martes, 21 de abril de 2015

Anhelo


Estimada nostalgia:

         Te escribo estas líneas porque albergo la esperanza de que, al hacerlo, lograré desprenderme de esta abrumadora melancolía. En cada rincón de la casa, hay una fracción de su presencia. En cada estancia, hay una nueva esencia que reconozco como suya. He sido muy feliz. Mi querida nostalgia, debo confesarte que he sido muy feliz. Pero, ahora, el amargo tormento que provoca la distancia insalvable me debilita el ánimo. Mis pasos perdieron la firmeza de ayer, mis pensamientos extraviaron su aplomo. Si pudieras ayudarme a vencer esta niebla espesa e impenetrable, si pudieras tenderme una mano y librarme de mi tortura... El tiempo se aferra a las paredes, hendiendo en ellas sus garras. Las horas del reloj han quebrantado la esfera y, después, han huido. Lejos, a algún lugar desconocido.
        Te escribo estas líneas, mi estimada nostalgia, porque aliento la certeza de que, al hacerlo, conseguiré despojarme de esta opresora tristeza. En cada rincón de mi cordura, hay una fracción de su presencia. En cada uno de mis gestos, hay una nueva añoranza. He disfrutado de una dicha que no merecía. Mi caprichosa nostalgia, debo confesarte que he sentido una dicha que, de tan ingente, llegué a considerar injusta. Pero hoy se ha desvanecido. Mi traviesa nostalgia, debo confesarte que he experimentado una felicidad que, de tan inmensa, llegué a creer obscena. Pero hoy se ha disipado. Si pudieras ayudarme a doblegar esta calma frenética que ahoga mi juicio... Si pudieras tenderme una mano y librarme del remordimiento…
         Es tanto el anhelo, es tanto, es todo, es sólo eso, es anhelo, es cuanto tengo, es sólo cuanto tengo, anhelo, cuanto tengo, y el tiempo se aferra a las paredes, hiriéndolas con sus garras.


jueves, 19 de marzo de 2015

Como al ratón


          A Eduardo le ocurrió como en la fábula del ratón azul, como en ese cuento despropositado del roedor avaricioso que coleccionaba margaritas. A Eduardo, igual que a muchos hombres, le pudo la codicia del amor. Ahora le duelen las manos de tanto esconder en ellas el rostro, ahora llora penas de niño y se pellizca los recuerdos culpables que le suben por el pecho. Ahora, pero antes no.
         El ratón azul de la fábula había buscado con afán un puñado de margaritas con que poder rellenar su almohada. Robó seis de un jarrón del comedor, y tenía suficientes, pero se le antojó hallar una más. De modo que abandonó la casa y salió al jardín a buscarla. Esquivó el perro del jardinero, correteó inadvertido por el gato que dormía en la ventana y se ocultó en un ladrillo para que no pudiesen verlo las niñas del columpio, y allí esperó a que todo el mundo se marchara y lo dejaran solo. Cuando lo hicieran, arrancaría las margaritas que adornaban la escalera breve del porche. Serían todas para él. No sólo rellenaría la almohada, también el colchón, y forraría la alfombra, y cubriría las paredes…
         A Eduardo le ocurrió como al ratón de la fábula, que tenía suficiente y deseó más. Le bastaban unos labios y quiso besar más, lo saciaban unas caricias y anheló la embriaguez de muchas otras. El saco de la avaricia está deshilachado, es frágil, y únicamente soporta el peso de una carga discreta. Ahora lo sabe, pero antes no.
         En el jardín de las margaritas, la noche resbaló entre las enredaderas y trajo consigo una brisa fría que helaba palabras y suspiros. El jardinero acabó el trabajo y se alejó con su perro, el gato se refugió junto a la chimenea y las niñas del columpio olvidaron el juego por esa tarde. Entonces, el roedor azul surgió del ladrillo y, como era la primera vez que abandonaba la casa y no sabía orientarse en la noche, desprendió los pétalos de sus seis margaritas y los depositó en el suelo a medida que avanzaba, igual que las miguitas de pan de otro cuento.
         A Eduardo le ocurrió como a este ratón de fábula, que no supo contentarse, que no supo hallar belleza en la sencillez. La brisa fría que vació el jardín fue la misma que se llevó después los pétalos de las margaritas, arrastrándolos lejos del roedor azul. A Eduardo lo castiga otra brisa fría, la del desprecio y la indiferencia. Es casi un viento helado que agrieta las mejillas y corta la piel de los brazos. Ahora sabe cuánto duele, pero antes no.


