lunes, 7 de enero de 2013

La vida huele


         Estoy en la sala de espera de un hospital. Estoy esperando algo, no sé muy bien qué es. Estoy mal sentado en una silla rígida, mal dispuesto a seguir esperando, y el olor del amoniaco me aterroriza. Está por todas partes. Es un monstruo de zarpas amarillas que me espía por la rendija de una puerta entornada. Es un monstruo agrio que me intimida y, con alevosía, me aparta de los demás olores, encubriéndolos.
         Ha salido un médico a la sala de espera, a esta sala blanca que es como la habitación secreta y siniestra de un extraño museo de cera. Somos pocos los muñecos, aunque suficientes para completar una colección insólita. Somos la obra maestra de un artista perturbado, un trabajo perfecto de imperfecciones. Si hubiera un espectador, afortunado o no, admiraría nuestra belleza. Pero el médico recién llegado no es más que un mero conservador de museos, implacable en su oficio. Se acerca despacio a uno de nosotros y le habla con murmullos.
         En mi infancia había murmullos como ésos, y olían a pan. En mi infancia había una diosa detrás de un mostrador, en una panadería, y todos la veneraban. Los hombres murmuraban junto a su puerta, enloquecidos, y yo acudía cada mañana a verla con el pretexto de un recado, con las monedas y mi firmeza débil de varón en un bolsillo, dulcemente estremecido, y le robaba con desmaña una sonrisa. Luego, regresaba a casa abrazado a su aroma a pan. Pero es el monstruo agrio quien ahora me aparta de él, egoísta y perverso, para acobardarme.
        El médico ha hecho llorar con sus murmullos al muñeco de cera, que poco a poco se derretirá, que acabará fundido por un dolor que debe de quemar como el fuego. O quizá más. Yo soy su próxima víctima, no hay duda, pues me ha mirado un momento con el disimulo torpe del verdugo. Se ha marchado, pero sé que volverá a por mí. En mi infancia había miradas parecidas, aunque más suaves e ingenuas, y olían a hierba mojada. Tenían la misma torpeza, la misma fugacidad. Eran las miradas de una niña en el parque, una niña del barrio en un parque del barrio, al atardecer, cada atardecer. Eran las miradas tibias y punzantes que me distraían del juego, de mis amigos, de mis años de adolescente, y que después me hurtaban el sueño en la cama. La almohada siempre me recordaba su aroma a hierba. Pero es el monstruo amargo quien ahora me aparta de él, malicioso y desalmado, para amedrentarme, para dejarme solo y desnudo de olores en esta habitación de museo.
         Ahí llega el médico de nuevo. Se acerca despacio.
         Sólo somos muñecos.


martes, 18 de diciembre de 2012

La auténtica Navidad


         La mujer no descansará hasta que vea el reflejo de las luces allá a lo lejos, en la revuelta del camino. Son las nueve de la noche. En el campo siempre hace más frío que en la ciudad. Fuera, en el jardín, un vientecillo traidor está agitando los árboles y estremeciendo al pobre perro guardián, que no encuentra refugio ni consuelo en la caseta.
        El salón más grande de la casa está atestado de gente que parlotea sin cesar. Los niños más traviesos están deshojando el arbolito; casi lo han dejado desnudo de adornos. Ahora, las bolas rojas corretean por el pasillo igual que un torpe ejército de ratones, rebotando contra el zócalo con esos sonidos huecos e inquietantes que tan nerviosa están poniendo a la mujer.
         -Estaos quietos, por favor -dice ella, pero los niños se empeñan en jugar.
         Los padres de los pequeños charlan animadamente sin prestar atención al alboroto.
         Las nueve, piensa la mujer con un suspiro, y aún no llega. El cristal de la ventana se empaña con su aliento.
         Qué sufrimiento, qué agonía silenciosa. Ser madre significa no disponer de un momento de calma verdadera. Ser madre supone imaginar a cada instante que la garra monstruosa de la fatalidad acaricia a sus hijos en cada una de las curvas del trayecto. Una vez, no hace mucho, despertó de madrugada envuelta en sudor, fugitiva de un sueño tenebroso en el que su hijo perdía la vida al volante de su automóvil. Cuando recobró el aliento y se cobijó en la dulzura cálida de una manzanilla, trató de imaginar cómo sería el después, el día a día de una existencia sin él, la jornada siguiente a su pérdida... y casi enloqueció.
         Las nueve y media, noche cerrada. La mesa está repleta de embutido y botellas de buen vino. Hay queso, unos mejillones en escabeche muy barrigones, almejas, espárragos de aspecto suculento, un cuenco rebosante de aceitunas, pescaditos rebozados... En la cocina hay varios platos de turrón y mazapanes, más botellas de vino y otras tantas de cava, un pastel jugoso de fresa y yema tostada en el frigorífico, una botella de licor de avellana bien fría...
         La mujer no tiene apetito. Uno de los niños se ha acercado hasta ella y le ha deseado feliz Navidad entre titubeos y una graciosa media lengua. Ella le sonríe y le revuelve el cabello.
         -Hala, ve a jugar, cariño...
         Una luz destella a lo lejos, en la curva. Es un coche azul. Es... ¿es él? Sí, gracias a dios. Ha llegado, es su hijo. La mujer respira satisfecha.
         Ya es Navidad.


