martes, 20 de noviembre de 2012

Veneno


          Resulta muy complicado creerte.
         Noches enteras de ojos abiertos. Noches de cortinas oscuras que vigilan con sigilo y calma el horizonte de las calles, allá donde acaban, allá donde muere su repecho y se convierten en montaña pobre. Noches de cortinas quietas que patrullan por mí. Alguien viene, alguien se tambalea en mitad de la bruma, eres tú. Y no eres. Alguien baja la pendiente hiriendo con tacones de acero este silencio de seda, eres tú. Y no eres. Un destello en la pared del dormitorio, el reposo de mi pecho en mil pedazos, eres tú. Y no eres.
       Se puede hilar con veneno una trampa y servirla como una pasta de té. Se puede. Es la argucia de un corazón infectado. Y se puede morder esa galleta con ojos cerrados y alma ansiosa de fe, y morir después, y estar muerto sin saberlo. Se puede también. Es la inocencia de un corazón que camina a tientas entre espinos.
          Resulta muy complicado quererte.
         Tardes enteras de brazos abiertos. Tardes tibias de relojes cansados, de pianos descalzos, de vientos descaminados que se levantan con languidez, sin ánimo, con el ánimo de levantarme el ánimo marchito; tardes plomizas de pájaros mudos, de un sol que me mira fijamente sin querer mirarme, sin querer y sin quererme, que me juzga y se apiada, que me acusa y me condena, y que después me indulta; tardes difuntas de esperas sin fruto, de flores difuntas sin color, de mariposas torpes, de recorridos vagos, de murmullos arrugados; tardes intrusas de atardecer prematuro. Alguien baja la calle, eres tú. Y no eres.
         Se puede morir con tu veneno. Se puede. Yo puedo.
         Resulta muy complicado perderte.


martes, 6 de noviembre de 2012

El cerdo y la mariposa


         La culpa fue de ella, siempre fue de ella. Porque en su cabeza se había formado una idea equivocada, la idea absurda de un romance.
        Todo el mundo sabe que una mariposa no puede enamorarse de un cerdo, y, si lo hace, corre el riesgo de que la encierren en una jaula para mariposas locas. Además, un cerdo jamás se fijaría en una mariposa. Y, si lo hiciera, sería para después atraparla y comérsela. No repararía en ella como dama, menos aún como prometida; no ostentaría modales ni atenciones caballerosas, no se mostraría siquiera cordial o amable; sólo querría comérsela. Sería la conducta normal en un cerdo.
          La culpa fue de ella, siempre fue de ella. Se había distraído una mañana, una mañana tonta y aburrida de sol parsimonioso. Se había distraído saltando de flor en flor como una borrica hasta que dio, sin pretenderlo, con el charco de barro donde retozaba el cerdo. Quizá fue el cansancio de la mariposa, que no había dejado de saltar en toda la mañana, o quizá fue que era idiota sin más; la cuestión es que vio en aquel gorrino sucio a su príncipe azul, un color que distaba mucho del que en realidad lo envolvía. Lo vio y pensó que era el hombre de su vida, el héroe de su cuento de hadas, su futuro marido. No vio el barro ni la actitud holgazana del cerdo, no escuchó sus gruñidos de cerdo ni vio la porquería que se le escurría por las orejas. La mariposa sólo tuvo ojos para la belleza interna del animal, que debía de estar muy interna en aquel momento, a juzgar por la estampa de caca que lucía. Se enamoró de él, plenamente, sin reparos, sin prejuicios de ningún tipo. Se enamoró del cerdo abiertamente, y así se lo dijo: “Te quiero, cerdo”.
         Pero el cerdo no la oyó. Ni siquiera la había visto. Apenas percibió el revoloteo leve de la mariposa, que iba de un lado a otro con emoción y nerviosismo, cautivada, agitando frenética sus alas frágiles, tan sedosas, de colores horteras. El cerdo no escuchó su declaración amorosa; estaba inmerso en el disfrute de su retozar, estaba revolcándose feliz en el barro, estaba gozando de su recreo. Él no sabía nada de mariposas imbéciles que se enamoraban de cerdos. No era ése su estilo de vida.
        “Te quiero, cerdo”, repitió la mariposa. Y, como el cerdo no le hacía caso, ella volvió a repetirlo: “Te quiero mucho, cerdo”. Se lo dijo una y otra vez. Y después se acercó a él y se lo gritó a la cara, se lo gritó en las orejas, se lo gritó desesperadamente una y otra vez. Hasta que el cerdo, que seguía sin verla, dio un manotazo al aire y, sin querer, la despachurró.
          Pero la culpa fue de ella.