jueves, 19 de febrero de 2015

En la calle


         Viste de verde, luce verde desde la coronilla hasta el talón, rabadilla incluida. En los días de mucho frío, aún luce más verde, porque se cala un gorro orejero de color primavera y embute las manos en unos guantes del mismo tono. Toda de verde, de verde esperanza, de verde abeto, de verde flema, de verde mar (cuando es verde), de verde Lorca...
         -¿Verde poeta o verde murciano, mamá?
         -Verde melón, como tú.
         -No te metas con mi culo.
       -No estoy metiéndome con él, cariño, sino con el higo chumbo que tienes por cabeza, que también lo hay en verde.
         -Me voy, que llego tarde.
       En la calle, nunca sabe por dónde empezar. El supervisor aparenta tenerlo claro, pero es mentira. No hay claridad en la calle, todo es embrollo: las cajas de la frutería, el cartón de vino, las bolsas que trajo el viento, la manga de una cazadora, un zapato...
         -Cuarenta y dos –dice. Es un juego.
         Gira el zapato y escupe en la suela, y luego la frota con el dedo: cuarenta y uno.
         -Vaya ojo que tengo. Ojo de tuerta.
        Se ríe. O te ríes o te lloras, no hay más. Aprieta el trasero, niña, que vienen flacas y empitonan.
         Anda, un chico nuevo. Qué mono. Se llamará Eduardo, como el sobrino de Enriqueta. Qué ojos, virgencita. Y qué dientes; parecen peladillas.
         En la calle, nunca sabe una por dónde meter mano. Dan ganas de coger el carrito y dejarse caer cuesta abajo. A escobazos les quitaría el polvo a las farolas. ¡Pim, pam, que voy! ¡Apartándose, que es gerundio imperioso! Y después se empotraría con el carro en la fachada de la pastelería, la del chaflán.
         Mañana se monta, paciencia. Aguanten los perros que mañana se tira con el carro calle abajo. A ver si con un poquito de suerte da con la cabeza en el cristal del escaparate y lo rompe, y se muere encima de la tarta de limón.
         Otro zapato.
         -Treinta y nueve.
         Gira y escupe. Frota. Cuarenta y dos.
         -A la mierda.
      El de los dientes de peladilla la contempla con guasa desde la parada del bus; anuncia calzoncillos.
         Ella le da en el morro con la escoba. Y le dice, muy suya:
         -Ve a burlarte del culo de tu prima, rico.


jueves, 22 de enero de 2015

Gloria


         Amaneció, y no era la primera vez. En el mundo de Gloria, amanecía cada mañana. A ella le había contado un pajarito que el sol jugaba al escondite por las tardes, que se ocultaba detrás de las montañas antes de que la luna lo descubriera y que no asomaba la cabeza en toda la noche por miedo a perder la partida. A Gloria le había contado el pajarito que una vez, hacía mucho tiempo, el cielo no había sido azul, sino blanco, que antes de raso y frío había sido una alfombra de terciopelo y algodón caliente, pero que una lluvia de meteoritos lo había hecho jirones, y que esos jirones, que ahora se llamaban nubes, despertaban cada mañana y trataban de hallar, entre bostezo y bostezo, la forma original del tapiz rompecabezas.
         Amaneció, y no era la primera vez que Gloria abría las ventanas y sonreía como una boba al sol más tímido del día.
         -Tú no te escondes de la luna para jugar, sino porque te da miedo –le dijo una mañana, y el sol arrugó la frente y le dio la espalda, enfadado.
         A Gloria le hacía mucha gracia que el sol cogiese una rabieta. No lo veía arrugar la frente, pero podía imaginarlo. El pajarito le había contado que el sol era un niño mimado y friolero que los días de invierno se quedaba holgazaneando en la cama, y que dios intentaba despabilarlo arrojándole aguaceros y nieve, y soplándole fuerte, aunque casi siempre se salía con la suya. El pajarito también le dijo que, cuando el sol estaba de buen humor, se asomaba entre las nubes y dibujaba una bufanda de colores en mitad de la lluvia, y que no le importaba el riesgo de pillar un resfriado.
           Gloria nunca había visto la bufanda, pero podía imaginarla.
         El caso es que amaneció, y no era la primera vez que su madre la sorprendía en la ventana mirando el cielo. Su madre era el pajarito que le contaba todas aquellas cosas, y muchas veces, después de inventar historias para Gloria, se encerraba en su cuarto, igual que el sol, y escondía la cabeza en la almohada, igual que el sol, y lloraba un poco, como el sol, pero luego se armaba de valor y fingía una broma delante de su hija.
           Amaneció, y eso significaba que había pasado un día más, o que restaba uno menos, o que el sol se había hecho mayor, como Gloria, o que se acercaba el momento en que la muchacha dejaría de imaginar las cosas que le contaba el pajarito y que por fin podría verlas, porque a la madre de Gloria alguien le contó que un médico muy prestigioso era un mago de la cirugía, y que muchos niños habían logrado recuperar la vista.