martes, 4 de diciembre de 2012

En un banco


         Lo malo de estar muerto es que ya no hay remedio. Son pocas las cosas que uno puede hacer cuando se ha ido. Contemplarse a sí mismo es una de ellas, es una de esas pocas cosas que uno puede hacer. O pensar en el pasado. O recrearse en la muerte, en la soledad, en la inmovilidad. Lo malo de estar muerto es que ya no hay vuelta atrás, ya no hay reproches, no sirven. Los reproches nunca sirvieron para nada, y hoy tampoco ayudan. La brisa del jardín apenas me acaricia, se ha vuelto antipática. Este banco frío es antipático.
         Son muy pocas las cosas que uno puede hacer cuando se ha ido. Lamentarse es una de ellas, es una de esas pocas cosas que uno puede hacer. O sufrir. O recrearse en la indiferencia del tiempo. Son muy pocas las cosas que uno quiere hacer cuando se ha ido. Sonreír es una de ellas. O fingir, encoger los hombros y fingir que todo sigue, que todo está bien, que nada ha cambiado. Lo malo de estar muerto es que sólo hay distancia. Entre el día y yo, entre los objetos y yo, entre la realidad y yo sólo hay distancia. Entre tú y yo, ahora, sólo hay distancia. El ruido lejano de la calle apenas me recuerda que ayer estuve aquí, el color de la hierba ya no me conmueve, la melodía triste del viento ya no me conmueve. Sólo el dolor lo hace, y el dolor es mío. Me conmueve porque es mío.
         Estoy dejándome llevar. En algún rincón oscuro de la conciencia se ha abierto una ventana. Estoy permitiendo que los lazos hirientes de la culpa se anuden y me asfixien. Si pudieras verme… Te colmaría de orgullo examinar mi derrota. Estoy dejándome arrastrar. Si pudiera verte… En algún peldaño mellado de la soberbia se ha abierto una brecha. Estoy consintiendo que el aire se escape, estoy cediendo al vacío.
         Lo malo de estar muerto es que te he perdido. Apenas quedan cosas que uno pueda hacer cuando se ha ido. Añorarte es una de ellas, es una de esas cosas que apenas quedan. O mentirme. O empolvar los motivos del corazón, diseñar de nuevo el engaño y maquillar los latidos. O rendirme. Porque lo malo de estar muerto, lo peor de esta vigilia que no acaba es que te he perdido.