domingo, 21 de octubre de 2012

Desencajado


         Con los primeros fríos de mayo, apareció dibujada en el cristal la silueta de tu primer capricho. El cielo estaba más revuelto que nunca, mucho más agitado que entonces, y en él rompían las olas con furia, con enojo amargo e impaciente. En el tejado había un piano, y, junto a él, un hombre que no sabía tocar, y, junto a él, un niño que no sabía escuchar, y, junto a él, un gato sin vida que no sabía jugar. Hallé una alfombra en el aire, estrecha y azul, entre tu ventana y la mía, pero no encontré valor para caminarla. Siempre tuve miedo a las alturas. Había un sombrero colgado en la percha de la pared, muy cerca de la arena de la playa, y una mesita de noche en el portal.
          Con las primeras nieves de mayo, apareció dibujada en mis manos la huella de tu primera sonrisa. La calle había llorado esa noche y tenía los ojos hinchados. El semáforo de mi esquina había perdido la luz verde. Hallé un cuento mal escrito en el suelo del jardín, entre el río y la montaña, pero no encontré valor para caminarlo. Siempre tuve miedo a las alturas. En el vagón del tren había un acordeón viejo, y, junto a él, un cadáver que no recordaba la melodía, y, junto a él, un niño que no recordaba cómo apartar los ojos, y, junto a él, un muñeco de trapo que no recordaba el sendero de vuelta. Había una camisa sin botones sobre la silla, en mitad de las vías, aguardando a que el reloj sirviera el café. Había azúcar en los zapatos y galletas de madera en los bolsillos del pantalón.
         Con los primeros hielos de mayo, apareció dibujada entre las sombras el contorno de tu primer desaire. La niebla del amanecer se había dormido en el sofá y me miraba despacio, sin reproche. Tu ventana no estaba. La montaña no estaba. Sobre el puente había un violín desarmado, y, junto a él, un músico que fingía vivir, y, junto a él, un niño que fingía reír, y, junto a él, una gota de lluvia que fingía estar en calma. Me habría gustado subir a ese puente, pero siempre tuve miedo a las alturas. Me habría gustado fingirte allí. Y dar color, desde arriba, a este mundo desencajado.


domingo, 7 de octubre de 2012

Niño sin regalo


         Ocurrió una mañana de invierno y chocolate. Ocurrió mientras tú dormías. El niño se levantó de la cama y corrió a buscar el regalo de cumpleaños. Lo halló en la mesita del recibidor. Era una pelota roja. Y con tanto entusiasmo se abrazó a ella que se le escurrió y salió despedida. La pelota botó en el suelo varias veces y después escapó por la ventana, rompiendo el cristal. El niño bajó la escalera a toda prisa y persiguió la pelota calle abajo. La perdió de vista, y se detuvo. Miró a su alrededor y descubrió en un portal a una niña que jugaba con un muñeco de trapo.
          -Estoy buscando una pelota roja –dijo el niño sin regalo.
          -¿Es muy importante para ti? –le preguntó la niña. Y él contestó:
          -Si no la encuentro, seré infeliz.
         La niña le indicó el camino por donde se había alejado la pelota, y él corrió tras ella. La divisó al final de la calle, botando entre unas cajas de cartón. Luego, la perdió de vista. El niño se detuvo y miró a su alrededor, y descubrió en un portal a una mujer que jugaba con un gato.
          -Estoy buscando una pelota roja –dijo el niño sin regalo.
          -Te echan de menos en casa. ¿Por qué no regresas? –le preguntó la mujer. Y él contestó:
          -Si regreso sin ella, seré infeliz.
         La mujer le mostró el lugar por donde se había alejado la pelota, y él corrió tras ella. La avistó en un callejón, botando entre unas latas y una bicicleta abandonada. Luego, la perdió de vista. El niño se detuvo y miró a su alrededor, y descubrió en un portal a un hombre que jugaba con una escopeta de caza.
          -Estoy buscando una pelota roja –dijo el niño sin regalo.
          -Hay juguetes mejores que una pelota. ¿No quieres conocerlos? –le preguntó el hombre. Y él contestó:
          -Cualquier otra cosa me haría infeliz.
         Ocurrió una mañana de bruma y luces tibias. Ocurrió mientras tú dormías. El niño se levantó de la cama, hecho mayor, y corrió a buscar el regalo de cumpleaños. Lo halló en la mesita del recibidor. Era una pelota roja. Y con tanto entusiasmo se abrazó a ella que la hizo desaparecer.
          Y, mientras tanto, tú dormías. Una mañana de miel.


jueves, 27 de septiembre de 2012

El perro del vagabundo


         El destino de cada hombre no siempre es exclusivo del que lo disfruta, o del que lo padece, sino que suele compartirse con alguien más: una mujer, un hijo, una hermana, un perro... Como, pongamos por ejemplo, el perro de este pobre hombre, o de este hombre pobre.
         El animal no tuvo nada que ver con la mala gestión de sus acciones, o con el descalabro de su empresa, otrora boyante, o con el continuado despilfarro de su dueño. El animal no dijo ni media palabra durante todos aquellos años de obnubilado y ciego comportamiento. El perro, qué culpa tuvo el angelito, asistió impasible a la caída vertiginosa de su amo en las finanzas.
         Tan impasible como ahora, que, sentado a medias en el portal de una casa vieja, muestra a los viandantes su porte orgulloso y jadeante, mientras aguarda con infinita paciencia y cariño a que su dueño acabe de rebuscar en los contenedores. El animal no entiende de pobrezas o de caprichos. Si acaso, de frío o de humedad; no se duerme igual en la calle que en aquel lejano salón comedor, tan confortable como un jardín de algodón tibio.
         -Nada -dice el hombre.
       El perro se incorpora y se acerca a su amo. En el corazón del animal hay una sonrisa tan grande como la mansión en que antes vivía.
         -No hay nada, Gabi. Vámonos.
         El hombre echa a caminar y el perro lo acompaña, muy de cerca, procurándole su aliento. El animal tiene hambre y no sabe cuándo llegará el momento de comer alguna cosa. Por un hueso podría estar ladrando hasta enmudecer.
         Pero por una sonrisa de su dueño, podría maullar y volar como un pájaro.