martes, 30 de diciembre de 2014

La muela navideña


         Anduvo partiendo nueces, cras catacrás, esta muela vieja, esta mula vieja, anduvo partiendo nueces, y no pocas veces, y ahora, al primer turrón, se ha partido en dos. Esta muela vieja se ha perdido en Navidad, cras catacrás, se ha quedado sin turrón, se ha quedado sin nieve, sin belén y sin los bueyes, se ha quedado sin comer un polvorón, sin hojaldres, sin vino y sin roscón. Anduvo partiendo nueces, cras catacrás, esta muela vieja, esta mula vieja, anduvo partiendo nueces, y no muy pocas veces, esta muela navideña, antes tan risueña, tan guasona, tan pendona, y ahora tan triste y melancolona. Esta muela vieja se ha partido en dos, cras catacrás.
      La muela navideña tiene dueña. Es una señora alta y muy lista, melenuda, con tacón y sonrisera, y ahora la cabeza se le ha hinchado como un globo por culpa de la muela puñetera, que se ha partido en dos, cras catacrás, con un trozo de turrón, del turrón de Navidad, del primero que a la boca se llevó, cras catacrás, qué tragedia, qué traición. Al armario se han marchado, de sus manos escaparon, todos, ni uno sólo se ha quedado. Al armario se han marchado y bajo llave están, de su alcance escaparon y a buen recaudo están, polvorones, hojaldres, mazapanes y champán. Esta muela vieja, esta mula vieja, cras catacrás, le ha partido en dos la Navidad.
          La señora alta y muy lista tiene un amigo dentista. Lo ha llamado y le ha contado que tiene un problema grande, ande o no ande, y le ha pedido que venga a su casa, que el dolor no se le pasa. “Hola, mi amor, yo soy tu lobo”, le ha dicho el dentista al llegar. “Déjate de guasas, bobo, que tengo la cabeza como un globo.” Cras catacrás, esta muela vieja se ha partido, cras catacrás, esta mula vieja se ha morido. Con un trozo de turrón, del turrón de Navidad, del primero que ha encontrado en un cajón, cras catacrás, qué tragedia, qué follón. Y el dentista, encima, se quedó sin cotillón. Por culpa de esta muela vieja que anduvo partiendo nueces Navidad tras Navidad, nueces y más nueces, almendras otras veces, que anduvo partiendo nueces, cras catacrás, y no muy pocas veces, cras catacrás, esta muela navideña, antes tan risueña, tan burlona y socarrona, y ahora tan triste y depresona, que anduvo cascando nueces, cras catacrás, hasta cascarse ella y cascar la Navidad.


