. Tropezarán más tarde, tal vez al mediodía.
         Se reúne un instante, cada mañana, con el fumador de puros del tercero, el que tose de tres en tres, que ahora fuma en pipa. Se saludan siempre sin saludarse; los buenos días viajan escondidos en la boina del fumador. Cada uno mira a un lado, atienden con fingido interés al crujido de los cables, repasan los planes del día...
         El fumador se aleja. Se reunirán más tarde, tal vez con el ocaso.
         Y se enamora cada mañana de la morena del abrigo oscuro, que suspiró un día en el diminuto universo del ascensor y, ahora, aun cuando ella no está cerca, el suspiro se arremolina y le acaricia el alma. Se enamora cada mañana con la melodía de sus pasos, que es un tamborcito de procesión, con el aroma que regalan sus movimientos más sencillos; se enamora con verla, con escuchar el tictac orgulloso de su reloj. Lo saluda ella, siempre con frescura, empapada de vida, pero él calla porque no tiene voz y, después, muerto de miedo, se refugia mirando a un lado.
         La morena del abrigo oscuro se aleja. Él volverá a enamorarse más tarde, tal vez antes de que se ponga el sol.
          Los días se hacen largos. El silencio es de piedra y ahoga. A veces, los niños juegan con él a media tarde: arriba, abajo, arriba... El portero de la finca les regaña y amenaza con contárselo a sus padres, pero ellos se ríen y echan a correr, y enseguida, en cuanto el portero se distrae en la calle, regresan con sus juegos latosos, y otra vez arriba, y abajo, y arriba... Y el ascensor, en el fondo, agradece la presencia cargante de los niños, porque así logra separar su mente del abrigo oscuro, y se olvida un poco de las horas que restan para enamorarse de nuevo.


lunes, 28 de marzo de 2016

El hombre y su condena


         No tendrá más de cincuenta años. Ni un latido más, ni un latido menos. Camina calle abajo, fingiendo que su cojera es casual, fingiendo un miedo que no tiene, ocultando un valor que apenas lo sostiene. Ni un latido más, ni un latido menos. El hombre arrastra una cadena tras él, una serpiente enorme de enormes eslabones de acero. Es un sonido, el de su chirrido ominoso, que arranca en los curiosos un ahogado gesto de sorpresa. Pobre hombre, dicen algunos, fingiendo compasión. Ni un latido más, ni un latido menos.
         El olor de la culpa ha impregnado los tejados. Y allí perdurará. Permanecerá sobre las casas como una vergüenza, como un sonrojo que no diluye el tiempo. Quisiera mirar hacia otro lado, pero no puedo. No quiero. Quisiera creer en su inocencia, pero no puedo, no quiero. Su culpa es mi certeza, su condena es mi placer. Quisiera, pero no quiero.
         El hombre se arrastra calle abajo. No tendrá más de cincuenta años. Apenas un latido más, apenas un latido menos. Ha sonreído a la mujer de la pescadería, ha sonreído al horizonte, al niño del panadero, a la hija del jardinero. Ha sonreído a su destino, fingiendo que sus heridas son casuales, fingiendo un dolor que no tiene, ocultando una firmeza que a duras penas lo sostiene. Apenas un latido más, apenas un latido menos. El hombre se ha abrazado a su cadena, a su serpiente enorme de enormes eslabones de acero. Es un sonido, el de su pecado ominoso, que arranca en los curiosos un ahogado grito de complacencia. Malnacido, dicen algunos, fingiendo justicia.
            Apenas un latido más, apenas un latido menos.