martes, 20 de noviembre de 2012

Veneno


          Resulta muy complicado creerte.
         Noches enteras de ojos abiertos. Noches de cortinas oscuras que vigilan con sigilo y calma el horizonte de las calles, allá donde acaban, allá donde muere su repecho y se convierten en montaña pobre. Noches de cortinas quietas que patrullan por mí. Alguien viene, alguien se tambalea en mitad de la bruma, eres tú. Y no eres. Alguien baja la pendiente hiriendo con tacones de acero este silencio de seda, eres tú. Y no eres. Un destello en la pared del dormitorio, el reposo de mi pecho en mil pedazos, eres tú. Y no eres.
       Se puede hilar con veneno una trampa y servirla como una pasta de té. Se puede. Es la argucia de un corazón infectado. Y se puede morder esa galleta con ojos cerrados y alma ansiosa de fe, y morir después, y estar muerto sin saberlo. Se puede también. Es la inocencia de un corazón que camina a tientas entre espinos.
          Resulta muy complicado quererte.
         Tardes enteras de brazos abiertos. Tardes tibias de relojes cansados, de pianos descalzos, de vientos descaminados que se levantan con languidez, sin ánimo, con el ánimo de levantarme el ánimo marchito; tardes plomizas de pájaros mudos, de un sol que me mira fijamente sin querer mirarme, sin querer y sin quererme, que me juzga y se apiada, que me acusa y me condena, y que después me indulta; tardes difuntas de esperas sin fruto, de flores difuntas sin color, de mariposas torpes, de recorridos vagos, de murmullos arrugados; tardes intrusas de atardecer prematuro. Alguien baja la calle, eres tú. Y no eres.
         Se puede morir con tu veneno. Se puede. Yo puedo.
         Resulta muy complicado perderte.


martes, 6 de noviembre de 2012

El cerdo y la mariposa


         La culpa fue de ella, siempre fue de ella. Porque en su cabeza se había formado una idea equivocada, la idea absurda de un romance.
        Todo el mundo sabe que una mariposa no puede enamorarse de un cerdo, y, si lo hace, corre el riesgo de que la encierren en una jaula para mariposas locas. Además, un cerdo jamás se fijaría en una mariposa. Y, si lo hiciera, sería para después atraparla y comérsela. No repararía en ella como dama, menos aún como prometida; no ostentaría modales ni atenciones caballerosas, no se mostraría siquiera cordial o amable; sólo querría comérsela. Sería la conducta normal en un cerdo.
          La culpa fue de ella, siempre fue de ella. Se había distraído una mañana, una mañana tonta y aburrida de sol parsimonioso. Se había distraído saltando de flor en flor como una borrica hasta que dio, sin pretenderlo, con el charco de barro donde retozaba el cerdo. Quizá fue el cansancio de la mariposa, que no había dejado de saltar en toda la mañana, o quizá fue que era idiota sin más; la cuestión es que vio en aquel gorrino sucio a su príncipe azul, un color que distaba mucho del que en realidad lo envolvía. Lo vio y pensó que era el hombre de su vida, el héroe de su cuento de hadas, su futuro marido. No vio el barro ni la actitud holgazana del cerdo, no escuchó sus gruñidos de cerdo ni vio la porquería que se le escurría por las orejas. La mariposa sólo tuvo ojos para la belleza interna del animal, que debía de estar muy interna en aquel momento, a juzgar por la estampa de caca que lucía. Se enamoró de él, plenamente, sin reparos, sin prejuicios de ningún tipo. Se enamoró del cerdo abiertamente, y así se lo dijo: “Te quiero, cerdo”.
         Pero el cerdo no la oyó. Ni siquiera la había visto. Apenas percibió el revoloteo leve de la mariposa, que iba de un lado a otro con emoción y nerviosismo, cautivada, agitando frenética sus alas frágiles, tan sedosas, de colores horteras. El cerdo no escuchó su declaración amorosa; estaba inmerso en el disfrute de su retozar, estaba revolcándose feliz en el barro, estaba gozando de su recreo. Él no sabía nada de mariposas imbéciles que se enamoraban de cerdos. No era ése su estilo de vida.
        “Te quiero, cerdo”, repitió la mariposa. Y, como el cerdo no le hacía caso, ella volvió a repetirlo: “Te quiero mucho, cerdo”. Se lo dijo una y otra vez. Y después se acercó a él y se lo gritó a la cara, se lo gritó en las orejas, se lo gritó desesperadamente una y otra vez. Hasta que el cerdo, que seguía sin verla, dio un manotazo al aire y, sin querer, la despachurró.
          Pero la culpa fue de ella.