jueves, 11 de diciembre de 2014

Historia de un eco


       Invisible como el aliento de un copo de nieve, triste como un maltrecho desenamorado, diminuto como el pestañeo de una hormiga, perdido entre las copas de cristal de una mesa vacía, entre envoltorios de caramelos, entre migas de pan, desunido de la gente, de sus voces, de sus manos, de sus sonrisas, de sus promesas vacías, escurridizo como el aroma de una margarita en primavera, repentino, flotando en el aire a un centímetro de esta Navidad, tan diferente, tan ajena a esa otra Navidad de infancia, murmurando un villancico roto, una canción desnuda de melodía, tropezando con las huellas de amor viciado que quedaron sobre la mesa, y acunado en su propio llanto, que de tan débil apenas le humedece las mejillas, así es este eco pequeño, así deambula este eco pequeño, que de tan frágil apenas se sostiene erguido.
         Ayer, se encaramó de pronto al árbol del vestíbulo y comenzó a columpiarse, lánguidamente, en uno de los regalos postizos. Y sin pedírselo, y sin preverlo, sin desear que lo hiciera, me recordó que esta misma Navidad, una vez, había sido distinta. Imitando las voces desteñidas del pasado, imitando la tuya, me recordó que esta misma Navidad, una vez, había sido distinta.
      Es un eco pequeño que ronda mi ventana, invisible como el suspiro desmayado de un acordeón, triste como el dueño de un corazón arruinado. Es un eco pequeño que, abrazado a los rayos tibios de sol, se desliza en mi casa con el mediodía, diminuto como el lunar de una mariquita, y se pierde entre los cubiertos y el mantel de la mesa vacía, entre las páginas de un periódico vacío, entre migas de pan. Es un eco pequeño que tropieza sin querer con las huellas de amor malogrado, un eco pequeño que se acuna y adormece en su propio llanto.
        Ayer, se encaramó de pronto al árbol del vestíbulo y comenzó a columpiarse, despacio, en la estrella que adorna su copa. Y sin pedírselo, y sin preverlo, sin desear que lo hiciera, me recordó que esta misma Navidad, una vez, había sido hermosa. Y pintando con un carboncillo gastado las voces fingidas de otra vida, dibujándome la tuya, me recordó que esta misma Navidad, una vez, había sido hermosa.


martes, 18 de noviembre de 2014

La noche y mi mentira


         Si estuvieras cerca, te regalaría un cuento. Ya sé que es poco, pero es cuanto tengo. Si estuvieras cerca, te haría dueña de mi historia. Ya sé que es poca, pero es cuanto tengo. Te descolgaría una nube pequeña para que la usaras como almohadón, si estuvieras cerca, para que pudieras escucharme sin que se agotaran los músculos de tu sonrisa. Robaría tres hojas al olmo para acariciarte las mejillas, si estuvieras cerca, para que pudieras escucharme sin que se desvanecieran tus pupilas. Ya sé que es poco, pero es cuanto tengo. Si estuvieras cerca, fingiría estar perdido para poder hallar refugio en tu regazo. Fingiría haber llorado, si estuvieras cerca, para poder hallar consuelo en tu murmullo de seda.
         Pero la noche, que es de piedra y penumbra, me desbarata el ánimo y me recuerda que tu cercanía no es más que una mentira del corazón. Una mentira más. Pero la noche, que tiene ojos de hielo y sombra, me desfigura el ánimo y me recuerda que tu visita no es más que una mentira del corazón. Una mentira más. Y ya son muchas.
         Si estuvieras cerca, te regalaría los pétalos de un tulipán. Ya sé que es poco, pero es cuanto tengo. Si estuvieras cerca, te haría dueña de mi aventura. Ya sé que es poca, pero es cuanto tengo. Arrastraría hasta ti la ola que rompe en la playa, si estuvieras cerca, para que tus pies se desnudaran con la espuma. Robaría tres notas al piano y te arroparía con ellas, si estuvieras cerca, para que el terciopelo de una melodía te adornara el cabello. Ya sé que es poco, pero es cuanto tengo. Si estuvieras cerca, fingiría estar enfermo para poder hurtar un mimo a tus manos. Fingiría haber enloquecido, si estuvieras cerca, para poder hurtar un beso a tu cordura.
         Pero la noche, que es de hiel y acero afilado, me descompone el ánimo y me recuerda que tu presencia no es más que una mentira del corazón. Una mentira más. Y ya son muchas. Y es cuanto tengo.