domingo, 16 de septiembre de 2012

Su estrella


           Se ha quedado solo. Cuando más la necesitaba, la ha perdido. Es un niño grande y vacío. Tenía una estrella y la ha perdido. El cielo se le ha quedado oscuro. Apenas hay nubes, apenas hay brisa en la frente de las casas, apenas hay vida ahora en sus manos vacías. Apenas quiere latir su corazón. Apenas quiere. Es un niño grande deambulante. Va caminando del dolor al llanto, del llanto al dolor, apenas descansa, apenas hace un alto, va caminando del dolor al cielo oscuro. La noche se le ha quedado grande. Apenas ve nubes, apenas oye risas en las barrigas de las casas, apenas hay vida ahora en sus ojos vacíos. Apenas quiere latir su corazón. Apenas quiere. Es un dolor grande deambulante. Va caminando de la herida a su fotografía, de su fotografía a la herida, apenas descansa, apenas hace un alto, va caminando de la herida al cielo oscuro. ¿Dónde está su estrella? Hace un momento la tenía, hace un momento lo guiaba. Pero se ha perdido, pero se ha perdido. ¿Dónde está su estrella? El cielo se ha quedado solo, como él. Apenas hay luna, apenas hay prisas en las calles, apenas hay vida ahora en sus gestos vacíos. Apenas quiere latir su corazón. Apenas quiere. No, apenas puede. Es un lamento grande deambulante. Va caminando del alba al ocaso, del ocaso al alba, apenas descansa, apenas hace un alto, va caminando del alba al cielo oscuro.
         En la mesita de noche, el niño grande ha encontrado una caricia abandonada. Es todo cuanto le queda. Es todo cuanto queda de su estrella. Se ha quedado solo. Cuando más la necesitaba, la ha perdido. Es un niño grande y vacío. Tenía una estrella y la ha perdido. Y ahora su propia vida le es ajena. Su noche se ha hecho eterna y oscura. Se ha quedado solo. El cielo se ha quedado solo. El invierno se ha quedado solo. Apenas hay nieve, apenas hay frío. Apenas hay vida en su vida vacía. Está solo. Ha perdido su estrella, ha perdido su alegría. Apenas hay alma en su abrazo vacío. Apenas hay nada.
           Cuánto la quería... Ahora, apenas le queda nada.


domingo, 2 de septiembre de 2012

Piezas tuyas


         Hay un revuelo de ti en cada lugar, en cada sendero que piso, en cada viento que respiro, en cada viaje, en cada mejilla y en cada beso nuevo. Hay perfumes tuyos en cada habitación del hotel. La sonrisa del camarero es tuya, las manos amables del botones también. Me han enviado una chica al acabar la cena, y su ternura es tuya. Su amor prestado me resulta muy familiar, el negocio de sus caricias me recuerda demasiado a ti.
         Se ha marchado sin mediar más mentiras, y su brusquedad es tuya.

         "Estimado pasado:

        Apenas ha transcurrido un mes, y ya se ha espesado la niebla. Sólo un mes, y ya se ha hecho grande la añoranza. Llevo un desgarro en el tejido que cubre mis sueños. Es una estupidez intentar obrar un remiendo. La cicatriz lucirá mañana como el trazo de una mano joven y temblona. ¿Qué hay de ti? Me gustaría conocer tu rutina, ahora que no me pertenece. Sería maravilloso encontrarme unas líneas en el buzón. ¿Me escribirás? Si lo hicieras, sé piadoso. Omite los colores y el alba, no me hables de la música y tampoco de la miel que ayer recogí de sus labios. Si me escribieras, sé generoso. Necesito bálsamo para la herida y consuelo para las noches. Cuéntame que la viste un día asomada a su ventana, sé generoso, cuéntame que una lágrima moribunda se deslizaba por el dorso de su mano, y que era por mí, sé generoso, cuéntame que me evocaba.
        Apenas ha transcurrido un mes, y ya se ha empañado el cristal."

        
         Hay un revuelo de ti entre la gente. Piezas tuyas derramadas en cualquier lugar. Tu risa en cualquier conversación. Hay un revuelo de ti flanqueando mis pasos, una espiral de dolor y locura adornando las calles que camino.
          Me marcho sin mediar más mentiras. Y mi brusquedad es tuya.