domingo, 21 de octubre de 2012

Desencajado


         Con los primeros fríos de mayo, apareció dibujada en el cristal la silueta de tu primer capricho. El cielo estaba más revuelto que nunca, mucho más agitado que entonces, y en él rompían las olas con furia, con enojo amargo e impaciente. En el tejado había un piano, y, junto a él, un hombre que no sabía tocar, y, junto a él, un niño que no sabía escuchar, y, junto a él, un gato sin vida que no sabía jugar. Hallé una alfombra en el aire, estrecha y azul, entre tu ventana y la mía, pero no encontré valor para caminarla. Siempre tuve miedo a las alturas. Había un sombrero colgado en la percha de la pared, muy cerca de la arena de la playa, y una mesita de noche en el portal.
          Con las primeras nieves de mayo, apareció dibujada en mis manos la huella de tu primera sonrisa. La calle había llorado esa noche y tenía los ojos hinchados. El semáforo de mi esquina había perdido la luz verde. Hallé un cuento mal escrito en el suelo del jardín, entre el río y la montaña, pero no encontré valor para caminarlo. Siempre tuve miedo a las alturas. En el vagón del tren había un acordeón viejo, y, junto a él, un cadáver que no recordaba la melodía, y, junto a él, un niño que no recordaba cómo apartar los ojos, y, junto a él, un muñeco de trapo que no recordaba el sendero de vuelta. Había una camisa sin botones sobre la silla, en mitad de las vías, aguardando a que el reloj sirviera el café. Había azúcar en los zapatos y galletas de madera en los bolsillos del pantalón.
         Con los primeros hielos de mayo, apareció dibujada entre las sombras el contorno de tu primer desaire. La niebla del amanecer se había dormido en el sofá y me miraba despacio, sin reproche. Tu ventana no estaba. La montaña no estaba. Sobre el puente había un violín desarmado, y, junto a él, un músico que fingía vivir, y, junto a él, un niño que fingía reír, y, junto a él, una gota de lluvia que fingía estar en calma. Me habría gustado subir a ese puente, pero siempre tuve miedo a las alturas. Me habría gustado fingirte allí. Y dar color, desde arriba, a este mundo desencajado.


domingo, 7 de octubre de 2012

Niño sin regalo


         Ocurrió una mañana de invierno y chocolate. Ocurrió mientras tú dormías. El niño se levantó de la cama y corrió a buscar el regalo de cumpleaños. Lo halló en la mesita del recibidor. Era una pelota roja. Y con tanto entusiasmo se abrazó a ella que se le escurrió y salió despedida. La pelota botó en el suelo varias veces y después escapó por la ventana, rompiendo el cristal. El niño bajó la escalera a toda prisa y persiguió la pelota calle abajo. La perdió de vista, y se detuvo. Miró a su alrededor y descubrió en un portal a una niña que jugaba con un muñeco de trapo.
          -Estoy buscando una pelota roja –dijo el niño sin regalo.
          -¿Es muy importante para ti? –le preguntó la niña. Y él contestó:
          -Si no la encuentro, seré infeliz.
         La niña le indicó el camino por donde se había alejado la pelota, y él corrió tras ella. La divisó al final de la calle, botando entre unas cajas de cartón. Luego, la perdió de vista. El niño se detuvo y miró a su alrededor, y descubrió en un portal a una mujer que jugaba con un gato.
          -Estoy buscando una pelota roja –dijo el niño sin regalo.
          -Te echan de menos en casa. ¿Por qué no regresas? –le preguntó la mujer. Y él contestó:
          -Si regreso sin ella, seré infeliz.
         La mujer le mostró el lugar por donde se había alejado la pelota, y él corrió tras ella. La avistó en un callejón, botando entre unas latas y una bicicleta abandonada. Luego, la perdió de vista. El niño se detuvo y miró a su alrededor, y descubrió en un portal a un hombre que jugaba con una escopeta de caza.
          -Estoy buscando una pelota roja –dijo el niño sin regalo.
          -Hay juguetes mejores que una pelota. ¿No quieres conocerlos? –le preguntó el hombre. Y él contestó:
          -Cualquier otra cosa me haría infeliz.
         Ocurrió una mañana de bruma y luces tibias. Ocurrió mientras tú dormías. El niño se levantó de la cama, hecho mayor, y corrió a buscar el regalo de cumpleaños. Lo halló en la mesita del recibidor. Era una pelota roja. Y con tanto entusiasmo se abrazó a ella que la hizo desaparecer.
          Y, mientras tanto, tú dormías. Una mañana de miel.